Segundo episodio de la traducción especial de Marcelo Zabaloy del Ulises de James Joyce. Seguimos navegando esta otra travesía y su singular lengua. Ilustración de Mariano Lucano.
Pueden encontrar el primer capítulo en este link.
–Usted, Cochrene, ¿qué urbe lo solicitó?
–Terento, señor.
–Muy bien. ¿Y entonces?
–Hubo un conflicto bélico, señor.
–Muy bien. ¿Dónde?
El rostro desierto del pequeño interrogó los ventiluces.
Cuentos urdidos por los retoños femeninos de los recuerdos. Pero de un modo u otro existió si bien pudo ser diferente de lo urdido por el recuerdo. Un dicho, de inquietud, entonces, un sordo revoloteo de los élitros del exceso de Bleik. Oigo el derrumbe de todo tipo de extensión, vidrio molido y desplome de muros, y el tiempo: lívido fuego del fin. ¿Qué tenemos, entonces?
–No recuerdo el sitio, señor. En el 279 previo de Cristo.
–Piceno –dijo Stephen, después que espió el nombre y los números en el libro mugriento.
–Sí, señor. Y dijo: Otro triunfo como ese y tendremos que rendirnos.
El mundo siempre recordó ese dicho. Un insípido sosiego del espíritu. Desde un monte que se yergue sobre el terreno repleto de cuerpos, un rey sosteniendo su rejón dirige un discurso en medio de sus súbditos. Un rey indistinto, entre no menos indistintos súbditos. Ellos lo oyen.
–Usted, Ermstrong –dijo Stephen–. ¿Cómo fue el fin de Pirro?
–¿El fin de Pirro, señor?
–Yo lo sé, señor. Pregúnteme, señor –dijo Comyn.
–Espere. Usted, Ermstrong. ¿Qué puede decirme de Pirro?
En el estuche de Ermstrong vio un envoltorio con dulces de higo. Con ritmo discontinuo los giró entre los dedos y los ingirió sereno. Un corpúsculo se le pegoteó en el borde superior del mentón. El soplo dulzón de un niño. Gente de dinero, orgullosos de que su primogénito estuviese en un buque. Vico Rd., Dolkey.
–¿Pirro, señor? Pirro es un píer[1].
Todos rieron. Reír de crueles chillidos sin regocijo. Ermstrong miró en derredor los rostros de sus condiscípulos, el perfil sonriente de un bobo. En un segundo los oiré reír bulliciosos, seguros de mi nulo rigor y del dinero que ponen sus progenitores todos los meses.
–Entonces explíqueme –prosiguió Stephen, con un ligero toque del libro sobre su hombro– qué es un píer.
–Un puerto, señor –dijo Ermstrong–. Un objeto extenso sobre el ponto. Como si fuese un puente. Kingstown pier, señor.
Un grupo rio de nuevo: sin regocijo, pero con gusto. Se oyeron los cuchicheos de otros dos en el pupitre del fondo. Sí. Ellos entienden: sin que en ningún momento se les enseñe y sin ser ni un poco inocentes. Todos. Observó envidioso sus rostros: Edith, Ethel, Gerty, Lily. Sus gustos; lo mismo con sus soplos, con ese gusto dulce de té y confites; mujeres cuyos perifollos son el eco de su reír en sus fogosos idilios.
–Kingstown pier –dijo Stephen–. Sí, un puente lleno de desilusiones.[2]
Lo dicho perturbó sus expresiones.
–¿Cómo, señor? –preguntó Comyn–. Un puente supone siempre el cruce de un río.
Heines[3] puede incluirlo en su folletín. Ninguno me oye en este sitio. Sutilmente, hoy de noche, entre coloquios y excesos etílicos, rompiendo el lustroso revestimiento de su mente. ¿Entonces qué? Un bufón en el cortejo de su señor, consentido y cubierto de menosprecio, consiguiendo el elogio de un señor clemente. ¿Por qué todos eligieron ese rol? No sólo por los mimos sutiles. En ellos lo histórico siempre fue un cuento, como muchos otros, oído miles de veces: su suelo un negocio de empeños.
