Un orden canónico

En esta nota Gabriela Puente analiza los distintos sentidos del concepto de canon, su uso estético, ético y político en ciertos momentos de la Historia occidental, así como el impacto actual de esta noción. Ilustra Mariano Lucano.

El término “canon” significa regla o vara y su significado se encuentra dentro del ámbito semántico de la medición.

En las artes se utilizó el concepto desde la antigüedad, quizás el más conocido sea el canon de Policleto, basado en conocimientos anatómicos, matemáticos y filosóficos de la Grecia clásica, en su tratado denominado justamente “Kanon” Policleto traza un conjunto de prescripciones para reproducir figuras escultóricas humanas que artistas posteriores tuvieron en cuenta en sus obras. 

El concepto de canon también se usó vinculado a las santas escrituras. En relación a la Biblia, ya hacia el siglo IV, cuando toma lugar el concilio de Nicea, se habían seleccionado lo textos autoritativos: los evangelios de Lucas, Mateo, Marcos y Juan, luego instaurados como canónicos, rechazando diversas interpretaciones del cristianismo primitivo, en su mayoría de corte gnóstico.

Durante la Edad Media, el catolicismo también hizo uso de un término derivado de “canon”, a saber, “canonización” en referencia a las personas que cumplían con las reglas prescriptas por la Iglesia y que por sus conductas piadosas sobresalían del resto de los mortales, así, en el siglo XVI se instauró el calendario o catálogo de los santos canonizados.

La canonización no implica sólo el nombramiento de una persona en calidad de santa, sino que también se le asigna una festividad litúrgica, es decir una fecha del año en que la vida y acciones del santo o santa en cuestión son celebradas y recordadas. De manera que el proceso de canonización implica una forma de organización de la temporalidad. Como es sabido, cuando el catolicismo comienza su expansión lo hace basándose en una colonización de las festividades ya existentes, situando el nacimiento de sus santos en momentos del año de gran importancia para los paganos, como son por ejemplo los solsticios, equinoccios y lunaciones intermedias. Imponer un ritmo en el tiempo, un canon o medida propiamente católica, diferenciada de los ciclos de la naturaleza, es una de las conquistas más visibles de la cristiandad. En este sentido lo canónico está vinculado con el ordenamiento del mundo en el que la vida de los santos pasa a ser la medida del tiempo profano.

Un canon es una suerte de solidificación de un orden que instaura características consideradas como eternas e imperecederas. 

Sin embargo, en el concepto de canon parece que hay una especie de dialéctica entre el orden y su quebrantamiento. 

Un orden es un límite, que, llevado a su extremo metafísico, sirve para definir a la humanidad, a partir de una restricción y una imposibilidad de ir allende lo humano, ya sea hacia lo divino o animal. Pero, paradójicamente un cuerpo cuanto más bello y parecido a los dioses, esto es, cuanto más cerca esté de quebrar el orden de lo humano, más canónico es. Ya en la antigüedad, caían fascinados los helenos ante la sublimidad de sus héroes y heroínas. Aquellos cuerpos embriagadoramente bellos, irresistiblemente jóvenes y fuertes en extremo eran semidioses por naturaleza que imponían un canon para los hombres. Y antes de ser solamente bellos definían a la belleza en sí misma.

Esta concepción de la belleza como aquello que se encuentra siempre a punto de quebrar la diferencia entre lo humano y lo divino, sobrevive en parte en nuestros días y el actual lenguaje coloquial da cuenta de ello cuando por ejemplo, de manera estereotipada, hablamos de individuos “bellos como ángeles” o cuando los medios masivos ponderan  ciertas facciones que parecen estar “cinceladas por los dioses”.

Siguiendo a Nietzsche en su Origen de la tragedia, podemos afirmar que todo canon es apolíneo, ya que necesariamente evoca la medida y el orden regidos por la deidad de Delfos. En el caso estético se introducen los saberes matemáticos como instrumentos de cuantificación, que permiten extraer el cuerpo del caos de lo vital y reducirlo a una proporción o una relación matemática entre sus distintas partes.

Lo dionisiaco con sus inefables continuidades entre la humanidad y la naturaleza, con sus perturbadoras y caóticas metamorfosis queda fuera del canon de la época en que Nietzsche escribe su obra. Se mantuvo por siglos borrada y silenciada la existencia de Dionisos. Pero el filólogo no se rinde y persigue como embriagado el rastro del dios antiguo, lo encuentra en el centro de la escena estética ática, en la tragedia, erradicado luego con el cristianismo y el catolicismo medieval.

La sangre del dios se volvió subterránea, su potencia monstruosa, sin embargo, ascendió de cuando en cuando, en ciertas partituras, fragmentos y bosquejos de almas perturbadas por la presencia del dios del éxtasis y la locura.

En la actualidad el concepto mismo de canon está siendo discutido. Y esa belleza inalcanzable, invariablemente blanca, joven e impoluta; armónica y dócil para las mujeres; expresiva y potente para los hombres, está siendo revisada críticamente. 

Intelectuales contemporáneos, algunos provenientes de la teoría de género, hablan de una violencia estética impuesta por estos cánones occidentales, que se descarga con especial virulencia sobre las mujeres y demás feminidades. Según la doctora en estudios de género Esther Pineda esta violencia, sostenida sobre la base de la belleza canónica o hegemónica, que hoy se reconoce patriarcal, se fundamenta sobre la base de cuatro cruentas premisas: el sexismo, la gerontofobia, el racismo y la gordofobia (2022). 

Desde siempre existieron cuerpos excluidos del canon, pero también aquellos individuos que se resistieron a que sus cuerpos sean recortados, moldeados y medidos matemáticamente como si de objetos se tratase. Aquellos, catalogados como monstruos, que se negaron a ocultar cuerpos exultantes de irregularidades, cicatrices y hondas marcas del tiempo sobre la piel. Defensores de una estética que no niega la fealdad, el dolor, la enfermedad y la muerte como parte inevitable de la existencia. Quizás ya ha llegado el momento en que esos cuerpos excluidos del canon redefinan colectivamente y con orgullo sus monstruosidades.

Bibliografía

Pineda. Esther. (2022) Recuperado de LINK.

Puente, G. (2015). “El arte en tiempos del cuerpo mutilado: de la estética mecanicista a las desapariciones de la última dictadura en Argentina”.  Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales. (V), pp. 46-54. Recuperado de LINK

Nietzsche. F. (2023). El nacimiento de la tragedia, Madrid: Alianza.

Escribe Gabriela Puente

Gabriela Puente nació en Buenos Aires durante el invierno de 1979, licenciada en Filosofía por la UBA, maestranda por UNDAV, primera mención en Certamen de Ensayo Filosófico de la Facultad de Filosofía y Letras UBA, su tesis de licenciatura fue publicada por Editorial Biblos en 2018, publicó varios artículos en revistas académicas; actualmente se dedica a la docencia y colabora en diversos medios.

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Wilcock en el diario La Prensa (1950-1961)

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