Todos éramos hijos, de María Rosa Lojo y el devenir de una memoria sensible

María Rosa Lojo es doctora en Letras por la UBA y se desempeña como investigadora principal en el CONICET. Ha publicado numerosos libros, tanto en su rol de escritora como en el rol de investigadora. También se han publicado estudios sobre su obra. Una obra de carácter por momentos histórica, por momentos autobiográfica. Su novela Todos éramos hijos toma como punto de partida la adaptación de la obra de Arthur Miller, Todos eran mis hijos en una escuela secundaria de las afueras de Buenos Aires a comienzos de los años setenta.

El drama de Miller cuenta la historia de un hombre, un padre que vendió piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos. Este pasado oculto y fallido, acecha a una familia que sigue esperando el regreso de su hijo. El hijo no volverá. El hijo sabiendo qué hizo el padre optó por suicidarse en la guerra. El drama de Miller dialoga con la novela de MRL y dialoga con la historia del país. MRL anuncia en una pequeña introducción que si bien existe en la novela cierta reminiscencia verídica que excede a la construcción literaria, ella prefiere distanciarse del concepto de historia y vincularse con el de memoria.

Tanto MRL como Frik, la protagonista de Todos éramos hijos, son hijas de exiliados de la guerra civil española. La lengua de entrecasa es una lengua salpicada de condimentos foráneos y esta peculiaridad se vuelve cobijo de Frik. Ante la intermitencia frente a los demás, se sospecha alienígena y dentro de esta subjetiva recreación, dócil a la metáfora, MRL nos envuelve en una ilusión detallista de metódicos paralelismos. La sociedad se compone de partes defectuosas, son éstas las que desarrollan el mal pero como un todo inasible, concluye Arthur Miller mientras las reflexiones de Frik van procurando hilar una nueva lucidez.

La belleza: esa vibración, ese giro, era el hilo de seda que cosía los fragmentos del universo a la deriva, que reparaba la malla rota por donde se escapaba el sentido como el fogonazo del rayo al perforar la trama de las nubes.”

Todos éramos hijos. María Rosa Lojo

El combate interno de Frik contra una naturaleza íntima que se le hace esquiva, que navega corrientes que aparentan estar tan alejadas de lo vital, va surgiendo de diversas formas. Vivir mata y las formas de vida, como las formas de lucha no son siempre las mismas. Los que no vivimos aquellos años poco podemos decir, poco podemos entender. Lo que nos llega es el aspecto mítico, una especie de lección sobre las certezas y las pasiones. Al leer Todos éramos hijos somos testigos de una aproximación al dilema de una naturaleza frágil, que escucha un grito humano y desgarrador. Por momentos cercano, por momento distante pero que siempre trasciende una ideología y se reviste de una ausencia, una impotencia y un dolor. La vitalidad que la autora rezuma oxigena pétreos recovecos históricos que, si bien forman parte de la historia común, adquieren nuevas luces a través de su íntima reflexión.

Todos, todas, pasarían y morirían, pero ellos dos, Frik y Daniel, habrían perdido sus vidas por delicadeza, o habrían pasado sin vivir realmente, sin gastar, hasta el hueso, el tiempo que les correspondía, presos en el crepúsculo indeciso que prometía develarles una canción para otros inaudible”

Todos éramos hijos. María Rosa Lojo

Los sucesos que se narran desde la crisálida particular de Frik generan un escalofrío desalentador. Ella en un momento se siente demasiado débil, demasiado frágil, como en la palma de la mano de un simio gigante, King Kong. Esta sombra negra es parte de un sueño, de una pesadilla. Mientras, frente a sus ojos, esperanzas e ilusiones, componentes de una generación apasionada, representantes inequívocos de la necesidad de un cambio, se ven empapados por la cruda tormenta de la historia. Por momentos podremos vislumbrar algún que otro paralelismo contemporáneo, alguna similitud en las distorsiones conflictivas que la política puede ejercer entre vínculos fraternales. La cadencia de un devenir permeable puede imbuirnos en esta ilusión pero hay tempestades que se han sosegado. El maquillaje de las demagogias se ha corrido y, con un atenuado compromiso, afrontamos un presente siempre voluble, siempre peculiar.

