En un ensayo sobre el grabador veneciano Piranesi, Marguerite Yourcenar dice: «los ojos y las manos de un pintor son más sabios que su cerebro». Es cierto. Hay algo mágico, lucífugo y a su vez luminoso, como un sol propio, como una llama inquieta y especial, como un nervio anónimo y escondido, como un helecho en el sotobosque, como una visión que es más aguda en la oscuridad, que inspira y conecta cual hilo invisible y eléctrico los ojos del artista con sus manos. Su mente es el motor, pero no dirige, y es que precisamente su inteligencia es diferente a la de los demás. El artista es como un insecto. Podríamos hablar de valentía, del coraje que posee para bucear en las profundidades del ser humano y de la vida mental, para bajar al sótano donde Bachelard ubicaba al misterioso inconsciente. Podríamos también decir que más inteligentes son las calculadoras y las máquinas que el artista, cuyo talento tiene más que ver con cierta magia que con la intelectualidad. Y acá es donde la etimología de magia (mach=poder) tiene total sentido. Piranesi, por ejemplo, parece ser un poderoso visionario, alguien que se sitúa en el medio y en la periferia, como Escher, como Goya, como Kafka, como cualquier otro que supo ubicarse siempre un poco más allá, un poco más afuera de la sociedad, para observarla un rato y luego, sin miedo, volver a caminar sus callejones, volver a encontrarse en sus calles sin salida, transitar sus túneles, besar sus escombros para entenderla, amarla y abominarla mejor, o, en palabras de Sergei Eisenstein, quién escribió un excelente ensayo sobre Piranesi, mago podría ser cualquiera que sufre «uno de esos saltos psíquicos que ‘de repente’, de modo inesperado e imprevisto, lo elevan por encima de sus semejantes, al nivel de un creador auténtico, capaz de hacer brotar de su alma imágenes de una potencia desconocida que inflaman con una fuerza inagotable el corazón de la humanidad». Y no es cualquier mago el que nos cuenta con las imágenes más espeluznantes y creativas la desesperación claustrofóbica de los infiernos sociales y mentales.
El negro cerebro de Piranesi, decía por algún lado Victor Hugo y decía, por algún lado, Marguerite Yourcenar, titulando su ensayo sobre el artista veneciano, supo defender su pasión. Adelantado al romanticismo del siglo XIX y al expresionismo del XX, Giovanni Battista Piranesi, nacido en 1720 en Venecia, estudió arquitectura, decorado, pintura y grabado, pero volcó todo su talento el último, para la contrariedad de los eruditos venecianos y romanos que esperaban de los mejores carreras más sofisticadas. La escritora belga, otra alma negra que citamos como si entráramos en ese laberinto fractalizado de la cultura donde ninguna escalera parece llevar al ascenso y toda salida no fuera más que otra entrada a un saber que ya se exploró hace rato, explica en su ensayo: «el grabado, en manos de Vasi y de otros tantos honrados fabricantes de estampas, no era más que un procedimiento económico y rápido de reproducción mecánica, para el cual un exceso de talento resultaba más peligroso que útil». Y más allá de esto, ¿qué imagen especular de la humanidad no sufrió desprecio por la misma humanidad? ¿No es siempre la verdad un peligro que amenaza con quitarnos el velo de los ojos?
Piranesi creó Carceri d’Invenzione entre 1743 y 1766, en tres versiones perfeccionadas y diferenciadas por un primer período de dos años y un segundo de casi veinte. El veneciano termina asimilando las ruinas romanas a los calabozos, y las escaleras sin fin, los pasadizos y las ventanas tapiadas a cualquier sueño, a cualquier deseo, a cualquier fracaso humano, a cualquier castigo. Si en cada detalle vemos una imagen, un significado o una alegoría, vamos más allá de una cuestión de época. Al ver las aguafuertes de las cárceles, sentimos que estamos intentando subir por esa misma escalera mecánica que bajamos cada día, en la salida del subte, en un shopping. La asociación que el artista hace entre las ruinas de la ciudad y las cárceles no puede ser casual. Para él, sin duda, las prisiones eran el mecanismo social para encerrar lo ruin, lo que la sociedad cree o necesita despojar, no volver a ver jamás, pero también hay cierta marca del delirio individual, un deseo de encontrar la salida a cierta neurosis ¿Mecanismos institucionales o psicología humana? Todo es posible en el universo fractal de la luz y la oscuridad.
Como ocurre con casi todas las obras de genio, los grabados de Piranesi, que sin dudas retoma Escher, perduran a pesar del tiempo. Eisenstein encuentra reflujos en las obras de Gleizes, Metzinger (geometría, espacio), Cézanne (relación con el objeto) y Picasso (éxtasis, patetismo, explosión del pathos, es decir, ya desaparecido el significante o el objeto, se mantiene el significado). Encontramos en ellos una posible explicación ilustrada, no tanto de la bella arqueología de un antiguo Imperio venido abajo, sino más bien de lo que nos ocurre una noche cualquiera, ya sea en pesadilla, alucinación o en un pasaje de la virtualidad a la realidad. Nos despertamos de un sueño y nos creemos libres hasta que salimos a la luz del día. Entonces, la felicidad deviene ilusión y nos despertamos otra vez dentro de otro sueño aún más oscuro. Goya ilustraba que el sueño de la razón produce monstruos y esos monstruos se transformaron en la propia arquitectura del sueño. Pero la vigilia no es tampoco una excepción. En las cárceles de Piranesi, no hay panóptico porque el panóptico está en cada uno.