Mecano y mis ´90

Mis noventa fueron prolijos.

Había terminado la escuela secundaria, había vuelto de un año de trabajo y estudios menores en otro país; tenía que elegir una carrera universitaria y ponerme a estudiar en serio. Ésa era la prioridad y yo fui obediente. Hija menor de una familia de clase media de Rosario, los caminos más transgresores que mis hermanos mayores habían abierto no se desviaban demasiado del mandato del estudio así que por allí fui.

Me anoté en la facultad y, aunque ya habían quedado en el pasado el confort de mi casa y la secundaria, fui una universitaria prudente. Iba a serlo por muchos años más hasta que un día ya no tanto.

Trabajé en un club, cuidando chicos y en Musimundo, para no sentirme una completa mantenida o porque ya empezaba a vislumbrar eso de la independencia, que luego sería una bandera personal.

Iba poco a bailar, algunos fines de semana. No me emborrachaba, no me drogaba. Fumaba, poco, casi nada. No militaba en política, para eso estaban mis hermanos que lo habían hecho durante los ochenta. Los noventa no se destacaban por la participación política y con eso también me mimeticé.

Si no fuera por algunos destellos de lucidez, crítica, mucha escucha, algún intento de inteligencia y la pasión por los libros, podría decir que era medio boluda. Pero me permito la indulgencia de pensar que tenía veinte años y tener 20 años en los noventa era, al fin y al cabo, ser un poco boludo.

Mi adolescencia más temprana, la de los años ochenta, estuvo musicalizada por Los Abuelos de la Nada, Virus, Whitney Houston, Los Enanitos Verdes, Fito Páez, Zas, GIT, Soda Stereo, Los Twist; por elección. En el departamento de Pellegrini, mis hermanos hacían sonar a Silvio Rodríguez, inseparable de Pablo Milanés; Pink Floyd, Queen, Charly García, Genesis, Bagiletto, Abonizio, Lalo de los Santos, Silvina Garré la trova rosarina local completa. La melange se completa con la batería de melosos latinos, una lista irreproducible que me guardo para la intimidad.

Con el cambio de década, ya encaminada en un estudio superior y con otro marco social, mis días transcurrían entre aulas y las casas de mis compañeros de estudio. La banda de sonido de mi vida, por esas épocas, ya era otra.

En una de esas jornadas, entre los cds de una amiga, descubrí a Mecano, un grupo español que venía sacando discos desde la década anterior; a ellos yo llegué más tarde. Mi amiga me prestó el cd; hoy me cuesta recordar qué álbum era, si Entre el cielo y el suelo o Aidalai. En la nebulosa de la memoria me veo a mí misma comprando más cds de ellos, aprendiendo las canciones de los libritos que traían. Me convertí en una fan artesanal, un trabajo de hormiga. En la época en que Internet sólo era un lujo caro para organismos gubernamentales del país del norte, no tengo idea de dónde recopilaba la información sobre la banda. No existía Google, MTV no pasaba sus canciones; tal vez algún otro canal de música pero tampoco tenía mucho tiempo para seguirlo. YouTube tal vez era una utopía en la mente de algún geek yankie.

Los militaba: “son los de la música de presentación de El deporte y el hombre”, les decía a quienes no los conocían.

Me gustaba mucho la diversidad de estilos que ofrecían: una mezcla de pop, rock, soul, flamenco. Pero por sobre todo, que cada canción fuese un relato. Siempre me gustó que me contaran una historia, siempre. Un hechizo concedido por la luna engendra un niño albino en una gitana; escenas del Stella, un sitio para ir a bailar salsa; una parodia de la esclavitud; un homenaje a Dalí; el recuerdo recurrente en la fecha del aniversario de un amor que ya no es. “Mujer contra mujer” debe haber sido quizás, la primera canción que escuché en la que se vislumbraba sin mucho filtro una relación entre mujeres.

Me gustaba la voz de Ana Torroja, aguda sin estridencias, interpretando las canciones compuestas por Nacho y José María Cano, respetando la morfología con que las canciones habían sido escritas y cantando en masculino. Era natural, era acorde, era armonioso; daba igual; lo que cantaban y contaban esas canciones no distinguía género. ¿Acaso alguna canción que hable de lo humano lo hace?

Un día, o varios, -según cómo se piense el fin de la juventud-, dejé de escucharlos así, con rigor de seguidora. Con los años, cada tanto, cuando pintaba la nostalgia, ponía alguna canción y después, la vida seguía.