Es la historia (…) La de los seres humanos. Luchamos contra el Padre Eterno y contra todos los padres derivados. No queremos el mundo que nos dejan. Y como Dios y como nuestros propios padres, de nuevo lo hacemos mal.”

Todos éramos hijos. María Rosa Lojo

Un relato que inquieta a la protagonista durante gran parte de la novela es la historia de Job, Job era un ganadero muy rico, con muchos hijos e hijas, amigos y amigas. Para Satán el amor a Dios de Job se debe a causa de las bendiciones y no porque realmente lo ame. Dios le permite a Satán poner a prueba este amor, siempre y cuando no lo mate. Satán hace sufrir a Job múltiples desgracias, destruye su ganado e incluso provoca la muerte de sus hijos. Job mantiene su fe por lo que pasa la prueba y todas sus bendiciones son restituidas. Esta historia plantea diversas problemáticas teológicas pero lo que más inquieta a Frik es la reacción de los amigos de Job quiénes infieren que, a medida que Job cae de desgracia en desgracia, algo habrá hecho.

 

Al comienzo de la novela, el drama de Arthur Miller es referenciado como ejemplo de cómo un mecanismo sociológico determina a los personajes o, al menos, a ciertas nociones sobre los mismos. La responsabilidad individual es sobrepasada por una idea de éxito que rápidamente se degrada por una consecuencia, por una concatenación de imprevistos que afectan directamente el núcleo de una familia. Frik es extrapolada, enajenada de estos condicionamientos sociales, por momentos por motus propio, por momentos resentida con su propia naturaleza. Como si el distanciarse de la historia, la hubiera distanciado de la vida. Una vida que se va volviendo cada vez más peligrosa, cada vez más asesina. Al observar lo paradójico de esta vitalidad encuentra un nuevo refugio, un refugio espiritual manifestado en la asociación con El juego de abalorios. La novela de Hermann Hesse en dónde una elite intelectual se aparta del devenir de la historia en un lugar llamado Castalia para desarrollar y dominar un juego de profunda complejidad.

El plano superior desde el cual, en efecto, la historia y la cultura se veían como un movimiento de contrastes, un flujo y reflujo de mareas, o el refugio en el cual los orgullosos (¿y cobardes?) castalios se ponían a salvo de ese vaivén, fascinante desde lejos, pero que arrastraba fatalmente a los mortales involucrados en él. También era el jardín de recreo donde fórmulas elegantes reproducían y combinaban objetos y contenidos culturales como una historia paralela salvada del desgaste y la aniquilación. Era una memoria universal que leía las huellas humanas en la mente de Dios.”

Todos éramos hijos. María Rosa Lojo

El mito griego de Cassandra cuenta que ella nació con el don de la adivinación pero, al rechazar al dios Apolo, éste la maldijo haciendo que nadie creyera sus vaticinios. Un juego similar se representa en la novela a partir del entorno adolescente. Cada pasión guiada por un tiempo de fuertes cambios se desarrolló omitiendo las lecciones de ese pequeño teatro de tragedias que representaron los personajes siendo jóvenes en la obra de Miller. La razón deviene algo ínfimo, sobre todo en el terreno de las emociones y el mundo pareciera cambiar una y otra vez para peor. Los destinos se irán consumiendo bajo el manto de un sigiloso y siniestro Deus Ex Machina, aquél que interpretó el Estado argentino a fines de los setenta.

El nebuloso tejido de las relaciones se ha difuminado, propagando sencillas ausencias, irremediables vacíos. King Kong se volvió un virus de oscuras e impredecibles asociaciones, una degradación irremediable de la existencia, una nueva y moderna sistematización del ocaso. La tragedia impregnó a quienes le dieron la espalda a la quimera íntima de sus afectos y las discusiones de antaño quedaron silenciadas. Mientras, el mundo de los padres, el mundo heredado, esa quiescente tentación, transita constante e imperturbable, los vacíos del presente.

Escribe Lucas Iranzi

Lucas Iranzi es egresado de la ENERC, escribió y dirigió tanto cortos de ficción como documentales. También guionó y produjo shows teatrales de escasa difusión. Tiene múltiples personalidades pero no partícipes de un desorden o, al menos, eso afirma él. Sin ir más lejos esto lo escribió él ¿Por qué usa la tercera persona? La verdad: No lo sé.

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