¿Y si Pirro no hubiese muerto en Koutsopodi por un trozo de techo que le tiró un vejestorio o Julio Céser[4] no hubiese sido hendido por los cuchillos? El olvido no puede cubrirlos. El tiempo los imprimió con su rojo hierro y los engrilló: sufren el encierro en los presidios de los infinitos objetivos posibles que uno y otro desechó. ¿Pero pudo ser posible lo que en ningún momento fue? ¿O bien sólo es posible lo que se volvió pretérito? Teje, tejedor del viento.
–Cuéntenos un cuento, señor.
–Oh, sí, señor. Uno de esos cuentos de espectros.
–¿Por dónde seguimos? –preguntó Stephen, leyendo otro libro.
–No lloréis… –dijo Comyn.
–Continúe entonces, Telbot.
–¿Y el cuento, señor?
–Después –dijo Stephen–. Lo escucho, Telbot.
Un niño moreno entornó un libro y lo puso decidido sobre el soporte del pupitre. Recitó unos versos interrumpidos siguiendo el texto con un ojo furtivo:
No lloréis, doloridos custodios de mi grey, no lloréis,
que Lycides, vuestro vivo dolor, no murió,
por hundido que esté en su líquido lecho…
Entonces es preciso un corrimiento, un universo de lo posible como posible. El proverbio del Filósofo[5] de Occidente revivió en medio del cotorreo de los versos y flotó por el estudioso silencio del repositorio de libros de St. Geneviève donde él leyó, noches y noches, protegido de los vicios de Boul’Mich. En un pupitre vecino un vietcong debilucho estudió un léxico bélico-logístico. Cerebros bien nutridos y nutriéndose en mi entorno, so los brillos de focos refulgentes, en espetos, con incipientes mogotes temblorosos; y en lo oscuro de mi mente un perezoso del submundo, esquivo del relumbre, perdiendo sus polvorientos pliegues de reptil monstruoso. El silogismo es el silogismo del silogismo. Dulce lucidez. El espíritu es de un modo u otro todo lo que es; el espíritu es el molde de moldes. Súbito sosiego, extenso, refulgente; molde de moldes.
Telbot repitió:
–Por el querido poder de Él, que se posó en el ponto,
por el querido poder…
–Siguiente –dijo Stephen sereno–. No veo.
–¿Qué, señor? –preguntó un Telbot ingenuo, extendiendo el cuello.
Su dedo exploró el folio siguiente. Se enderezó y recomenzó, desde el oportuno recuerdo. De Él, que se posó en el ponto. Incluso en este sitio, sobre estos pechos medrosos, se extiende su perfil; y sobre el pecho y los morros del burlón y sobre los míos. Se posó sobre los rostros nerviosos de quienes le ofrecieron el dinero del tributo. Lo que es del Imperio, es del Imperio, de Dios, lo que es de Dios. Unos ojos oscuros se sostuvieron sobre él, un rezo misterioso que tejen y destejen los urdidores del templo. Sí.
Logogrifo misterioso, que ninguno develó,
pidiéndome que siembre, mi progenitor simiente me entregó.
Telbot cerró su libro y lo metió en el bolso.
–No quedó ninguno sin que lo interrogue, ¿cierto? –preguntó Stephen.
–Sí, señor. Diez menos uno. Tenemos hockey.
–El recreo, señor. Es jueves.
–¿Quién puede resolver un logogrifo? –preguntó Stephen.
Corrieron los libros. Repiqueteo de biromes, susurro de folios. Se reunieron tumultuosos ciñendo los cordones y oprimiendo los broches de sus bolsos, en un cuchicheo lleno de contento:
–¿Un logogrifo, señor? Yo, señor.
–Oh, yo, señor.
–Uno difícil, señor.
–Este es el logogrifo –dijo Stephen.
El pollo cocoricó,
y el éter se hizo celeste,
un bordón en pleno vuelo
once veces repicó,
pobre espíritu, le dijo,
el cielo te requirió.
–¿Qué es eso?
–¿Qué, señor?
–De nuevo, señor. No lo oímos bien.
Sus ojos crecieron en redondez oyéndolo repetir los versos. Luego de un silencio Cochrene dijo:
–¿Qué es, señor? Nos rendimos.
Stephen, con escozor de glotis, respondió:
–Un zorro viejo que su chozno sepultó so un roble vigoroso.
Se puso de pie y profirió un reír nervioso que los gritos de los niños le devolvieron en un eco de confusión.
