La Sombra

Les compartimos un cuento de Lupita Cortés con ilustración de José Bejarano para la sección Istmo.

El sol de la tarde cae despreocupadamente sobre el patio escolar. El hervidero de voces se ha ido apagando y sólo queda uno que otro que permanece en su asiento  y con la cara metida en alguna red social. En el rezago podría decirse que está ella, aunque en realidad no es así del todo. Está en una banca, sola, con la mochila a los pies. Parece que la dejaron allí, igual que se olvida un objeto.

Lleva la camisa del uniforme abotonada hasta el cuello y esa falda corta que las manos estiran permanentemente sobre las piernas. Fueron esas manos de uñas cortas las que peinaron el cabello en una coleta tensa sobre la nuca; una que al liberarse del fijador y las ligas se convierte en aquellas ondulaciones tímidas que caen por la espalda.

Parece absorta hasta que el sonido de los pasos le hace levantar la barbilla y dirigir el rostro hacía allá. Los pasos firmes y graves han salido de cualquier parte y, ahora, se detienen al centro del patio. Ese estar silencioso, sin declaración de intenciones, la inquieta. Endereza la espalda, mantiene la barbilla arriba y las manos intentan obligar a la falda para que cubra un poco más. Si fuera la chica en quien se ha convertido, sabría que hace su cara de alerta: la boca recta, el ceño fruncido y los ojos bien abiertos, intentando enfocar. Ser ciega no quita el derecho a observar con intensidad. En este momento se sabe acechada y medida sin permiso; en medio de otro de esos juegos de miradas que lo dicen todo, pero a los que es ajena.

No sabe todavía si debería tener miedo, aun así, se ha puesto a sudar y sus latidos quieren romperle el pecho. A continuación, suceden dos cosas igual de irrelevantes para quien no sea ella: toma la mochila que descansa a sus pies y rebusca dentro con demasiada rapidez como para ser un gesto genuino. Los pasos se han puesto en marcha y se acercan. Quien camina tiene la ventaja de ver y controlar. Una sombra se recorta contra el suelo formando la única barrera entre ambos. No se presenta. Sin el menor cuidado le arrebata la mochila para tirarla a un lado y se apodera de una de sus manos. Ella apenas tiene tiempo para sorprenderse antes de sentir que su mano ya no le pertenece. Unos callos raspan su muñeca, pasan entre cada dedo, juegan con las gotas de sudor entre las líneas de su palma y suben al dorso para raspar las venas. A excepción del temblor de los labios, ella se ha quedado inmóvil.

Por supuesto que no sabe quién es. Podría empezar por recuperar la intimidad de su mano, gritar fuerte para que los otros rezagados volteen… El problema es que, de un tiempo para acá, le da más vergüenza ser tan diferente. Tan diferente y tan patética. Tener que preguntar las cosas más obvias, las cosas que otros ven a la primera y dan por hecho, la hace enrojecer. La vergüenza de ser ciega la ha vuelto vulnerable: un blanco perfecto.

No sabe si se trata de una broma o de una prueba para saber a quién identifica y a quién no. Si se trata del derecho que tienen los demás a mirarla y tocarla sin permiso. Si es una broma y ella grita, sería ridículo y se sentiría humillada cada vez que le recordaran su hazaña entre risas.

Aprieta los dientes para dominar el temblor de los labios. Espera a que le regresen su mano y lo hacen, pero no de inmediato. Los callos han sido reemplazados por unos labios que por ahora se contentan con depositar un beso en la palma. Luego, su mano cae muerta con un golpe sordo. Justo cuando piensa que el brazo entero vuelve a ser suyo, esos labios le susurran al oído un bajo y distorsionado “Hasta mañana”. La sombra huele a humo de cigarro y se desliza, ligera, sobre el cemento. El andar de los pasos se pierde en el centro del miedo que le aplasta el pecho.

Dentro de la mochila, el teléfono se pone a sonar burlonamente a destiempo: han llegado por ella y la esperan en la puerta. Mientras se dirige hacia allá, restriega con asco la palma de su mano contra la falda. Camina con las mejillas rojas porque de seguro el ruido metálico del bastón ha hecho que los otros rezagados, tan pasivos antes, ahora sí le dirijan la mirada. La opresión del pecho vuelve y vuelve el apretar los dientes para no contraer la cara y echarse a llorar. El ruido de la calle que se aproxima y el humo de cigarro que vigila la puerta es cada vez más intenso

Escribe Lupita Cortés

La autora es socióloga y escribe desde su particular manera de no-ver el mundo. Ganadora del Premio de Excelencia a la Movilidad Internacional, 2021, otorgado por la Universidad de Granada, España, con el cuento “Cariño”. Galardonada con el tercer lugar en el III Certamen Literario Internacional Tifloletras, 2021, otorgado por el Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala con el cuento “Cosas del Diablo”. Publicada en la Revista Sinfín, No. 40, Nov-2021, con el cuento “Entre las milpas”. Publicada en la Antología Breve Escrita por Mujeres, colección Pupa, Crisálida Ediciones, 2020-21, con el cuento “¿Ya ves que así es mejor, mi niña?”

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3 Comentarios

  1. Sonia Luisa Scotti

    Este cuento me impacto, por que transmite el miedo del que no puede ver , a quien supone un agresor, con mucha intensidad, en la angustia de sus limitaciones, y no obstante se resigna, quizas a enfrentar en un futuro.

    • Hola Sonia, gracias por leer. Me alegra que te haya gustado. Que interesante, yo no había visto necesaria mente lo de la resignación. Saludos.

  2. Tu cuento me ha impactado. Tan corto y tan lleno de «imágenes» que solo quién lo vive lo puede retratar con esta vulnerabilidad. Gracias por compartirlo. Gracias por darle voz a estos personajes.

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