Soluciones finales para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero en tiempos de pandemia. Los mayores también participan del debate, en este caso propone Orlando Espósito (75), ilustra Mariano Lucano (52).
Los viejos somos un lastre. Si fuéramos parte de una manada seríamos los primeros en caer presa de las hienas. Nos quedaríamos atrás, mirando cómo nuestra familia huye de la jauría mientras nosotros, los ancianos con asma, los cancerosos, los rengos y paralíticos -en suma, los sin fuerzas- serviríamos para pasto de las fieras que se hartarían de carne correosa (carne al fin) dejando a salvo a los más aptos en aras de la supervivencia de la especie.
Pero nuestra cultura obra en contra de la selección darwiniana. Los viejos, astutamente, hemos sabido transformarnos en objeto de respeto y cuidado para nuestros hijos y nietos –y agrego: bisnietos también-, y así, cada vez sostener a los ancianos se va haciendo una carga más y más pesada para las economías del mundo.
Hay cierta lógica en esto. Que uno muera a los noventa en lugar de morir a los setenta, como se acostumbraba en las buenas épocas, le cuesta cinco veces más a las arcas del estado o a los fondos de pensión. Un anciano que cobró mil dólares mensuales y murió a los setenta, costó sesenta mil dólares; en cambio, si muere a los noventa costará: ¡trescientos mil!
Seamos razonables: la selección natural puede y debe ser ayudada. No somos una manada de gacelas. Disponemos de la ciencia y la tecnología. En un siglo nuestra expectativa de vida pasó de treinta a más de setenta años. Vemos ancianos de ochenta o noventa caminando por las calles, comprando en los supermercados, gozando de sus jubilaciones, vacacionando, y cada peso que gastan es un peso menos disponible para la economía del país.
No queda duda, los viejos somos un lastre. Sobre todo en medio de la pandemia del coronavirus. Ocupamos hospitales, demandamos medicamentos, estorbamos en las filas de los cajeros automáticos, etc.
Pensemos en posibles soluciones por región teniendo en cuenta la base cultural:
Asia, sudeste asiático y regiones vecinas: Un domingo cada tanto se podría llamar a los viejos a concentrarse en las plazas para instarlos a que se practicaran el seppuku o harakiri. Luego habría que juntar los cadáveres con palas mecánicas para incinerarlos. Esta solución, claro, no va para el mundo occidental.
Europa: Aquí tienen una larga experiencia con hornos crematorios y cámaras de gas. Una solución rápida –y económica- sería recuperar estas prácticas. Claro que habría que asegurar un trato humanitario, fiestas de despedida por grupos y una última cena opípara o, al menos, abundante.
EE.UU.: Un político consagrado dijo que los abuelos debían sacrificarse para salvar a sus nietos. Este sacrificio no tiene por qué tener un costo –velorio, entierro y esas cosas-. Sugiero ver posibles aprovechamientos de la carne de los viejos. Con esta materia prima sería posible hacer harina con alto valor proteico. Este producto serviría como complemento de alimento balanceado para cerdos y aves. La familia del anciano podría engordarlo durante el último año de vida y entregarlo a la planta harinera por un buen valor mejorando así la economía familiar y el viejo, contento porque le permitirían comer de todo sin límites.
Estas opciones exigen definir (alguien tiene que hacerlo) cuál será la edad tope de vida. A tal fin, sugiero conformar un comité con personas sanas de cincuenta años que, obligadamente, debería renovarse anualmente. También habría que hacer un análisis de cómo las distintas discapacidades afectan la economía.
Sin duda, en poco tiempo tendríamos un mundo floreciente, lleno de posibilidades para los jóvenes emprendedores que podrían progresar según el esfuerzo y los méritos de cada uno.
Qué alegría de tener noticias tuyas, Orlando. Aunque sea a través de Colofón. Voy a discrepar con el contenido. Tengo tres años más y no voy a permitir que un pendejo como vos diga lo que tengo que hacer con la escasa vida que me queda y, menos aún, que otros, manejados por vos, hagan cosas conmigo que no sean de mi agrado. Los viejos no tenemos costo alguno. No almacenamos guita en el cajón para llevarla a la tercera nube a la izquierda sección 16 (bueno, en mi caso es el horno GXH403, segundo subsuelo). Todo lo que recibimos lo volvemos gastar. Si la sociedad comete la falacia de decir que nos mantiene, la retrucaré diciendo que apenas somos una cañería por donde se desliza el dinero, cuyo destino será el conjunto de la industria y el comercio de alimentos y bebidas (internacional, porque el whisky es escosés), los laboratorios medicinales y farmacias, la industria textil y sus locales de venta (consumimos muchas bufandas), la industria gráfica e internet que nos dedica avisos, los geriátricos, hospitales, sanatorios y guardias, la construcción que se ve motivada construir más viviendas, mientras nosotros nos negamos a salir de la nuestra, los cafés, restaurantes, bordeles, cines y sexshops donde buscamos nuestro merecido esparcimiento, las enfermeras y cuidadores y muchos más. Si vos nos querés liquidar a todos de un saque, ¡calculá la cantidad de gente que quedará sin laburo! Por lo menos será un uno por uno y probablemente más. Desde ya mucho más que por el Coronavirus. Además se desatará una ola de suicidios entre los treintañeros y los cuarentones, que se tendrán que enfrentar sólo con los hijos, sin la asistencia de los abuelos, algo para lo cual claramente no están capacitados.
Discrepo, pero igual te mando un gran abrazo
Erik Yardin Millord
Ironías con ciertas verdades. Toda crisis acarrea consigo un cambio que habrá que ver si se resolverá en favor de la humanidad o del capitalismo globalizado. ?Seremos víctimas de los mismos monstruos que hemos creado o seremos capaces de algún cambio en el sistema?
Me encanto el relato. Tiene una ironia casi brutal pero acuerdo y me identifico. Abrazo Orlando y segui escribiendo asi!
Bueno, la conclusión final, en mi entender, es que TODES o CASI TODES seremos viejos muy pronto: dentro de cinco años, o de veinticinco, treinta, cuarenta, setenta.
De este modo, todes estamos en entredicho.
Gracias, Orlando.
Olvidé sugerir que cada uno haga su propio cálculo.