Un objeto sólido golpeó el postigo y un tono imperioso los requirió desde el corredor.
–¡Hockey!
De repente se fueron corriendo entre los pupitres, eludiéndolos con brincos. En un segundo se hicieron humo y desde los vestidores se oyó el choque de los leños y el repiqueteo de sus botines y sus voces.
Sergent, el único que se quedó, fue en su dirección con lentitud, exhibiendo su libro de ejercicios. Sus pelos revueltos y su cuello esquelético dieron testimonio de cierto titubeo y por sus lentes brumosos sus ojos débiles subieron como un ruego. En su moflete, deslucido y enfermizo, se vio un tenue borrón de tinte verdoso como un fruto del olivo, fresco y húmedo como el viscoso hilo de un molusco.
Tomó el libro. En el tope el título “Cómputos”. En los renglones siguientes unos números desprolijos y en el pie unos signos tortuosos con vínculos difusos y un borrón. Cyril Sergent, su nombre y sello.
–Mr. Doisy me pidió que los copie de nuevo –dijo–, y que usted los revise, señor.
Stephen tocó los bordes del libro. Pequeñeces.
–¿Entonces entiende cómo se resuelven? –preguntó.
–Números entre once y quince –respondió Sergent–. Mr. Doisy dijo que los copie del frente, señor.
–¿Puede resolverlos solo? –interrogó Stephen.
–No, señor.
Feo e inútil: cuello esquelético y rulos y un borrón verde, un hilo de molusco. Y de todos modos tuvo un ser que lo quiso, meciéndolo en su vientre y en su pecho. Si no hubiese sido por su protección el resto del mundo lo hubiese oprimido con sus pies, un muelle molusco deshecho. El ser que lo engendró veneró su débil humor semilíquido producto del suyo propio. ¿Entonces eso es lo concreto? ¿Lo único cierto en el mundo? Sobre el cuerpo del ser que lo engendró tendido en el suelo el fogoso Colombonus con divino celo pisoteó. Su ser dejó de ser: el tembloroso esqueleto de un tronco ceniciento, un olor de leños con flores y rescoldos húmedos. Impidió que lo pisoteen y lo revienten y se fue, después de un breve existir. Un pobre espíritu requerido con repiques desde el cielo; y en un roble so luceros temblorosos un zorro, rojo roñoso de restos podridos en su pelo, con sus crueles ojos refulgentes hundiendo sus pesuños en el suelo, oyendo, hoyó en el polvo, oyendo, hoyó y hoyó[6].
Codo con codo en su pupitre, Stephen resolvió el ejercicio. Demuestre por medio de números y signos que el espectro del Rey de los Sonetos es el progenitor del progenitor del príncipe noruego[7]. Sergent espió con un ojo furtivo por entre los vidrios de sus lentes torcidos. Los leños de hockey se embistieron en el vestidor; el golpe hueco de un bochín y los gritos desde el terreno de juego.
En los renglones del libro, los símbolos se movieron en un morrice severo, ficciones de símbolos revestidos de insólitos bonetes de dobles duplos y cubos. Dense los dedos, giren, inclínense en frente del condiscípulo; eso; genios perversos del ingenio de los moros. Ellos mismos en el exilio del mundo, Overroes y Moisés Moimónides[8], hombres sombríos en rostro y gesto, en cuyos espejos burlones refulge el oscuro espíritu del mundo, tenebroso brillo de un fulgor que el fulgor mismo no hubiese podido concebir.
–¿Comprende entonces? ¿Puede resolver el segundo usted solo?
–Sí, señor.
Con signos extensos y sombríos, Sergent copió los números. Siempre pendiente de un poco de socorro sus dedos movieron fielmente los símbolos veleidosos; un tenue rubor revoloteó en su piel sin brillo. Efusivo sentimiento del ser que lo engendró: genitivo subjetivo y objetivo. Con su humor débil y un cítrico suero lechoso lo nutrió y ocultó sus lienzos de los ojos de los otros.
Yo fui como él; esos hombros hundidos, ese gesto insípido. Mi niñez se me sentó codo con codo. Muy lejos. Imposible que los extremos de mis dedos rocen su recuerdo. Mi niñez vive en un tiempo remoto y su niñez es un secreto como lo son nuestros ojos. Secretos, silenciosos, nidos rocosos en los oscuros fuertes de nuestros respectivos pechos; secretos rendidos de su propio despotismo: reyezuelos que exigen ser removidos.
