El camino a Wigan Pier – Parte 1 – Capítulo 5

Compartimos el quinto capítulo de El camino a Wigan Pier, un libro de George Orwell (1984, Rebelión en la granja) en el que el autor intentó analizar la forma de vida de los obreros en la década del ´30. Gracias a la traducción de Marcelo Zabaloy, vuelve a ser posible leer la última visión política de un gran escritor en nuestra lengua. Los capítulo anteriores pueden encontrarlo en este link. Ilustraciones de María Lublin. 

Cuando uno ve citar cifras de desempleo del orden de los dos millones es muy fácil tomarlo como que hay dos millones de personas sin trabajo y el resto de la población está relativamente bien. Admito que hasta no hace mucho yo mismo tenía la costumbre de hacerlo. Solía calcular que si se establecía el desempleo registrado en alrededor de dos millones incluyendo a los indigentes y a quienes por una un otra razón no estaban registrados, se podía considerar el número de personas desnutridas en Inglaterra (porque todo el que cobra subsidios por desempleo o similares está desnutrido) en, como máximo, cinco millones de personas.

Esta es una enorme subestimación, porque, en primer lugar, las únicas persona que se muestran en las cifras de desempleo son las que efectivamente cobran el subsidio por desempleo –es decir, en general, jefes de hogar. Los dependientes de un hombre desempleado no figuran en la lista a menos que ellos también estén cobrando una asignación aparte. Un funcionario de la Bolsa de Trabajo me contó que para llegar al número real de personas viviendo de (no cobrando) el subsidio por desempleo, hay que multiplicar las cifras oficiales por un poco más de tres. Esto solo lleva el número de desempleados aproximadamente a los seis millones. Pero además hay un gran número de personas que están trabajando pero que, desde un punto de vista financiero bien podrían estar desempleados, porque no cobran algo que pueda considerarse un sueldo de subsistencia.[1] Ténganse en cuenta estos y sus dependientes, inclúyanse como antes los viejos jubilados, los indigentes y otros inclasificables y se obtiene una población desnutrida de bastante más de diez millones. Sir John Orr[2] calcula el número en veinte millones.

Tomemos las cifras para Wigan, que es suficientemente representativa de los sectores mineros e industriales. El número de trabajadores asegurados es de 36.000 (26.000 hombres y 10.000 mujeres). De estos, el número desempleado a comienzos de 1936 era de alrededor de 10.000. pero esto era en invierno cuando las minas trabajan a pleno, en verano probablemente sería de 12.000. Multipliquemos por tres, como arriba, tenemos 30.000 o 36.000. la población total de Wigan está un poco por debajo de 87.000 personas; así que en algún momento más de una persona cada tres de toda la población –no solamente los trabajadores registrados– esta cobrando o viviendo del subsidio de desempleo. Esos diez o doce mil desempleados contienen un núcleo estable de entre cuatro y cinco mil mineros que han estado continuamente desempleados durante los últimos siete años. Y Wigan no está especialmente mal como están las ciudades industriales. Incluso en Sheffield, que anduvo bien en el último año debido a las guerras y los rumores de guerra, la proporción de desempleo es casi la misma –uno de cada tres trabajadores registrados sin empleo.

La primera vez que un hombre es desempleado, hasta que se le acaban la estampillas del seguro, cobra ‘beneficio completo’, cuyos importes son los siguientes:

 

                                                              por semana

Hombre soltero                                             17s.

Esposa                                                               9s.

Cada hijo menor de 14 años                         3s.

 

 

 

Por lo tanto en una familia típica de padres y tres hijos de los cuales uno es mayor de 14 años, el ingreso total sería de 32s. por semana, más lo que pueda ganar el hijo mayor. Cuando al hombre se le terminan las estampillas, antes de pasar al PAC (Comité de Asistencia Pública), recibe un ‘beneficio transitorio’ de veintiséis semanas del UAB (Junta de Asistencia al Desempleo), cuyos montos son los siguientes:

 

                                                          por semana

Hombre soltero                                             15s.

