El Fantasma Verde 4

Doña Tota inicia la producción masiva de churros y pastelitos con manteca verde y el barrio comienza a cambiar. La gente está más alegre, desaparecen los dolores de huesos en los viejos y todos lucen una sonrisa nueva, contentos de estar vivos… Colofón entrega los capítulos 7 y 8 para que le des una calada (a la novela, claro). Escribe Orlando Espósito e ilustra de José Bejarano – Los capítulos anteriores en este link.

Capítulo 7

Doña Tota canturreaba mientras freía los churros. “El pañuelito blanco, que te ofrecí, bordado con mi pelo…” Entre las dos habían decidido los precios de venta de seis productos. Precios promocionales, dijo Lena. Pensé que sí, que iban a ser promocionales hasta que el barrio completo se hiciera fumón. Íbamos a ser el cártel de la calle Aizpurúa de Villa Urquiza.

Golpearon. Fijate quién es, nene. Desde el día anterior sospechaba que Doña Tota iba invitando a los vecinos a probar sus delikatessen. Juro que abrí con miedo. Quedé helado.

¿Se estar Doña Totta? preguntó uno de los dos rubios con traje azul, camisa blanca y mochila. ¡Los mormones! Sí, sí, está. Pero ahora está ocupada… ¡No! Nene, hacelos pasar. Son los chicos de la iglesia. Vienen a charlar un rato.

Y claro que eran lo chicos de la iglesia de Le Bretón. Me tiré a un costado y entraron los yanquis pidiendo permiso, muy respetuosos. Pelito cortado a lo Afganistán. ¡Cómo estar Doña Totta? Cambiaron saludos con Lena que lucía muy sonriente. Yo me quería rajar antes de que pelaran las biblias.

Ustedes no toman mate, ¿no? ¿Prefieren un té o un café? Agua, gracias, dijo el que llevaba la voz cantante. Agua te va a hacer falta, sí. ¡Qué vieja diabla esta Tota! Ahora mismo van a probar un churro. Es una golosina muy argentina. ¿Golosina? Una torta, un pastel. ¡Ouh..!, pastel. Viene de España pero acá son como un plato típico.

¿Chu… churos? ¡Churrrros…! rió Lena. ¿Churoooos? Y ahí fue la Tota directo al centro de la mesa con un plato de churros dorados, nevados de azúcar por los cuatro costados. ¡Coman, coman, a ver si les gusta!

Bueno… nosotros queremos hablar con ustedes… traemos mensaje ¿sí? Primero coman y después hablamos. Coman sin vergüenza, dijo la Tota haciéndome un guiño; no se la iba a perder.

Y empezaron a comer. Entre las dos los enroscaron con mil preguntas. Que de dónde eran, que cuánto tiempo hacía que estaban acá, que si les gustaba el barrio, que si eran casados, si tenían hijos, si pensaban volver a yanquilandia. Y los rubiales fueron contestando cada vez más distendidos, contentos de la hospitalidad que recibían.

Digo yo, dijo Doña Tota, no se ofendan por lo que voy a preguntar, pero ¿no se cansan nunca de andar tocando timbres por el barrio? Yo era capaz de calcular con bastante exactitud el tiempo que tardaba el bizcocho en dar el cohetazo. Claro que como la Tota ponía hierba a su criterio, nunca se podía estar seguro del efecto.

Uno, el callado, acusó el impacto bastante rápido. El otro tardó un churro más. No sé si estaban viendo a Jesucristo o qué veían, pero empezaron a abrir los ojos y a sonreír. Se quitaron los sacos y aflojaron los nudos de las corbatas. El que hablaba, manoteaba la mochila cada tanto como si recordara que había venido a ministrar, pero la mano no le respondía o se olvidaba en el camino. Empezaron las carcajadas.

Creí ver que Lena escuchaba con demasiado interés lo que decía el rubiales, pero tal vez fuera un poco por mi paranoia, por el hecho de estar de afuera y ser de palo o por no haber probado ni un bocado siquiera. Y también, por un poco de bronca por tanto bañarme y prepararme para escribir y que todo hubiera sido al dope.

De remache entró la Piru a los gritos, justo a tiempo para manotear el último que quedaba. ¿Y a mí qué mierda me importa que sean mormones? pensé, que le den  nomás, como Pacheco a las tortas. ¡Quién habrá sido Pacheco? Cuando salí se filtró el Colita, pero esta vez llegaba tarde.

Capítulo 8

Un barrio es una aldea. Muchos vecinos crecieron ahí. Los viejos fueron pibes en las mismas calles. Cada tanto despunta algún mamotreto de cemento, la antigua carbonería se transformó en cancha de paddle y el lugar donde estaba la vinería con los toneles goteando sobre cazos de zinc fue ocupado por un negocio de comida para perros. Pero la aldea persiste.

Todavía salen los vecinos por la tarde a tomar mate a la vereda. Los pendejos son custodiados por la comunidad. No hay quién no riegue las macetas de alguien que se fue de viaje. Siempre hay uno que tiene las llaves de la casa de otro. Los PH son los bastiones, los núcleos duros.

Cuando hay una única casa en un terreno, cede tarde o temprano a la topadora. La remplaza un edificio o una nueva, con techo de tejas y ventanas de vidrio repartido, enrejada, luces automáticas, cámaras y alarmas. Pero los que van a vivir allí no son vecinos. Nunca tendrán la llave de nadie ni confiarán la de su jaula de oro a nadie. Están, pero no son.

Nosotros fuimos adoptados. Primero vine yo, que compré -con lo que me tocó de la venta de la casita de mis viejos- la unidad “D” de la calle Aizpurúa. Años después vino Lena. Alcanza con no rehuir la mirada o el saludo para que te abran los brazos.

Claro que en el barrio hay abrazos, dráculas, pulpos succionadores y otras yerbas. Hay odio entre medianeras. Rencillas que nunca cesan; la que dejó de saludar al carnicero porque hace veintisiete años le vendió un matambre abombado; el viejo que no devuelve la pelota; ese que andaba rompiendo los vidrios con la gomera y se recibió de contador…

Pero a nosotros nos prohijaron. Alegramos la vida a Doña Tota con la música fuerte y los asados de largas sobremesas, Lena conquistó a Juana, la paraguaya, cuando le regaló el lavarropas viejo. Yo le ponía la oreja a Don Enzo cuando veía que tenía ganas de hablar y compartíamos el umbral mientras el Colita hacía su numerito para que le rascara la panza.

Después vinieron los demás. Celia, la del quiosco, la Piru y los otros. Y nosotros, sin darnos cuenta, sin intenciones pero con esa fatalidad propia de las cosas, soltamos el fantasma verde y lo largamos a recorrer el barrio.

Escribe Orlando Espósito

Orlando Espósito nació en Banfield, provincia de Buenos Aires, en 1946. Es padre de cuatro hijos. Fue fotógrafo, librero, distribuidor de maquinaria para la industria gráfica y gerente comercial en empresas de desarrollo de software desde que esta industria dio los primeros pasos. Durante años se ocupó de la explotación de una granja ganadera situada cerca de Fuerte San Javier, en la Patagonia Norte. Viajero, apasionado por las letras desde su adolescencia, hoy vive en Buenos Aires y se dedica de lleno a escribir.

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Exordio escrito por Anahí Almasia, Lucas Iranzi y Orlando Esposito al Odiseo de Marcelo Zabaloy

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