El ejercicio quedó resuelto.
–Es muy simple –dijo Stephen irguiéndose.
–Sí, señor. Muy gentil –respondió Sergent.
Secó los renglones con el recorte de un fino pliego sorbedor y repuso el libro sobre el pupitre.
–Mejor junte sus elementos; su equipo lo requiere –dijo Stephen siguiendo el perfil insípido del jovencito yéndose por el corredor.
–Sí, señor.
En el porche se oyó su nombre, requerido desde el terreno de juego.
–¡Sergent!
–No se demore –dijo Stephen–. Mr. Doisy lo requiere.
Se detuvo en el porche y lo observó correr en dirección del terreno desprolijo donde escuchó unos chillidos belicosos. Los dividieron en equipos y Mr. Doisy, volviendo, pisoteó con los cobertores de cuero de sus botines los dispersos mechones de césped. Ni bien pisó el terreno de juego el vocerío de un conflicto lo solicitó. Su severo bigote níveo se enfrentó con el grupo.
–Bueno, ¿qué sucede? –repitió sin detenerse y sin oír.
–Cochrene y Hollidey se pusieron en el mismo equipo, señor –gritó Stephen.
–¿Puede verme en un momento en mi estudio? –dijo Mr. Doisy–. Tengo que reponer el orden entre estos jóvenes.
Y volviendo en dirección del terreno de juego su voz de viejo rezongón gritó vehemente:
–¿Qué sucede? ¿Por qué siguen discutiendo?
El coro de sus voces estridentes lo interpeló desde todos los rincones; sus perfiles distintos le tendieron un cerco en derredor, el potente brillo del sol decoloró el tono miel de su tiesto desteñido.
Un tufo de encierro y humo se mezcló en el estudio con el olor del cuero ocre y deslucido de los sillones. Como el primer encuentro en que negoció conmigo. Como fue desde el principio, hoy y siempre. El recipiente con los níqueles de los descendientes de Robert II[9] en el mueble, mísero tesoro. Y muy cómodos en su mullido estuche purpúreo, descolorido, los doce discípulos que difundieron el credo entre los gentiles: por los siglos de los siglos, en fin.[10]
Presurosos pies sobre el cemento del pórtico y el corredor. Con vivos soplidos sobre su bigote fino, Mr. Doisy se detuvo enfrente del escritorio.
–Primero resolveremos cuestiones pendientes de índole económico –dijo.
Del bolsillo de su sobretodo tomó un fuelle sujeto con un cordón de cuero. Lo entornó con un crujido y retiró dos billetes, uno en dos trozos unidos por el medio, y los dispuso meticuloso sobre el escritorio.
–Dos –dijo, envolviendo el cordón y poniendo de nuevo el fuelle en su sitio.
Después el cofre por el oro. Los dedos incómodos de Stephen se movieron por los fósiles moluscos dispuestos sin orden ni concierto en el frío mortero de cemento; fósiles del ponto y níqueles, conos comunes y conus textile[11]; este, un remolino como el gorro frigio de un emir, y este, el ostión de los fieles. Colección de un viejo peregrino, tesoro muerto, pectínidos huecos.
Un escudo[12] se precipitó, nuevo y reluciente, sobre el mullido peluche del cobertor.
–Tres –dijo Mr. Doisy, exhibiendo el pequeño monedero–. Estos objetos son muy útiles. Mire. Este es el sitio de los escudos. Este el de los chelines. Seis peniques, medio escudo. Y en este los florines. Mire.
Tomó del monedero cinco florines y dos chelines[13].
–Tres con doce –dijo–. Creo que es correcto.
–Muy gentil, señor –respondió Stephen, recogiendo el dinero con decente prontitud y metiéndolo en un bolsillo de sus gregüescos.
–No tiene por qué –dijo Mr. Doisy–. Usted los obtuvo con su propio esfuerzo.
Los dedos libres de Stephen recorrieron de nuevo los fósiles huecos. Símbolos incluso de lo bello y del poder. Un bulto en mi bolsillo. Símbolos corrompidos por míseros y codiciosos.