Hombre y esposa                                          17s.

Hijos, 14-18                                                    6s.

       Hijos, 11-14                                                    4s. 6d.

Hijos, 8-11                                                      4s.

         Hijos, 5-8                                                         3s. 6d.

  Hijos, 3-5                                                         3s.

 

Por lo tanto en el UAB el ingreso de una familia típica de cinco personas sería de 37s. 6d. por semana si ningún hijo trabajara. Cuando un hombre está en el UAB un cuarto de su subsidio por desempleo se considera alquiler, con un mínimo de 7s. 6d. por semana. Si el alquiler que paga es más de la cuarta parte de su subsidio recibe una asignación extra, pero si es menor de 7s. 6d., se le reduce un importe correspondiente. Los pagos en el PAC salen teóricamente de los impuestos locales, pero están respaldados por un fondo central. Los montos de los beneficios son:

 

                                                                                       por semana

                    Hombre soltero                                               12s. 6s.

               Hombre y esposa                                             23s.

             Hijo mayor                                                        4s.

               Cualquier otro hijo                                            3s.

 

Quedando a discreción de los organismos locales los montos de estos beneficios varían ligeramente, y un hombre soltero puede o no obtener un complemento semanal de 2s. 6d., llevando el beneficio a 15s. Como en el UAB, un cuarto del subsidio por desempleo de un hombre casado se considera alquiler. Por lo tanto en la familia típica considerada arriba el ingreso total sería de 33s. por semana, siendo un cuarto de esto considerado alquiler. Además, en la mayoría de los distritos se garantiza una asignación de carbón de 1s. 6d. por semana (1s. 6d. equivale a un quintal de carbón) durante las seis semanas anteriores y las seis semanas posteriores a la Navidad.

Se verá que el ingreso de una familia que recibe el subsidio por desempleo normalmente promedia alrededor de treinta chelines por semana. Se puede descontar por lo menos un cuarto de esto como alquiler, lo que quiere decir que la persona promedio, niño o adulto, tiene que ser alimentada, vestida, calefaccionada, y de lo contrario cuidada con seis o siete chelines por semana. Enormes grupos de gente, probablemente como mínimo un tercio de toda la población de las regiones industriales, viven en ese nivel. El Means Test se aplica muy estrictamente y uno puede quedarse sin ayuda al menor indicio de estar obteniendo dinero de otra fuente. Los estibadores, por ejemplo, que generalmente son contratados por medio día, tienen que registrarse en la Bolsa de Trabajo dos veces por día; si no lo hacen se asume que han estado trabajando y se les reduce proporcionalmente el subsidio por desempleo. He visto casos de evasión del Means Test, pero debo decir que en las ciudades industriales, donde todavía hay una cierta cantidad de vida comunitaria y todos tienen un vecino que los conoce es mucho más difícil de lo que sería en Londres. El método habitual es que un hombre joven que en realidad vive con sus padres se consiga una dirección de alojamiento, de modo que supuestamente tiene un domicilio aparte y cobra un subsidio aparte. Pero hay mucho espionaje y chismorreo. Un hombre que conocí, por ejemplo, fue visto alimentando los pollos de su vecino mientras el vecino no estaba. Le dijeron a las autoridades que ‘tenía un trabajo alimentando pollos’ y tuvo grandes dificultades para refutarlo. El chiste favorito en Wigan era sobre un hombre a quien se le negó asistencia con el argumento de que ‘tenía un trabajo llevando leña en carretilla’. Lo habían visto, dijeron, llevando leña de noche. Tuvo que explicar que no estaba llevando leña en la carretilla sino llevando a cabo una fuga nocturna. La ‘leña’ eran sus muebles.

El efecto más cruel y perverso del Means Test es la manera que tiene de separar familias. Personas viejas, a veces postradas, son expulsadas de sus casas por esto. Un anciano jubilado, por ejemplo, si es viudo, normalmente vive con alguno de sus hijos; sus diez chelines semanales van a parar a los gastos de la casa, y probablemente no se lo cuide mal. Bajo el Means Test, sin embargo, cuenta como un ‘huésped’ y si se queda en casa el subsidio de sus hijos será bloqueado. Entonces, quizás con setenta o setenta y cinco años tiene que mudarse a una pensión, pasándole sus ingresos al dueño de la pensión y vivir al límite de la desnutrición. Yo mismo he visto varios de estos casos. Está pasando en todo Inglaterra en este mismo momento, gracias al Means Test.

No obstante, a pesar del terrible nivel de desempleo, es un hecho que la pobreza –la pobreza extrema– es menos evidente en el norte industrial que en Londres. Todo es más pobre y más deplorable, hay menos automóviles y menos gente bien vestida; pero además hay menos personas que sean evidentemente indigentes. Incluso en una ciudad del tamaño de Liverpool o Manchester uno se sorprende por la escasez de mendigos. Londres es una suerte de remolino que atrae hacia ella personas indigentes, y es tan vasta que la vida allí es solitaria y anónima. Hasta que no viola la ley nadie toma nota de uno y uno puede destruirse de un modo que no sería posible en un lugar donde tiene vecinos que lo conocen. Pero en las ciudades industriales el viejo estilo de vida comunitario todavía no se ha perdido, la tradición todavía es fuerte y casi todos tienen una familia, y potencialmente, por lo tanto, un hogar. En una ciudad de 50.000 o 100.000 habitantes no hay una población ocasional y por así decirlo sin domicilio conocido; por ejemplo nadie durmiendo en la calle. Es más, solo queda esto por decir respecto de las regulaciones del desempleo, que no le quitan a la gente el deseo de casarse. Un hombre y su esposa con veintitrés chelines por semana no están lejos de la línea de inanición, pero pueden construirse una especie de hogar; están mucho mejor que un hombre soltero con quince chelines. La vida de un desempleado soltero es terrible. A veces vive en una pensión común, más seguido en una habitación ‘amueblada’ por la que usualmente paga seis chelines por semana, arreglándose como mejor puede con los otros nueve (digamos seis chelines por semana para comida y el resto para ropa, tabaco y esparcimiento). Por supuesto, no puede comer ni cuidarse adecuadamente, y un hombre que paga seis chelines por semana por una habitación no tiene mucho incentivo como para quedarse adentro más que lo necesario. Así que se pasa el día perdiendo el tiempo en la biblioteca pública o en otro lugar donde esté abrigado. Eso –mantenerse abrigado– es casi la única preocupación que un hombre soltero desocupado tiene en invierno. En Wigan un refugio favorito eran las películas, que allí son muy baratas. Siempre se puede conseguir una entrada por cuatro peniques y en la matiné en algunos cines se consigue una entrada por dos peniques. Incluso personas al borde de la inanición pagarán con ganas dos peniques para librarse del horrible frío de una tarde de invierno. En Sheffield me llevaron a un salón público para escuchar la conferencia de un clérigo, y era por lejos la conferencia más tonta y peor pronunciada que haya escuchado o que hubiese esperado escuchar. Me resultó casi físicamente imposible de tolerar; de hecho mis pies me sacaron, aparentemente por su propia cuenta, antes de la mitad. Sin embargo la sala estaba atestada de hombres desempleados; se habrían aguantado estupideces mucho peores con tal de estar a cubierto en un lugar abrigado.

A veces he visto hombres solteros cobrando el subsidio por desempleo viviendo en una miseria absoluta. Recuerdo en una ciudad toda una colonia de hombres solteros ocupando, más o menos ilícitamente, una casa abandonada prácticamente derruida. Habían reunido unos pocos muebles desvencijados, presumiblemente de algún basurero, y recuerdo que su única mesa era un viejo lavamanos de mármol. Pero esta clase de cosa es excepcional. Un trabajador soltero es una rareza, y siempre que un hombre esté casado el desempleo cambia relativamente poco su modo de vida. Su hogar se empobrece pero así y todo sigue siendo un hogar, y en todos lados es notable que la situación irregular creada por el desempleo –el hombre sin trabajo mientras que la mujer sigue como antes– no ha alterado el estatus relativo de los sexos. En un hogar de clase trabajadora el jefe es el hombre y no, como en un hogar de clase media, la mujer o el bebé. Prácticamente nunca, por ejemplo, en un hogar de clase trabajadora, se verá a un hombre haciendo ni una mínima tarea doméstica. El desempleo no ha cambiado esta convención, lo que a simple vista parece un poco injusto. El hombre está ocioso de la mañana a la noche pero la mujer está tan ocupada como siempre –en realidad más, ya que debe arreglárselas con menos dinero. Sin embargo según mi experiencia las mujeres no protestan. Creo que ellas, al igual que los hombres, sienten que un hombre perdería su virilidad si, por el mero hecho de estar desempleado, se convirtiera en una ‘Mariquita’.

Pero no hay duda sobre el efecto debilitador y mortífero del desempleo sobre toda persona, casada o soltera y más sobre los hombres que las mujeres. Los mejores intelectos no lo soportarían. Una o dos veces me ha sucedido de encontrarme con hombres desempleados de genuina habilidad literaria; hay otros que no he conocido pero cuyas obras he visto ocasionalmente en las revistas. De vez en cuando, con largos intervalos, estos hombres escriben un artículo o un cuento que es muy obviamente superior a la mayoría de las cosas sobre las que cacarean los críticos promotores. ¿Por qué, entonces, hacen tan poco uso de su talento? Tienen todo el tiempo libre del mundo, ¿por qué no se sientan y escriben libros? Porque para escribir libros no solo se necesita confort y soledad –y la soledad no es siempre fácil de conseguir en un hogar de clase trabajadora– sino que además se requiere tranquilidad espiritual. Uno no puede concentrarse en nada, no se puede comandar el espíritu de esperanza, en el que todo debe ser creado, con esa tediosa sombra del desempleo proyectándose sobre uno. Sin embargo, un hombre desempleado que se siente cómodo con los libros de todos modos puede ocuparse leyendo. ¿Pero qué pasa con el hombre que no puede leer sin sentirse incómodo? Pongamos por ejemplo un minero que ha trabajado en un pozo desde la niñez y que ha sido entrenado para ser un minero y nada más. ¿Cómo diablos se supone que va a llenar sus días vacíos? Es absurdo decir que tiene que buscarse un trabajo. No hay ningún trabajo para conseguir, y todo el mundo lo sabe. No se puede andar buscando trabajo todos los días durante siete años. Existen las parcelas, que ocupan el tiempo y ayudan a alimentar una familia, pero en una ciudad grande solo hay parcelas para una pequeña proporción de personas. Después están los centros ocupacionales que se pusieron en marcha hace algunos años para ayudar a los desempleados. En general este movimiento ha sido un fracaso, pero algunos de los centros todavía florecen. He visitado unos pocos de ellos. Hay refugios donde los hombres pueden estar abrigados y hay clases periódicas de carpintería, confección de botas, talabartería, tejido a mano, cestería, trabajo con hierba marina, etc., etc.; la idea es que los hombres pueden hacer muebles y todo eso, no para vender sino para sus propios hogares, obteniendo herramientas gratis y materiales más baratos. La mayoría de los socialistas con los que hablé denuncian este movimiento como denuncian el proyecto –siempre se habla de él pero nunca llega a nada– de darles a los desempleados pequeñas posesiones.  Dicen que los centros ocupacionales solo son un dispositivo para mantener tranquilos a los desempleados y darles la ilusión de que se hace algo por ellos. Indudablemente ese es el motivo subyacente. Mantener a un hombre ocupado remendando botas lo vuelve menos proclive a leer el Daily Worker.[3] Además hay una asquerosa atmósfera  YMCA[4] en estos sitios que uno puede sentir ni bien entra. Los hombres desempleados que los frecuentan son mayormente de la clase de los que se tocan la gorra –del tipo que se dice ‘Abstemio’ y vota a los conservadores. Si embargo incluso en esto uno se siente tironeado de los dos lados. Porque probablemente es preferible que un hombre pierda su tiempo incluso con semejante basura como el trabajo con hierbas marinas a que durante años interminables no haga absolutamente nada.

Por lejos el mejor trabajo por los desempleados lo está haciendo el NUWM –National Unemployed Workers–[5]. Esta es una organización revolucionaria dedicada a mantener unidos a los desempleados, a dejar de que sean los rompehuelgas en los paros y a darles asesoramiento legal contra el Means Test. Es un movimiento que se ha construido desde la nada con los peniques y los esfuerzos de los mismos desempleados. He visto mucho de lo que hace el NUWM y admiro muchísimo a los hombres, mal alimentados y peor vestidos como los otros, que mantienen en marcha la organización. Aun más admiro el tacto y la paciencia con que lo hacen; porque no es fácil sacarles aunque sea una suscripción de un penique por semana de los bolsillos de personas que están en el PAC. Como dije antes, la clase trabajadora inglesa no muestra mucha capacidad de liderazgo, pero tiene una maravillosa capacidad de organización. Todo el movimiento gremial da testimonio de esto; lo mismo que los excelentes clubes de trabajadores –realmente una suerte de glorificado pub cooperativo, y espléndidamente organizados– que son tan comunes en Yorkshire. En muchas ciudades los NUWM tienen refugios y organizan charlas por oradores comunistas. Pero incluso en estos refugios los hombres que van allí no hacen nada excepto sentarse alrededor de la estufa y ocasionalmente jugar un partido de dominó. Si este movimiento pudiera combinarse con algo en la línea de los centros ocupacionales, sería más cercano a lo que se necesita. Es tremendo ver a un hombre diestro desintegrándose, año tras año, en completa y desesperanzada ociosidad. No debería ser imposible darle la ocasión de usar sus manos y hacer muebles y todo eso para su casa, sin convertirlo en un borrachín de cacao del YMCA. Bien podríamos enfrentar el hecho de que varios millones de hombres en Inglaterra no tendrán nunca –a menos que estalle otra guerra– un verdadero trabajo de este lado de la tumba. Una cosa que probablemente pueda hacerse y ciertamente debería hacerse como algo normal, es darle a cada hombre desempleado un lote de terreno y herramientas gratuitas si decide solicitarlos. Es una desgracia que hombres que se supone tienen que sobrevivir con el PAC no puedan ni siquiera tener la chance de cultivar verduras para sus familias.

Para estudiar el desempleo y sus efectos hay que ir a las regiones industriales. En el sur el desempleo existe, pero está diseminado y es extrañamente discreto. Hay muchos distritos rurales donde casi ni se oye hablar de un hombre sin trabajo, y uno no ve en ningún lado el espectáculo de bloques enteros de ciudades viviendo del subsidio por desempleo y del PAC. Es solo cuando uno se aloja en calles donde nadie tiene un trabajo, donde conseguir un trabajo parece casi tan probable como ser dueño de un aeroplano y mucho menos probable que ganar cincuenta libras en los Pronósticos de Fútbol, que uno empieza a comprender los cambios que se están operando en nuestra civilización. Porque se está  un cambio produciendo, no hay duda al respecto. La actitud de la clase trabajadora sumergida es profundamente diferente de lo que era hace siete u ocho años.

La primera vez que tomé conciencia del problema del desempleo fue en 1928. En ese entonces recién volvía de Birmania, donde el desempleo era solo una palabra, y yo me había ido a Birmania cuando todavía era un niño y el boom de la postguerra todavía no había terminado. La primera vez que vi de cerca hombres desempleados, lo que me horrorizó y me sorprendió fue descubrir que muchos de ellos estaban avergonzados de estar desempleados. Yo era muy ignorante, pero no tan ignorante como para imaginar que  cuando la pérdida de mercados externos expulsa dos millones de hombres de sus empleos, esos dos millones no son más culpables que las personas que sacan un empate en el Derby de Calcuta. Pero en ese entonces a nadie le importaba admitir que el desempleo era inevitable, porque esto significaba admitir que probablemente continuaría. Los de la clase media seguían hablando de esos ‘vagos haraganes que viven del subsidio de desempleo’ y diciendo que ‘todos estos hombres podían encontrar trabajo si lo quisieran’, y naturalmente estas opiniones se filtraron dentro de las mismas clases sociales. Recuerdo el shock de asombro que me produjo, la primera vez que me mezclé con vagabundos y mendigos, descubrir que una buena proporción, tal vez una cuarta parte, de estos seres que yo había sido enseñado para mirar como cínicos parásitos, eran jóvenes mineros decentes y obreros textiles mirando su destino con la misma suerte de mudo asombro de un animal en una trampa. Simplemente no podían entender lo que les estaba sucediendo. Habían sido criados para trabajar y, mire usted, y parecía como que nunca más iban a tener una chance de volver a trabajar. En esas circunstancias era inevitable, al principio, que estuviesen obsesionados por un sentimiento de degradación personal. Esa era la actitud respecto del desempleo en aquellos días: era un desastre que le sucedía a uno como individuo y del cual uno era el culpable.

Cuando un cuarto de millón de mineros están desempleados, es parte del estado de cosas que Alf Smith, un minero que vive en los callejones de Newcastle, esté sin trabajo. Alf Smith es simplemente uno del cuarto de millón, una unidad estadística. Pero ningún ser humano encuentra fácil verse como una unidad estadística. Siempre que Bert Jones, el vecino de enfrente, siga trabajando, Alf Smith está destinado a sentirse deshonrado y fracasado. De allí esa terrible sensación de impotencia y desesperación que es casi la peor perversidad del desempleo –mucho peor que cualquier dificultad, peor que la desmoralización de la ociosidad forzada, y solo menos mala que la degeneración física de los hijos de Alf Smith, nacidos en el PAC. Cualquiera que haya visto Amor desempleado[6] debe recordar ese terrible momento en que el pobre obrero, bueno y estúpido golpea la mesa y grita, ‘¡Oh Dios, mándame un trabajo!’ Esto no fue una exageración dramática, fue un toque de vida. Ese grito debió proferirse, casi con las mismas palabras, en decenas de miles, quizás en cientos de miles de hogares ingleses, durante los últimos quince años.

Esa es la verdadera cuestión: la gente está dejando de dar coces contra el aguijón[7]. Después de todo, incluso entre la clase media –sí, incluso en los clubes de bridge en las ciudades rurales– están empezando a darse cuenta de que existe tal cosa como el desempleo. El ‘Querida, yo no creo en todas estas tonterías del desempleo. Pero si justo la semana pasada buscábamos un hombre para desmalezar el jardín y simplemente no pudimos conseguir uno. No quieren trabajar, ¡eso es lo que pasa!’ que uno oía en cualquier mesa de decentes bebedoras de té cinco años atrás, se está volviendo perceptiblemente menos frecuente. Respecto de la clase trabajadora como tal, han crecido enormemente en conocimiento económico. Creo que el Daily Worker ha conseguido mucho aquí: su influencia está fuera de toda proporción con su circulación. Pero en todo caso les han refregado bien su lección, no solo porque el desempleo se ha extendido tanto sino porque ha durado tanto tiempo. Cuando la gente vive tanto tiempo del subsidio por desempleo se acostumbra a ello, y cobrar el subsidio, si bien sigue siendo desagradable, deja de ser vergonzoso. Entonces la vieja e independiente tradición del miedo a las tareas domésticas es socavada, tal como el viejo temor a las deudas es socavado por el sistema de alquiler con opción a compra. En los callejones de Wigan y Barnsley vi toda clase de privación, pero probablemente vi mucho menos miseria consciente de la que habría visto diez años antes. La gente de todos modos comprendió que el desempleo es una cosa que no pueden evitar. Ahora no es solamente Alf Smith el que no tiene empleo; Bert Jones tampoco tiene trabajo, y ambos han estado ‘afuera’ por años. Hay una gran diferencia cuando las cosas son iguales para todos.

De modo que tenemos poblaciones enteras aprestándose, por así decirlo, a vivir toda su vida del PAC. Y lo que creo que es admirable, quizás incluso esperanzador, es que se las han arreglado para hacerlo sin desintegrarse espiritualmente. Un trabajador no se desintegra bajo la tensión de la pobreza como lo hace una persona de clase media. Tomemos el ejemplo de que un trabajador no se hace problemas por casarse viviendo del subsidio por desempleo. Esto incomoda a las viejas damas de Brighton, pero es una prueba de su esencial sentido común; se dan cuenta de que perder su trabajo no significa que uno deja de ser un ser humano. Por lo que de alguna manera las cosas en las regiones de miseria no están tan mal como podrían estar. La vida sigue siendo bastante normal, más normal de lo que realmente uno tiene derecho a esperar. Las familias están empobrecidas, pero el sistema familiar no se ha roto. La gente efectivamente vive una versión reducida de sus vidas anteriores. En lugar de renegar contra el destino han vuelto tolerables sus vidas reduciendo sus estándares.

Pero no reducen necesariamente sus estándares eliminando lujos y concentrándose en necesidades; más a menudo es al revés –del modo más natural, si uno lo piensa. De allí que en una década de depresión sin precedentes, el consumo de lujos baratos se haya incrementado. Las dos cosas que probablemente han hecho la mayor diferencia han sido las películas y la producción masiva de ropas elegantes y baratas desde la guerra. El joven que deja la escuela a los catorce años y consigue un empleo informal está desempleado a los veinte, probablemente de por vida; pero por dos libras con diez por el sistema de alquiler con opción a compra puede comprarse un traje que, por un tiempo y desde corta distancia se ve como si hubiera sido hecho en Savile Row[8]. La muchacha puede verse a la moda por un precio incluso menor. Uno puede tener tres medio peniques en el bolsillo y ni la más mínima posibilidad, y solo el rincón de un húmedo dormitorio donde ir; pero con sus nuevas ropas uno puede pararse en la esquina, complaciéndose en su propio sueño despierto como si fuese Clark Gable o Greta Garbo, que lo compensa un montón. E incluso en casa, por lo general hay una taza de té siempre lista –una buena taza de té– y Padre, que ha estado sin trabajo desde 1929, es momentáneamente feliz porque tiene un dato seguro para la Cesarewitch.[9]

El comercio desde la guerra se ha tenido que ajustar para adecuarse a las demandas de personas mal pagadas y subalimentadas, con el resultado de que un lujo hoy en día es casi siempre más barato que una cosa necesaria. Un par de sólidos zapatos comunes cuesta tanto como dos pares ultra elegantes. Por el precio de una comida completa se puede comprar un kilo de caramelos baratos. No se puede comprar mucha carne por tres peniques, pero se puede comprar una buena cantidad de pescado y papas fritas. La leche cuesta tres peniques el medio litro e incluso una cerveza ‘ligera’ cuesta cuatro peniques, pero las aspirinas están en siete por un penique y se pueden exprimir cuarenta tazas de té de un paquete de ciento diez gramos. Y sobre todo está el juego; el más barato de todos los lujos. Incluso personas al borde de la inanición puede comprar unos días de esperanza (‘Algo por lo que vivir’, como le dicen) poniendo un penique en un sorteo. El juego organizado ha crecido hoy casi al estatus de una gran industria. Consideremos por ejemplo un fenómeno como los Pronósticos del Fútbol, con una facturación de alrededor de seis millones de libras al año, caso todo proveniente de los bolsillos de las personas de la clase trabajadora. Me tocó estar en Yorkshire cuando Hitler reocupó Renania. Hitler, Locarno, el Fascismo y la amenaza de guerra apenas si despertó un ínfimo interés localmente, pero la decisión de la Asociación de Fútbol de dejar de publicar sus fixtures por anticipado (este fue un intento de reprimir los Pronósticos del Fútbol) lanzó a toda Yorkshire en una tormenta de furia. Y después está el extraño espectáculo de la moderna ciencia eléctrica sembrando milagros sobre personas con los estómagos vacíos. Uno puede temblar toda la noche por falta de ropa de cama, pero a la mañana puede ir a la biblioteca pública y leer las noticias que le han sido telegrafiadas en su beneficio desde San Francisco y Singapur. Veinte millones de personas están subalimentadas pero literalmente todo el mundo en Inglaterra tiene una radio. Lo que hemos perdido en comida lo hemos ganado en electricidad. Sectores enteros de la clase trabajadora que han sido saqueados de todo lo que realmente necesitan son compensados, en parte, con lujos baratos que mitigan la superficie de la vida.

¿Es que usted considera todo esto deseable? No. Pero puede ser que el ajuste psicológico que evidentemente está haciendo la clase trabajadora es lo mejor que puede hacer dadas las circunstancias. No se han vuelto revolucionarias ni han perdido la dignidad; simplemente han mantenido el temple y se han puesto a hacer lo mejor que pueden en un estándar de pescado y papas fritas. La alternativa sería Dios sabe qué agonías continuas de desesperanza; o podrían ser intentos de insurrección que, en un país fuertemente gobernado como Inglaterra, solo puede llevar a inútiles masacres y un régimen de represión salvaje.

Por supuesto el desarrollo de postguerra de lujos baratos ha sido una cosa muy afortunada para nuestros gobernantes. Es bastante posible que entre el pescado y papas fritas, las medias de seda artificial, el salmón en lata, el chocolate barato (cinco barras de setenta gramos por seis peniques), las películas, la radio, el té fuerte y los Pronósticos del Fútbol, hayan evitado una revolución. Por eso cada tanto nos dicen que todo el asunto es una astuta maniobra de la clase gobernante –una especie de pan y circo– para contener a los desempleados. Lo que he visto en nuestra clase gobernante no me convence de que sean tan inteligentes. La cosa sucedió, pero por un proceso inconsciente –la interacción bastante natural entre la necesidad del fabricante de un mercado y la necesidad de un paliativo por parte de personas medio muertas de hambre.

 

[1] Por ejemplo, un censo reciente en las fábricas de algodón de Lancashire reveló el hecho de que más de 40.000 empleadas a tiempo completo reciben cada una por debajo de treinta chelines por semana. En Preston, para tomar solo una ciudad, el número de quienes reciben por encima de treinta chelines por semana era de 640 y el número de quienes reciben por debajo de treinta chelines era de 3.113.

[2] NdT: John Boyd Orr también conocido como Sir John Boyd Orr (Kilmaurs, Escocia, 1880 – Glasgow, Escocia, 1971) fue un biólogo y político escocés que fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1949 por sus estudios en el campo de la nutrición.

[3] El  Daily Worker fue un periódico editado en la ciudad de Nueva York por el Partido Comunista de los Estados Unidos.

[4] Asociación Cristiana de Jóvenes.

[5] Trabajadores Nacionales Desempleados.

[6] Love on the dole es una novela del escritor inglés Walter Greenwood, llevada al teatro.

[7] Cita bíblica, Hechos 26-14.

[8] Calle de Londres sinónimo de buenas sastrerías.

[9] Carrera de caballos.

Escribe Marcelo Zabaloy

Traductor aficionado y libros traducidos publicados por El cuenco de plata: Ulises y Finnegans Wake de James Joyce y El atentado de Sarajevo de Georges Perec

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2 Comentarios

  1. «La primera vez que vi de cerca hombres desempleados, lo que me horrorizó y me sorprendió fue descubrir que muchos de ellos estaban avergonzados de estar desempleados.

    (…) la semana pasada buscábamos un hombre para desmalezar el jardín y simplemente no pudimos conseguir uno. No quieren trabajar, ¡eso es lo que pasa!»

    Dos de cien frases en este capítulo del genial Orwell que pinta una Inglaterra cuyo modelo parece haberse extendido por todo el mundo.

    Gracias Marcelo Zabaloy por la traducción.

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