Un artista del sueño

Sebastián Trujillo y su particular prosa, en esta oportunidad, acompañada por la ilustración de José Bejarano.

El puente, casi borrado por un telón de fría niebla, colgaba sobre el lago de la ciudad. Iba a ser la noche. Las aves, plateadas, agujerearon las nubes colapsadas del firmamento. Luego desaparecían. Pero trazaban, en el aire, instantes de plumas flotando en espiral. Terminaban en el agua los recortes de alas. Y al caer ondulaban la faz del lago. Quedando solo la imponente certeza del mundo que habita y vuela en las alturas, entre rayos. Más allá.

El viento, manchado a pedazos del último azul de la jornada, agitó los cabellos rebeldes del artista del sueño. Había rasgado una cruz en cada mano. Y, apoyado en la balaustrada de hierro, soltó burbujas de sangre, fragmentos de piel. La navaja. Corrió a lo largo del puente. Y para siempre halló una salida. La visión de la ciudad levantaba sospechas de un reino de crueles mentiras resbalando en el precipicio. A las estrellas, sin embargo, ascendió, envuelto en una lagrima al revés, el sonido del sueño:                                                                     

«Lluvia»

En sus movimientos toda una manera de existir parecía desvanecida en el lado trasero de la eternidad.

***

Era un valle de arena serpenteante. El ocaso, pintando el horizonte de sepia, resplandecía en el cristal de las ventanas. En aquel desierto se alzaba la única casa alrededor. Similar a una arquitectura infantil dibujada en un papel. Tenía un techo de carpa rayada verticalmente. También una cortina en la fachada simulando una puerta. El valle se tinturaba de puntos níveos que chispeaban en un lienzo de infinita oscuridad. Porque el sol daba paso a la luna y las constelaciones.

El artista del sueño se sintió el hombre más solo de la Tierra. El último. Encendió un cigarrillo. Y en la punta del tabaco planearon moscas. Ellas ardieron en la ceniza. Atravesó la cortina y en el centro de la sala durmió, formando un triángulo con las piernas. En algún lugar del cielo las manos gigantes de un pianista descendieron para acariciar la carpa, visitarlo en medio de la rarísima nada. Hundía los dedos en las rayas como si fuera un teclado. Y una canción viajó en la atmosfera. Desde la yema de los dedos chorrearon estrellas, gotas sublimes. Pronto, el amanecer.

De necesidades moderadas. Sin hambre o libido. Por primera vez entendió que la mitad de su cuerpo pisaba otra dimensión. Una de naturaleza imperecedera. Hacia arriba lanzó un puñado de arena que se desintegró en diminutas partículas antes de volver al suelo.

Afuera el paisaje había mutado en un árbol, un jardín, hierbas en el desierto. Brillantes y repentinos. Eran manifestaciones propias del milagro de la vida. Insertando los dedos en el corazón, rozando el alma, extrajo una semilla con aspecto de diamante. Soñó despierto varias imágenes y, entonces, su magia las encarnó.

Sopló la semilla y apareció un pintor, el hombre que levitaba, dos animales de cada especie, personas amando lo que nunca pudieron, un poeta, Abel en las estrellas. Maquinas destrozadas. Él sonrió, exacto a la primera vez, atrás, en la lactancia. La centella rajó el cielo. El artista del sueño comenzó a bailar con una pequeña bailarina. En la lluvia de otro mundo humedeciendo la hermosa creación. Y vio Dios que era bueno.

Escribe Sebastian Trujillo

Sebastián Trujillo. Periodista nacido en el Caribe colombiano. 27 años. Ha escrito para la Revista Cinosargo, Chile. Revista Desbandada, Alemania. Revista Monolito, México. Revista Elipsis, Colombia.

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Playlist

Compartimos un cuento del libro Piso Trece de Paola Escobar (Barnacle, 2024), ilustrado por José Bejarano.

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