Rolando Máximo Pacholczuk, conscripto del Regimiento 7 de La Plata, murió en el Almirante Irízar tras el combate de Monte Longdon y se convirtió en el último de los 649 caídos argentinos en la Guerra de Malvinas; esta crónica de Matías Rodríguez, ilustrada por Mariano Lucano, revive el Sitio de Puerto Argentino, las trincheras del Regimiento 7 y el regreso a Puerto Madryn como parte de la memoria sobre Malvinas.
En la duermevela de la tarde lo soñó. Un Hércules, como un pájaro de acero, surcaba el cielo y los folletos que escupía anunciaban el armisticio. Tras setenta días de guerra, Puerto Argentino era un perímetro arrinconado contra la costa, jaqueado por el fuego de artillería inglesa. Un Dunkerque en el fin del mundo, pero sin milagros a la vista. Los bombardeos nocturnos eran incesantes y los soldados conseguían maldescansar durante las horas de luz, pero fue el frío quien lo zamarreó de su fantasía. Se despertó mojado y temblando. El grito de un suboficial lo puso a la orden.
Rolando Máximo Pacholczuk llegó a Malvinas en abril de 1982 como integrante del Regimiento 7 de La Plata. Durante sus días de guerra participó de reconocimientos del terreno, cavó trincheras y socorrió heridos, pero no disparó ni una sola vez, porque desde la primera prueba de tiro comprobó que su FAL tenía el percutor roto. Elevó la queja a la oficialidad, pero la respuesta nunca llegó. No le reemplazaron el arma ni lo evacuaron y desde entonces, como un soldado fallido, sólo pudo cumplir tareas de logística y de rescate.
Pacholczuk había nacido diecinueve años antes en Mar del Plata y había atravesado una infancia complicada, que incluyó la muerte de su padre —un inmigrante ucraniano sobreviviente de la guerra— y una rara enfermedad de su madre, que la mantuvo internada en un neuropsiquiátrico. De adolescente llegó a La Plata y pasó unos años en un reformatorio de Olmos. Cuando fue convocado para el Servicio Militar Obligatorio cursaba el turno noche en una escuela comercial y podría haber pedido la prórroga, pero eligió no hacerlo.
Cuando recibió la carta de citación para Malvinas le faltaban veintidós días para la baja. El dueño de la zapatería en la que trabajaba le sugirió que con una fractura leve podría permanecer a salvo en el continente. Pacholczuk, que tocaba la guitarra y jugaba al fútbol cada fin de semana, se enojó con su jefe y le dijo que estaba entusiasmado por participar de la guerra. Ansiaba, decía, ser protagonista de la historia argentina. Unos días después, tras haberse despedido de su madre y de su hermano más chico, fue trasladado a Comodoro Rivadavia y puesto a disposición de la comandancia de las islas.
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La aventura argentina en Malvinas empezó el 2 de abril de 1982. Ese día los comandos tomaron una cabecera de playa al norte de la isla Soledad y varios grupos de la Armada abrieron fuego contra los marines británicos que custodiaban Puerto Argentino. Cuando respondieron a la orden de tomar la Casa del Gobernador, la operación resultó exitosa, pero en el combate cayó el capitán de corbeta Pedro Edgardo Giachino, quien resultó el primero de los muertos argentinos que dejaría la guerra.
Con el control de las islas, el gobierno militar argentino, a la espera de la respuesta británica, comenzó el despliegue de tropas. Pacholczuk, como parte de una de las secciones del RI Mec 7, fue destinado a la Cresta del Telégrafo, una colina ubicada a unos ochocientos metros de Monte Longdon, en donde los conscriptos recibieron la orden de agruparse por parejas para hacer pozos de zorro. Esa zona ofrecía la vista panorámica de la costa norte de Puerto Argentino y se encontraba rodeada por campos minados, porque se consideraba el punto estratégico del hipotético desembarco enemigo.
Héctor Correia fue el primer compañero de trinchera de Pacholczuk y más tarde a ellos se les sumó Hugo Robert. Desde entonces compartieron durante casi dos meses ese hueco gélido que recuerdan como una tumba inundada y pestilente y fue allí que el Ruso, tal cual lo habían bautizado sus camaradas, se dio cuenta de que su fusil no disparaba.
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El Sitio de Puerto Argentino, que arrancó el 1° de mayo, restringió la llegada de víveres y de pertrechos militares a las islas. Las tres comidas diarias pronto se convirtieron en dos y, hacia el final de la guerra, en una única ración muy frugal. Durante aquellas jornadas, atestiguan sus camaradas, el arrojo de Pacholczuk para conseguir ovejas y gallinas, que asaban en los hierros viejos de una cama desgajada, fue determinante para que pudieran alimentarse, incluso cuando la sanción por saquear los campos de los isleños era terminar estaqueado en medio del viento malvinense.
A la escasez inicial de comida le siguió la falta de abrigo y las discordancias logísticas que se agravaron a partir del 21 de mayo, cuando los ingleses lograron desembarcar en las islas a pesar de la resistencia de los pilotos argentinos, que partían desde el continente para jugarse su destino en los cielos del estrecho de San Carlos.
La situación en las filas del Ejército, en cambio, era un poco más confusa: “Por ahora está todo muy tranquilo y no hay señales de los ingleses —escribió Pacholczuk en una de las cartas que envió desde Malvinas—, sólo cuesta adaptarse al frío, pero casi no recibimos órdenes de nuestros superiores, que parecen estar más desorientados que nosotros”. En otra de las cartas habló de sus sueños recurrentes, contó que entre sus compañeros escaseaban las municiones y que había estado internado en Puerto Argentino por una hipotermia. También mantenía intacto el sentido del humor: “Con los muchachos estamos contentos porque un compañero encontró un dentífrico y hoy vamos a poder comer pasto con gusto”.
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Después de desembarcar en San Carlos los británicos establecieron un objetivo doble. Por un lado, pretendían desgastar con el apoyo aéreo y por el otro avanzar por tierra para rodear las colinas de Puerto Argentino. En el camino se enfrentaron con el Regimiento 12 en Pradera del Ganso y desde allí tomaron los montes Dos Hermanas, Harriet y Tumbledown, pero fue en Monte Longdon en donde se libró el combate más largo y sangriento de la Guerra de Malvinas.
Las compañías argentinas, que combatieron contra los escuadrones ingleses, llevaban más de cuarenta días sin ser relevadas, pero resistieron ferozmente durante la madrugada del 12 de junio. Cuando se acabaron las municiones y se cortaron las comunicaciones, lograron replegarse hacia la Cresta del Telégrafo, en donde se encontraba apostado el Regimiento 7 y la trinchera de Pacholczuk. Para recuperar Monte Longdon, la comandancia ordenó un contraataque que encontró a los paracaidistas británicos a mitad de camino, lo que generó una batalla cuerpo a cuerpo recordada por las ejecuciones a quemarropa y el uso de bayonetas bajo el cielo atravesado por las bengalas y el fuego de artillería.
Durante las primeras horas del 14 de junio una ráfaga trazante reavivó el combate en la Cresta del Telégrafo y trajo la certeza de que la infantería inglesa había logrado tomar las alturas de Monte Longdon, el último bastión en su avance hacia la Casa del Gobernador. Bajo el bombardeo enemigo, Pacholczuk, Correia y Robert lograron escapar de la trinchera y pertrecharse detrás del promontorio de una roca escarpada. En la oscuridad podían sentir los ruidos del caos, traducidos en quejidos y sollozos en fuga. La situación era desesperada y no encontraban el camino hacia el puesto de comando cuando una bala de cañón impactó en la roca y la onda expansiva los separó. La intuición de Robert lo guió hacia la retaguardia, pero Pacholczuk y Correia siguieron una línea que los encerró en un río congelado. Allí fueron alcanzados por una bomba naval que pobló de esquirlas la espalda del Ruso.
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—Tengo grabada en la mente la imagen de Rolando saltando en medio de un resplandor provocado por la explosión— recuerda Correia, que a raíz del estruendo perdió gran parte de la audición del oído derecho.
Pacholczuk, con la espalda destrozada, se desmayó casi inmediatamente y Correia, en medio de su aturdimiento, encontró a dos soldados que le ofrecieron ayuda. Iluminados por el fuego, consiguieron improvisar una camilla y envolver al Ruso en una frazada para cargarlo hasta una zona segura. Pacholczuk se había despertado, pero no conocía su estado.
—La puta madre, no siento las piernas. No voy a poder volver a jugar al fútbol— repetía.
A Pacholczuk lo arrastraron hasta que encontraron un camión ambulancia, en el que lo cubrieron con papel film para detener la hemorragia. Unas horas más tarde un helicóptero lo trasladó hasta el rompehielos Almirante Irízar, que estaba fondeado en la ensenada de Puerto Groussac como buque hospital.
Al Irízar Pacholczuk llegó en estado crítico y fue operado varias veces para drenar las heridas. Mientras tanto, en Puerto Argentino se firmaba la rendición y se entregaban las armas de los noventa soldados que habían alcanzado la comandancia después de la capitulación de Monte Longdon. El resto de los más de trescientos combatientes que habían participado de las batallas libradas entre la madrugada del 11 y la mañana del 14 de junio estaba herido, era prisionero inglés o había muerto.
—A Rolando lo recuerdo bien. En el Irízar hacíamos una atención personalizada y yo estuve junto a él, pero sus posibilidades de sobrevida eran casi nulas— recuerda Javier Corvalán, un conscripto que prestaba apoyo en el buque hospital y que también menciona que durante los últimos tres días de guerra el Almirante Irízar recibió en la cubierta más de cuatrocientos heridos.
—Flaco, por favor, decime cómo tengo que hacer para zafar de esta— le rogaba Pacholczuk a Corvalán.
Durante la tarde del 15 de junio y cuando el rompehielos ya se encaminaba de regreso al continente Pacholczuk fue ingresado en una cámara hiperbárica para fortalecer la cicatrización, pero los más de veinte kilos que había perdido en las islas conspiraban contra su recuperación. Durante la noche, el dolor y sus gritos se tornaron insoportables.
El informe de operaciones de la terapia intensiva del Irízar del 16 de junio indica que Pacholczuk permaneció sedado y que murió en alta mar poco antes del amanecer, convirtiéndose en el último de los 649 soldados argentinos que dejaron su vida en Malvinas.
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El 18 de junio el Almirante Irízar llegó a Comodoro Rivadavia y un día después lo hizo también el crucero Canberra, el buque inglés que devolvió más de cuatro mil soldados argentinos al país. El gobierno militar había establecido un operativo para que los combatientes fueran alojados en Trelew, censados como sobrevivientes y desde allí devueltos a sus provincias. Cuando la columna de camiones con las lonas bajas comenzó a salir del puerto la gente que se había congregado para recibirlos notó que los estaban escondiendo y empezó a aplaudir. Los soldados, sucios, esqueléticos, cubiertos con el olor de la turba malvinense, asomaban la cabeza y sonreían, algunos de ellos pedían perdón. Otros lloraban desde el fondo de la caja, y recibían lo que les daban. Chocolates, facturas, termos de mate cocido que eternizaron aquella jornada como “el día que Puerto Madryn se quedó sin pan” por las ofrendas que los vecinos brindaron para saciar el hambre de la guerra.
Ese día, también, el cuerpo de Pacholczuk fue llevado a una morgue de Comodoro Rivadavia y su madre, cuando se enteró que volvían los soldados, se acercó al mismo regimiento en el que lo había despedido dos meses antes. Alguien la reconoció y le dijo que no espere a Rolando, que ya no iba a regresar. Una semana después su familia pudo velarlo y sepultarlo en el cementerio de Mar del Plata. Pacholczuk, desde entonces, es el único de los muertos argentinos de Malvinas que se encuentra enterrado en el continente.
—Como el del Ruso —recuerda Correia— hubo muchos casos de compañeros a los que no les funcionaba el arma y que a pesar de los reclamos no fueron asistidos. Los dejaron en el frente, los entregaron.
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La familia de Pacholczuk, que quería ser contador como su padre y que por la guerra no pudo terminar el secundario, recibió la noticia de que en 2022 los directivos de su escuela comercial, en donde fue abanderado, rectificaron su legajo de estudiante, en el que figuraba que había abandonado los estudios. Tras el acto reparatorio, un sello en su documentación indica que no pudo finalizar la cursada por haberse convertido en uno de los héroes de Malvinas.
—De todos los soldados valoro la solidaridad —rescata Robert—, que es lo que nos mantuvo a flote en las islas, pero en el caso de Rolando es algo que lo destaco por sobre todas las cosas, porque era un tipo muy generoso. Nosotros nos hicimos amigos allá y no nos separamos nunca más… Cuando nadie me ve yo charlo con él y le cuento.
—¿Qué le contás?
—Que yo estoy cada vez más viejo y a él lo veo cada día más joven.
—…
—Y que ya no somos invisibles como fuimos en Malvinas.
Revista Colofón Lo que pasa cuando ya pasó todo.

