Parque de animales

En esta nueva publicación de la sección Istmo: el centro en centroamérica, ponemos el foco en la narrativa de Luis Báez, escritor nicaragüense, de la mano de un cuento ilustrado por Tano Rios Coronelli.

Asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.

Joaquín Pasos

Aguardo en un banco frío del Parque de Animales de mi ciudad junto a otros individuos tan desorientados como yo. Todos estamos aquí para el experimento.

Una puerta se abre de pronto. Un funcionario de la Nueva Administración nos observa desde el umbral. Saluda y orienta que formemos una hilera antes de franquearnos la entrada. Entramos uno por uno.

Con las pupilas habituadas a la oscuridad alcanzo a discernir la curvatura exterior de un gigantesco domo negro. Trato de agudizar más la mirada pero no veo por ningún lado a los humanos, esos animales casi fantásticos por los que estamos aquí y que constituyen el objeto de estudio de este experimento.

Una hilera de luces rojas se prende de improviso. Entonces sobre el domo se proyecta una serie de ilustraciones con detalles anatómicos de humanos de distintas edades, sexos y razas, así como infografías con algunas de sus características más relevantes. También se aprecian cortes transversales de sus cerebros e imágenes de experimentos realizados anteriormente por la Nueva Administración con humanos en cautiverio.

Cuando las imágenes cesan la mitad del domo se retrae como un inmenso párpado mecánico y la superficie traslúcida de un nuevo hemisferio queda descubierta. Dentro, en el centro de su círculo máximo, sobre rocas y tierra artificiales, bajo un cielo artificial que resplandece con un inquietante tono de azul, yacen siete humanos totalmente desnudos e inmóviles.

Venir al Parque de Animales es de las pocas alegrías en la vida que todavía comparto con mis hijos. Hoy, sin embargo, el parque se encuentra cerrado al público y he venido solo. Esto no disminuye ni aumenta el placer que me provoca estar aquí. Acentúa, eso sí, la emoción.

Hace casi un año supe que por primera vez en la historia del Nuevo Mundo y justamente en el Parque de Animales de mi ciudad se estudiaba la posibilidad de abrir al público el pabellón que albergaba algunos de los pocos ejemplares de Homo sapiens que han logrado sobrevivir en cautiverio dentro de un hábitat artificial que emula ciertos aspectos de nuestro antiguo planeta. A los pocos meses, cuando se abrió una convocatoria para formar parte del primer experimento, envié mi postulación. Hace unos días recibí una notificación donde me informaban que había sido seleccionado.

Para alguien de mi edad todo esto es muy emocionante. Mi generación ha sobrevivido a los dos hitos más significativos de nuestra historia como especie en este Nuevo Mundo: primero, nuestra llegada y consecuente asentamiento en este planeta. Estos tiempos oscuros y terribles representaron, para muchos de nosotros, el total de nuestra infancia y juventud. Una infancia dura, ardua, llena de peligros, a la que muy pocos logramos sobrevivir. Pero fue una infancia que nos volvió fuertes y astutos.

Y pronto fuimos más fuertes y astutos que nuestros propios padres. Ellos cada vez nos parecían más crueles y violentos pero también más débiles y patéticos. Su crueldad era empujada por su miedo. Nunca hablaban de nuestro Antiguo Mundo, aquel planeta donde nacimos y que nos vimos obligados a abandonar. Tampoco mencionaron nunca las razones de nuestro éxodo. Fueron su debilidad, su miedo, su silencio y su crueldad lo que nos llevaron a aplastarlos. Y no nos costó mucho trabajo. Ellos ya eran viejos y nunca se lograron adaptar por completo a este planeta.

Desde entonces las cosas han andado mejor. Nuestra población ha crecido. Nuestras ciudades son más fuertes y sus muros más altos. Hemos logrado notables avances agronómicos y pecuarios. Y todo esto nos llevó al segundo hito: la Gran Revolución del Nuevo Mundo y la instauración de la Nueva Administración que tomó el lugar del antiguo Gran Consejo Político de nuestros padres. Cuando esto ocurrió, cuando me sumé a las filas durante las primeras rebeliones, yo tenía diecinueve años de nacido y dieciséis de vida en el Nuevo Mundo.

Hoy tengo treinta y cinco años. Y nuestros hijos tienen suerte. Mucha. Hoy viven mucho mejor de lo que nosotros vivimos. Pero no se lo achacamos. Evitamos incurrir en los errores de nuestros padres. Por eso uno de los más grandes anhelos colectivos de nuestro Nuevo Mundo, una de las principales tareas pendientes de la Gran Revolución y de la Nueva Administración es la restauración de la memoria de nuestro Viejo Mundo.

Y de ahí la crucial importancia del experimento del que hoy soy parte. Si todo sale bien, también seré protagonista del tercer hito de nuestro Nuevo Mundo.

Los humanos pueblan las leyendas y mitos que escuchamos quienes éramos muy pequeños para recordar el momento en que las naves que construyeron nuestros padres nos trajeron aquí. Nuestros abuelos, quienes sí cohabitaron con humanos en nuestro antiguo planeta, inventaron aquellas historias sobre esos inquietantes animales para mantenernos despiertos y alertas durante las largas y oscuras noches de la primera década posterior a nuestra llegada. Pero nuestros abuelos murieron muy temprano.

Somos la generación de las cuevas y las hogueras. La generación de la oscuridad y el miedo. Crecimos junto a las brasas que ardían en las cavernas frías donde instalamos los primeros asentamientos de este Nuevo Mundo. Algunas noches escuchamos trémulos las historias que nuestros abuelos contaban sobre los humanos en aquel antiguo planeta que nos dio la vida pero que hemos olvidado. Leyendas sobre humanos entrando en nuestras mentes y tejiendo con sus extraños cerebros los escenarios de nuestros sueños.

De niño, como todos, quise  saber más y me atreví a preguntar sobre todo esto a mi padre. Pero, como siempre, me reprendió con severidad y se negó por completo a hablar sobre nuestro antiguo planeta. Por eso también el mito y el silencio han deformado la clara comprensión sobre la naturaleza de estos fascinantes animales.

Por ejemplo, la mayoría cree, o prefiere creer, que los humanos fueron desplazados de sus hábitat en este planeta y llevados al borde de la extinción tras nuestra llegada. También se suele decir que han sido conservados en cautiverio para su estudio. De cualquier modo, engrosan la lista de nuevas mitologías y malos entendidos que ha producido nuestro asentamiento y colonización en este Nuevo Mundo. Quienes nos hemos interesado en el tema, sin embargo, hemos conocido a través de fuentes oficiales y extraoficiales que Homo sapiens es una especie rescatada y traída con nosotros desde nuestro antiguo planeta y que los propósitos para mantenerlos en cautiverio van mucho más allá del tradicional interés científico.

Los humanos siguen inmóviles en el centro del domo. Todos nos inclinamos con curiosidad y murmuramos.

De pronto seis artefactos aparecen de la nada y descienden lentamente hasta quedar flotando a la altura de nuestras cabezas. Desde la penumbra se deslizan seis sillas metálicas que se detienen a nuestras espaldas. Cuando nos sentamos los artefactos se adhieren a nuestros rostros como si su interior estuviese cubierto por ventosas.

            La voz del funcionario vuelve a surgir de la nada:

            “Bienvenidos. Silencio. Atención. Los especímenes humanos con los que están a punto de interactuar son los últimos que vivieron en nuestro Viejo Mundo. Su valor además de biológico es eminentemente histórico: en sus complejas mentes se conservan algunas de las últimas imágenes previas a nuestra partida. Secuencias terribles. No temer. Alegrarse. Enorme Aporte. La Nueva Administración considera imperante reconstruir aquellas memorias. Largamente ocultadas. Padres cobardes. Recuperar. Memoria. Éxodo. Entonces la Nueva Administración decidió extraer los testimonios de los laberintos mentales de estos animales. Minas. Canteras. Recuerdos. Y ustedes serán los pioneros. Extractores. Recuperadores. Nuestra Historia. Una vez terminado el experimento, sus testimonios serán cruciales.”

            La voz hace una pausa y los artefactos empiezan a vibrar. Luego reanuda:

            “En marcha. Quietos. No hay dolor. Las terminales instaladas en sus rostros han sido desarrolladas para captar y reproducir algunas de las memorias de estos especímenes humanos. Calma. Control. Nada que temer. Deben recordar que sólo serán espectadores de un pasado que ya ocurrió. De un mundo que ya no existe. Sus integridades físicas, al igual que la de los humanos que participan en el experimento, están garantizadas. Confusión. Delirio. Será normal. Independientemente de lo que puedan experimentar en la representación que las terminales proyectarán en sus mentes, ustedes permanecerán todo el tiempo a salvo en esta sala. Conscientes de que dicha experiencia podría, sin embargo, resultar psicológicamente abrumadora, hemos logrado abrir pequeños lapsos en los que, opcionalmente, podrán suspender la representación. Remanso. Bocanada. Regreso. De este modo podrán volver momentáneamente a su percepción natural dentro de esta sala. De este modo tratamos de mitigar la posibilidad de una disociación irreversible de sus identidades que pueda surgir como efecto adverso del experimento.”

Una puerta se cierra en el lugar del cual provenía la voz. La vibración de los aparatos se intensifica. Una sensación súbita de vértigo me estremece hasta que un zarpazo de luz hace desaparecer toda sensación. Todo está impregnado por un brillo calcinante.

No pierdo del todo la consciencia, pero las sensaciones, mis memorias, mi identidad, mi entorno, todo se desenhebra. Todo se vuelve vacío: la sucesión del tiempo. El espacio. Yo mismo…

Y creo que por un instante sobrevino la vacuidad, la Nada absoluta

Pero sólo por un instante. Porque de pronto un nuevo resplandor me regresa a mis sensaciones, a mis percepciones. De nuevo tengo oídos para oír, dedos para tocar, pulmones para respirar. Todo un cuerpo: un nuevo par de ojos esféricos y movedizos; una boca parlante, con dos hileras de dientes, saliva y una garganta que se interna hacia tripas y huesos que nunca conoceré. Vuelve a haber localidad, movimiento, sucesión.

Poco a poco, un amasijo de impresiones sonoras, táctiles y olfativas se desenrolla en mi percepción. No me di cuenta en qué momento comenzó este dolor que me va indignando como un latido creciente. Por un momento el vértigo me hizo olvidar quién soy. Pero junto a las sensaciones, mi identidad regresa claramente. Sé dónde estoy, aunque esos inexplicables golpes de luz me desorientaron por un instante. Estoyen este lugar inmundo, terrorífico. Y con él, de golpe, regresan todos mis recuerdos…

Ahora pienso que el experimento fue un éxito. Pero, ¿cuál experimento? Recuerdo los mareos, los desvaríos por la fiebre y el hambre. Recuerdo que debo de permanecer alerta.

Con ansiedad acribillante, quiero recordarlo todo: mi rostro, mi nombre, pero todo se escurre como arena entre los dedos: en mi interior sólo parece haber hambre, fiebre e infección. Pienso en el Nuevo Mundo. Pero debo luchar contra los desvaríos, entonces quiero gritar: “¿cuál mundo si no este?”. Pero un terror súbito ahoga mis gritos. Un terror que no sé a quién pertenece, duplicado por su incomprensibilidad.

El delirio casi me ha hecho olvidar quiénes somos… Dónde estamos… Pero qué otra utilidad podría ya tener un sueño, sino brindarnos momentáneamente el dulce descanso del olvido.

Estamos —estoy—de pie en el centro de un cuarto inmundo, abandonado, el último refugio que encontramos. Estoy desnudo, esquelético, enfermo y hambriento. Alrededor impera la calma y el silencio. Una quietud que no inspira ninguna confianza. El calor es asfixiante pero tiemblo de fiebre. Con la mano izquierda empuño un tubo de metal herrumbrado. Una costra renegrida que cubre una larga herida infecta provoca una fetidez que atrae a las moscas y materializa el dolor que indigna mi brazo derecho. Sé que no estoy solo. Hay ojos abiertos de par en par que me observan a mis espaldas. Ojos que no me atrevo a ver. Mi mandíbula se contrae. Mi boca está totalmente seca. Mi boca humana. Es como si tuviera la garganta cubierta con cal. Y las náuseas, cada vez más insoportables.

Una brisa caliente y tóxica se cuela por la única ventana que no hemos sellado. Estamos acostumbrados a la quietud. A la aridez. A la ausencia casi total de aire. A sortear la violencia y el caos que van y vienen como marejadas nucleares. Pero la costumbre hace mucho dejó de ser seguridad. Hace mucho que no se puede estar en un solo lugar. Siempre debemos movernos, huir y escondernos hasta que pase algo o hasta que la Muerte nos libere. Pero quizá a nosotros ya nos pasó ese algo que tanto esperábamos.

No ignoro a quién pertenecen los ojos muertos que me observan a mi espalda, pero debo hacerlo a toda costa. Por eso trato de pensar en aquellos tiempos que ahora parecen lejanos: nuestros tiempos de placidez. De felicidad inestimable que antecedió al infierno. Porque no hay otra palabra para esta inmundicia. Un infierno que sobrevino a la Peste y a la Última Guerra.

Incluso en países periféricos como este, que no recibieron ningún ataque nuclear directo, el extraño purgatorio que siguió por algunos meses a los últimos bombardeos fue un jardín de rosas en comparación al infierno al que nos han abandonado. El infierno que ahora cosechamos en este desierto. Nadie podría creer que todo iría peor. Pero nos vimos expulsados como ratas de nuestros hogares. Algunos vimos zarpar las últimas naves. Recibimos mensajes mensuales en los que aseguraban que preparaban sondas que volverían por nosotros. Creímos que entonces la batalla sería por sobrevivir, por resistir. Pero ahora la batalla es por morir con dignidad. Quienes han cruzado al Otro Reino de la Muerte son infinitamente más felices.

“Este podría ser el último día”. Es lo que me he dicho cada mañana al despertar. “Este podría ser el último día…” Es lo que he enseñado a decir a mis hijos cada vez que el terror, la violencia, el hambre desgarradora sobrevienen: “este podría ser el último…”. Pero los días no dejan de pasar. Ahora las enfermedades nos carcomen. “Este podría ser…” Meses que parecen siglos en este infierno. En este desierto. En esta tierra muerta. “Este podría…”

Apenas he dado dos pasos. Dos pasos que me alejan de esos ojos que no me atrevo a ver. El miedo hace mucho se convirtió en desesperación, y la desesperación en asco que me hace avanzar impertérrito hacia el horror. No sólo sé lo que hay a mi espalda. También sé lo que hay afuera, tras las ventanas: cuerpos reventados sin animales que los despojen de su carroña, sólo nubes de moscas, nudos de gusanos y una que otra rata. También cuerpos humanos apenas vivos acechando entre esqueletos de matorrales, empujados por el mismo asco, por la misma desesperación en la que todos comulgamos. Esta desesperación que me ha hecho hacer lo que sé que acabo de hacer, pero que por ahora debo ignorar.

Porque sé perfectamente lo que hay a mi espalda: ojos amados, ahora muertos y abiertos de par en par. Pero, por ahora, lo debo ignorar. Debo mantenerme aquí, firme y desnudo, con los ojos clavados en el horror que me crece en la boca del estómago. Este horror que no comprendo —porque es un horror que no me puede pertenecer. Es un infierno que no puede ser real. Un infierno del cual sé que puedo escapar. Porque no soy esa persona. No soy ese humano. Yo ni siquiera soy —este horror es una ilusión. Puedo salir.

            Puedo…

He recobrado la consciencia. Aunque no sé en qué momento la perdí. Quizá esto por fin sea la antesala de la muerte. Pero la vibración ininterrumpida de mi terminal disipa esa esperanza.

Abro los ojos. Estoy en una sala restringida del Parque de Animales de mi ciudad. El metal de la silla se ha entibiado. La vibración de mi terminal disminuye. A través de las mirillas descubro a uno de mis compañeros de experimento con los ojos en blanco y el rostro deformado por una violenta parálisis mientras la unidad médica lo saca de la sala. Aquella simulación solo persiste como el recuerdo incoherente de una pesadilla. Me arrulla la certeza de comprender que su horror es ajeno, remoto y pretérito. De saber que puedo salir de ese horror. Que no me pertenece.

Pero la vibración de mi terminal se vuelve a intensificar. De nuevo el vértigo, las náuseas.

Un destello…

Recupero el conocimiento. El vértigo, las náuseas persisten. Hace días que sufro desmayos con mayor frecuencia. No sé si por el hambre, por la fiebre o por alguna enfermedad que ignoro. De pronto todo se apaga de golpe. Y cuando todo regresa no estoy exactamente donde estaba antes. Como ahora, que me encuentro tumbado en el suelo ante estos ojos muertos que por fin me encaran. Pero mantengo los párpados violentamente cerrados. Aferrado a su negrura interior. Hasta que abro los ojos de par en par a mi propio infierno: como un banquete de horror, como el altar tumefacto del otro Reino de la Muerte, el cuerpo de mi mujer, de la madre de mis hijos, me observa desde un rincón.

Anoche por fin la Muerte se cansó de jugar con su cuerpo gangrenado y se la llevó para siempre. Hace meses que no tenemos medicamentos ni agua. Nada. Sólo violencia y miedo. Nunca nos pensamos capaces de sobrevivir a tanto. Nunca quisimos llegar hasta aquí. “Este podría ser el último día”. Es lo que le hemos enseñado a decir a nuestros hijos cada mañana. Incluso cuando la infección los iba devorando de a poco.

            Mi mujer murió en silencio, quiero creer que casi en paz. Susurraba apenas cuando la fiebre le arrancaba la vida. Mis hijos no pudieron despedirse de ella. Temblaban en el rincón donde ahora yacen. Mi hija, la mayor, había perdido el conocimiento desde la tarde anterior. El menor balbuceaba y deliraba mientras violentos espasmos lo hacían retorcerse en el piso. Yo sostenía la mano de mi mujer, besaba sus llagas, las restregaba con las mías mientras le decía que todo iba a acabar, que por fin todo iba a acabar. Murió en silencio, aunque el dolor la crispaba terriblemente. Pero no quiero creer eso.

            Cuando se desató este infierno, juré proteger a mi familia. Juré proteger a mis hijos. Tranquilicé sus llantos por noches enteras mientras el mundo se destrozaba a nuestros pies. Juré protegerlos aún cuando tuvimos que huir. Se los juré en medio de las matanzas y los saqueos. “Este podría ser el último día…” Se los decía una y otra vez. Juré protegerlos sin tener idea de qué era lo que estaba por venir. Yo les heredé este infierno y yo los protegería de él, o eso quería creer.

            A menudo me rehúso a recordar quién soy. Dónde me encuentro.

“Hoy será el último día”, les dije esta mañana, cuando sus oídos de cadáveres ya no me escuchaban. “Hoy será el último día”, les repetí una y otra vez con la voz seca y rajada como la tierra a nuestro alrededor. “El último día”, insistí después que mi mujer partió al otro reino de la Muerte. “Hoy será el último día”, susurraba mientras los veía hervir de fiebre y retorcerse de dolor. “Hoy será el último día”, y contemplaba sus cuerpos aún vivos pero con un pie plantado en el otro Reino de la Muerte. Eran ya casi carroña. “Hoy será el último día” repetía una y otra vez mientras acababa sus agonías con este tubo de metal herrumbrado. “Hoy será el último…” susurraba mientras los enviaba con su madre al otro Reino de la Muerte.

Cuerpos que alguna vez protegí entre mis brazos mientras les juraba que las naves que vimos partir regresarían por nosotros. “¿Cuándo van a venir, papi?”, me preguntaba mi hija aterrada y entre llantos. Lo recuerdo ahora que me arrodillo junto a su cadáver y me preparo para hincar los dientes en su brazo. “Este puede ser el último día”, les respondía invariablemente. Les contaba cómo esas naves nos llevarían a un nuevo planeta, a una ciudad en el espacio. Entonces sus ojos brillaban y preguntaban si en esa ciudad había mercados con comida, parques para pasear, cines para ver películas. Si habría un Parque de Animales como al que fuimos en las últimas vacaciones. Le decía que claro, que habría un Parque de Animales gigantesco con senderos por los que pasear. Y en ese Parque de Animales no sólo estarían los animales que ya conocemos, sino que incluso habría algunos animales de los nuevos planetas que descubriremos. Entonces sonreía y su sonrisa hacía que todas las pocas mentiras que quedaban en el mundo valieran la pena.

Pero ahora estamos aquí, en medio de este infierno y su cuerpo destrozado yace en el centro de un círculo de gusanos.

Pero sé que este infierno no puede ser real. Sé que puedo salir….

Abro los ojos y no estoy en el Parque de Animales de mi ciudad. Mi ciudad hace mucho que no existe. No estoy a salvo. Nunca lo he estado. No puedo salir más que al delirio que es la antesala del otro Reina de la Muerte. Nada de este horror es ajeno. Quiero levantarme del metal ya tibio de mi silla, pero no hay ninguna silla. Busco la terminal en mi rostro pero sólo tengo lágrimas, una costra de sangre y suciedad.

Me acurruco junto a mis hijos. Con los dientes arranco pedazos de sus cuerpos mientras lloro desconsolado ansiando juntarme con ellos en el otro reino de la Muerte.

Escribe Luis Báez

Su primera colección de relatos El patio de los murciélagos fue publicada en 2010 (Uruk, San José). Su siguiente colección Eleos y phobos, inédita hasta ahora pero incluída en este volumen bajo el título Las manchas en el espejo, obtuvo mención de honor en el Premio Centroamericano Rogelio Sinán 2013-2014. Ha publicado poesía, relatos de ficción y no ficción, ensayos y crítica literaria en medios de América Latina y España. Ha sido incluido en antologías como Los2000, autores nicaragüenses del nuevo milenio (Leteo, 2012), Escribir en crisis (Letralia, 2019), Antología de la nueva poesía política nicaragüense (Guaraguao, 2020) y la antología de narrativa centroamericana Territorios olvidados (Editorial X, Los sin pisto, MiMalaPalabra co-ed., 2021). Fue miembro de la Junta Directiva del Centro Nicaragüense de Escritores. Ha impartido cursos y talleres de escritura creativa. Desde 2011 coordina el Fondo Editorial Soma y desde 2019 la plataforma Telar Nicaragua.

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