Entre fines de los noventa y hoy pasaron y me pasaron tantas cosas como entre esa veinteañera estudiosa y estos dignos más de cuarenta.

Después del 2005, cuando la utopía del geek se convirtió en realidad y tuvimos YouTube, descubrí aquellos videos que me habían quedado en el camino de la ignorancia pre-internet. Volví a maravillarme con “Tú”, “La fuerza del destino”, “Una rosa es una rosa”. Curioseé recitales.

Nunca se me fueron de la cabeza algunos versos:

Me cuesta tanto

olvidar quince mil encantos es

mucha sensatez

y no sé si seré sensato

lo que sé es que me cuesta un rato

hacer las cosas sin querer

y aunque fui yo quien decidió

que ya no más

y no me canse de jurarte

que no habrá segunda parte

me cuesta tanto olvidarte

Tú, y sin ti yo no

Tú, y sin ti ya no

Tú, me has hecho dimitir

y hoy yo se dice así:

Si te reencarnas en cosa

hazlo en lápiz o en pincel

y Gala de piel sedosa

que lo haga en lienzo o en papel

si te reencarnas en carne

vuelve a reencarnarte en ti

que andamos juntos de genios

queremos que estés aquí

«Eungenio» Salvador Dalí.

https://www.youtube.com/watch?v=kojJ6evRezU

Hoy no hace falta que pinte la nostalgia para que, cada tanto, me dé un saque de Mecano y me dé el gusto de acordarme y cantar a viva voz, palabra por palabra, todas sus canciones.

Hoy, con la inmediatez y la comodidad del gugleo fácil, leo que en España se los consideraba “los pijos de la movida”, el equivalente más cercano a nuestros chetos. Yo no era cheta en los noventa pero sentía que el grupo me daba algo más. Mecano no empalagaba como el romántico latino, ni tenía la dureza del heavy metal rock duro, ni el compromiso de los trovadores, ni la desobediencia del rock. Algo tenía que me llegaba; incluso de modo diferido: la banda se disolvió en 1992 y yo seguí escuchándolos por varios años más, como una onda expansiva, un delay, un eco.

Hoy pienso en cómo habrán sido los veinteañeros españoles que en los noventa todavía escuchaban Mecano: un poco boludos como yo, jóvenes de una década que tal vez haya tenido otros visos, diferentes; si estudiaban, iban poco a bailar, no cometían excesos, prudentes como yo. Cómo los veinteañeros de otras clases medias similares. Cómo serán hoy, qué escucharán, qué versos retendrán en la memoria, qué habrá persistido.

De qué está hecho el hueso, la fibra, el núcleo de esa identificación que se produce entre el artista y su público, que se repite en otros públicos de lugares remotos, en tiempos diferentes; características que igualen o unifiquen.

Si hay un gesto, un valor, una razón identificable. O tal vez no y sólo sea una cuestión de gustos, una mera contigencia.

Escribe Giselle Aronson

Es Escritora y Licenciada en Fonoaudiología. Es co-coordinadora del ciclo literario “Crudo & Cocido” en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. También coordina talleres literarios en dicha ciudad. Publicó los libros de cuentos breves y microficciones: Cuentos para no matar y otros más inofensivos (Macedonia Ediciones, 2011), Poleas (Textos Intrusos, 2013), Sin ir más lejos (Macedonia Ediciones, 2014), Orden del vértigo (El 8vo Loco, 2014) y las novelas Dos (Milena Caserola, 2014) y Lo que no se sabe (Modesto Rimba, 2016)

Para continuar...

Hipnosis de un encuentro musical

Inés Rinaldi interpretó junto a Juan Esteban Cuacci y a Gaspar Tytelman, Canciones folklóricas de América Latina en el CCK. Registro de una noche en la que se sintieron canciones.

2 Comentarios

  1. Héctor Aldo Vergara

    «Cruz de navajas por una mujer
    Brillos mortales que surcan el alms
    Sangre que tiñe de malva
    el amanecer…»
    Yo los conocí en los ochenta, junto a Luz Casal Y luego, en los noventa, cuando a la FM Horixonte se le ocurrió poner musica en castellano, junto a otros como los Amistades Peligrosas… Cuantos recuerdos de mis veinte y treinta

  2. Héctor Aldo Vergara

    Fé de erratas; donde puse «alms» quise decir «alma», y donde puse «Horixonte» quise poner «Horizonte» (Rayos, cada vez es más difícil escribir en un celular táctil sin cometer errores!)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *