El Fantasma Verde 7

Compartimos dos nuevos capítulos de El fantasma verde, #novela canábica de Orlando Espósito, que tenemos el gusto de ir publicando de la mano de las ilustraciones de José Bejarano. En estos episodios se entremezclan las fantasías/averiguaciones sobre cómo se consiguen armas en el bajo mundo con un boceto de Pepe Mujica y el resultado de mezclar pastillas con pastelitos y vino – Los capítulos anteriores en este link.

Capítulo 13

¿Venís a comer? invitó Lena. Ni la oí llegar. ¿Cuándo habría vuelto? Enderecé la espalda y me desperecé. La búsqueda en internet había sido desalentadora. Lo único que confirmé fue que el mercado ilegal de armas era manejado por policías corruptos. Así decía la crónica: policías corruptos. Claro, los buenos no andan vendiendo armas a los chorros. Pero ¿cómo dar con uno malo?

¿Y la comida? Vamos a cenar con Doña Tota. Allá fuimos. Tortilla de papas y bifecitos a la criolla. Reina total de la cocina, sonreía segura de sus manjares. El otro que sonreía era Don Enzo. 

¿Escribiste mucho? preguntó Lena. La miré pero no vi ninguna sombra de burla en su cara. Y… varias horas. ¿Escribe? se interesó Don Enzo. ¿Qué escribe? El nene es novelista, dijo Doña Tota. ¿Escribe novelas? Bueno… trato. ¿Y escribió muchas? No… ninguna. Estoy intentando la primera.

Hice como que no veía el gesto de Don Enzo. Pensábamos lo mismo. La única diferencia era que él estaba convencido y yo todavía tenía esperanzas. Vagas, lejanas, perdidas en búsquedas sin fruto en internet, empantanadas en preguntas que se multiplicaban al infinito.

¿Y de qué trata, nene? ¿Se puede saber? Bueno, sí, es la historia de cuatro muchachos anarquistas que forman un grupo para ajusticiar políticos ladrones. ¿Anarquistas? Preguntó Don Enzo más interesado de lo que podría haber imaginado. ¿Cómo es eso?

Me explayé con el argumento como si lo tuviera muy claro. A medida que hablaba iba llenando algunos huecos y parecía cobrar consistencia. Lena cortaba los churrasquitos sin levantar la vista del plato. Supongo que dominada por la sorpresa.

Stá buono, se le escapó el acento a don Enzo. ¿Pero qué van a conseguir matando a cuatro ladri per anno? Bueno, lo que ellos esperan es que haya otros que los sigan, que los imiten. ¡Ah…!

¿Y ya tenés muchas páginas escritas, nene?

Capítulo 14

Lucas empezó a trabajar el frente del Yoruba ese mismo fin de semana. Eché una mirada al bosquejo: era el Pepe Mujica de medio cuerpo sosteniendo en la mano una macetita con una planta de cannabis apenas brotada.

Se acercaron vecinos a brindar ayuda. Algunos cebaban mate, otros pintaban los plenos siguiendo las instrucciones de los pintores. Salió una parrilla hecha con medio tambor al filo del cordón y arrancaron con el fuego. Unos trajeron chorizos, otros morcillas, algún trozo de carne, pollo, cerdo, choclos.

La euforia se contagiaba. Oí que hablaban de hacer jardines en los paños de césped de las veredas. Reclamaban que Lucas les indicara de qué color pintar los frentes con el fin de ir adelantando las bases para que ellos después hicieran el mural. Alguien dijo: Un barrio distinto, hagamos un barrio distinto.

En eso se arrimó un morocho de pelo cortito y bigote. Dos teléfonos en la mano, pinta de rati a morir. Tenía una mirada que parecía un ladrido. Algunos lo saludaron. Muy correcto el hijo de puta. Estuvo ahí un rato y se fue. 

Ese es comisario, dijo uno. Tiene la facha, tiene, dijo otro. Es el marido de Clara, la que está enferma hace tanto tiempo. ¿Sí? Pensé que podría llegar a pedirle una idea sobre cómo conseguir mi armamento. Pero de solo imaginarlo me temblaban las patas. No sabía si ensayaban la mirada cada mañana al afeitarse, pero era como si vieran en qué lugar del cuerpo te iban a aplicar la picana. 

Y pura picana había en los ojos del Chila cuando me tomó por el brazo –se le estaba haciendo costumbre agarrarme- y me llevó unos metros hacia la esquina, lejos de la gente. Mirá, flaquito de mierda, pará con la cocina porque te voy a romper los huesos. Chila, ¿qué decís? ¡Si no estoy vendiendo hierba! Curepí, ¿no te das cuenta de que dejan de fumar para comer esa basura? 

Justo se dio que venían cuatro o cinco vecinos y aproveché para rajar. El Chila me saludó con la mano en alto. Sonreía. Como un yacaré que ve pasar un lechón nadando en el río Paraná.

Volvía para casa cuando vi a Lena con el comebiblias. Iban en bici para Constituyentes. Esta se va a hacer mormona. ¿Los mormones son los polígamos? ¡Hola, nene! Saludó la Piru. Hola Piru, ¿cómo andás? Te andaba buscando. ¿Sí? Sí. Lucas, tu amigo, me quiere alquilar la piecita de la terraza ¿es de confianza? Es de primera, Piru, dale para adelante. A mí me cae bien el pibe, pero quería preguntarte… Dale pa frenchi, Piru. 

Y seguí caminando. Un arma podría estar en la casa de alguno de los cuatro. Un rifle del abuelo o del padre. Un arma de caza de un pariente. Ahí tenía una. Otra podía ser producto de un atraco a un cobani. Esperan a que vuelva del laburo y lo atracan mientras abre el portón del garaje y se alzan con la reglamentaria. Pero ¿cómo lo encaran, con una gomera?

Entré derecho a la compu y la encendí. Bajé de Cuevana un par de pelis de asesinatos y me las comí. Los yanquis la hacen fácil. El asesino recibe una valija con un palo verde. Toma un avión con un pasaporte que elige de entre veinte que tiene en una caja fuerte. Sube a una Ferrari, las llaves están en el parasol. Anteojos negros. Toca un timbre y abre un nerd. Casualmente, el nerd se dedica a fabricar armas de precisión. Le encarga una. Quince días. Tenés una semana y le larga cuatro o cinco fajos de dólares. Pasa a buscar un rifle de película. Funciona bien. Mata al nerd.

Así cualquiera hace una historia. Pero un tipo como yo, jefe de una asociación ilícita que vende bizcochos de THC, que la única guita que tengo es la de la indemnización, que está guardada en una lata de leche en polvo y no alcanza ni para una pistolita de aire comprimido, ¿cómo coño consigo lo primero que hace falta?

De Lena ni noticias. Mi primer objetivo va a ser Alex. Comí unas porciones de pizza del día anterior. Decidí definir los blancos. Describir las acciones me iría acercando.

Recordé un negociado con una central hidroeléctrica en Río Negro. Un negocio sucio en el que había tenido un papel destacado un ex gobernador. No estaría nada mal. Google. Escandaloso negociado en Salto Andersen. “El Departamento Provincial de Aguas…”. 

Golpean la puerta. ¡Nene! ¡Abrí! ¡Pronto! Era Doña Tota. Despeinada, apenas tapada con un camisón. ¿Qué pasa? Vení, Enzo se descompuso. ¡Está mal! 

De pasada por la cocina vi una fuente con bizcochos y una botella de vino. Me guió hasta el dormitorio. Sobre la cama, en calzoncillos, yacía don Enzo. Pálido, mal, para la mierda. ¿Qué pasa viejo?

Mirá, nene, estábamos nomás bien… ¿Mezclaron vino con las masitas? Bajó los ojos: Sí. Te dije que no mezclaran, Tota. Sí, pero fue un vasito. No pensé que pudiera caerle mal. Es la primera vez que… tomó una pastilla. ¿Qué pastilla Tota? Viagra. ¡La mierda! ¡Se mandaron de todo! ¿Tiene obra social? 

Doña Tota me alcanzó los pantalones. Miré en la billetera. Nada. Encontré las llaves. Corrí a la casa del gringo. Primera llave no abrió. Segunda. Entré. Busqué en la puerta de la heladera, en la mesa de luz,  sudaba pero sentía frío. Traté de serenarme. Volví a la heladera. Tampoco. Revisé toda la cocina. ¡El teléfono! Un imán. Servicio de emergencias. Llamé. Ocupado. Redial. Ocupado. ¡Emergencias! ¡Hola! Mire, hay un asociado que está mal… ¿Número del asociado? ¡No lo sé! Enzo… Enzo… ¡Lamberto! ¿Lamberti? ¡Lamberto!

Corro al “C”. Entro como una bala. ¿Cómo está? Igual. Bueno, ya vienen. Dijeron que en cinco minutos llegan. ¿Enzo, cómo estás?  Descomposto… il compressa…pressione. Ya vienen Enzito, ya vienen. Quedate tranquilo. Sono calmo, sono calmo. Calmati tu. Abbiamo combinato un bel casino.

Aparté a Tota y dije: Al médico vamos a tener que cantarle la justa, Tota. Sí, nene, te entiendo. Fue por mi culpa. ¡Estábamos tan contentos! Se va a arreglar Tota, no te preocupes.

Llegó una muchacha. Lo revisó, le tomó la presión. Lo auscultó. Tiene la presión baja, dijo. Sacó del maletín un comprimido y lo puso debajo de la lengua de Enzo. No lo trague, le dijo, deje que se disuelva en la boca. ¿Entendió? Enzo dijo que sí con la cabeza. ¿Qué pasó? Preguntó la médica. Estee… mirá. No sé cómo decirte. Más vale que me cuentes qué pasó para saber qué hacer. Sí, claro. Mirá, comió unos pastelitos hechos con THC y los mezcló con vino. Dos vasitos, doctora, terció Tota.  ¿Algo más? Y… un comprimido de Viagra.

La rubia no pudo reprimir una sonrisa. Miró la hora. Vamos a esperar unos minutos a ver cómo reacciona. No creo que sea serio. Lástima que se les arruinó la fiesta. ¿Un cafecito, doctora? Bueno, ¡gracias! 

A ver cómo está… Se acercó y lo tapó con la colcha. ¿Cómo se llama? Enzo, dijo Enzo. Pronto vas a estar mejor, Enzo, no es nada, no te asustes. Io non ho  paura… el viejo hizo un gesto con la mano. Estás un poco mareado, sí. Pero se te va a pasar pronto.

Tota sirvió café para la doctora y para mí. Quedé boquiabierto cuando dijo: ¿Quiere probar un bizcochito? ¡Seguro! Rió la muchacha. No me los voy a perder.

Escribe Orlando Espósito

Orlando Espósito nació en Banfield, provincia de Buenos Aires, en 1946. Es padre de cuatro hijos. Fue fotógrafo, librero, distribuidor de maquinaria para la industria gráfica y gerente comercial en empresas de desarrollo de software desde que esta industria dio los primeros pasos. Durante años se ocupó de la explotación de una granja ganadera situada cerca de Fuerte San Javier, en la Patagonia Norte. Viajero, apasionado por las letras desde su adolescencia, hoy vive en Buenos Aires y se dedica de lleno a escribir.

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Playlist

Compartimos un cuento del libro Piso Trece de Paola Escobar (Barnacle, 2024), ilustrado por José Bejarano.

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