–No los lleve de ese modo –dijo Mr. Doisy–. Puede perderlos en un descuido. Cómprese uno de estos. Como puede ver son muy útiles.
Responde lo que se te cruce por tu mente.
–El mío hubiese sido un cubo sin fondo –dijo Stephen.
El mismo sitio y el mismo tiempo, los mismos conocimientos; y yo el mismo. Sucedió tres veces. Tres nudos corredizos que me ciñen. Bueno. Si quiero, me libero de los tres en un segundo.
–Porque usted no es previsor –dijo Mr. Doisy, esgrimiendo un dedo–. No comprende lo que es el dinero. El dinero es poder, con el tiempo puede ser que piense como yo. Lo sé, lo sé. Si los jóvenes supiesen. ¿Pero qué es lo que dice el Compositor de los Sonetos? Pon sólo dinero en tu bolso[14].
–Yego –murmuró Stephen.
Quitó los ojos de los moluscos yermos y subiéndolos miró los ojos fijos del viejo.
–Él sí que entendió lo que es el dinero –dijo Mr. Doisy–. Hizo dinero. Un lírico, pero no por eso menos inglés. ¿Conoce en qué consiste el orgullo de todo inglés? ¿Conoce qué principio orgulloso profiere siempre un inglés?
El señor de todos los pontos. Sus ojos pontofríos recorrieron el golfo desierto; producto de los hechos históricos: en mí y en mis dichos, sin odio.
–Que sobre su Imperio –dijo Stephen–, el sol no se pone.
–¡Buu! –protestó Mr. Doisy–. Eso no es inglés. Eso lo dijo un celtíbero[15].
Dio un golpecito sobre el monedero con el dedo gordo.
–Le diré –dijo solemne– de qué se sienten muy orgullosos. Honré todos mis compromisos.
Buen hombre, buen hombre.
–He cumplido mis compromisos. Desde que soy consciente no he pedido un solo penique de crédito. ¿Entiende lo que es eso? No debo un cobre. ¿Entiende lo que le digo?
Mulligen, nueve escudos[16], seis soquetes, dos botines, moñitos. Curron, seis chelines. McConn, un florín. Fred Ryen, dos chelines. Temple, dos refrigerios. Russell, un florín, Cousins, diez chelines, Bob Reynolds, medio florín, Köhler, tres florines, Mrs. McKernen, un mes y medio de pensión. El montoncito que tengo no me sirve de mucho.
–Por el momento no –respondió Stephen.
Mr. Doisy rio con deleite, poniendo en su sitio el dispositivo.
–Supongo que no –dijo sonriendo–. Pero en un momento u otro tiene que entenderlo. Somos un pueblo generoso, pero del mismo modo debemos ser justos.
–Desconfío de esos principios solemnes –dijo Stephen– que nos hicieron muy infelices.
Mr. Doisy miró fijo, sobre el plúteo del fogón, el tronco esbelto de un hombre con kilt escocés: Edelbert Edwerd, Prince of the Welsh.
–Usted cree que soy un vejestorio y un tory vetusto –dijo su voz en tono reflexivo–. He visto tres proles desde los tiempos de O’Connell. Recuerdo que vi morir gente por un mendrugo. ¿Supo usted que los Seguidores de Guillermo III[17] fueron los primeros en promover que nos escindiésemos del Reino Unido? ¿Y que O’Connell lo hizo sólo cinco lustros después, luego de que el clero que usted sostiene le reproche su pretendido populismo? Ustedes los fieles devotos de Stephens tienen ciertos olvidos sospechosos.
Glorioso, benévolo y eterno reducto de los recuerdos. El club de Kilmore en el espléndido territorio de Cookstown, repleto de cuerpos de seguidores del pontífice. Roncos, con los rostros cubiertos, con sus mosquetones, los colonos ingleses suscriben el convenio. El norte negro y el único libro de libros celeste cielo. El fin de los rebeldes.
Stephen esbozó un gesto breve.
–Incluso yo mismo tengo estirpe rebelde –dijo Mr. Doisy–. Por el vientre que me engendró. Pero soy descendiente de sir John Blockwood, que votó por el unionismo. Somos todos oriundos de Erín, todos hijos de reyes.
–Sorprendente –dijo Stephen.
–Per modus rectus –dijo en tono firme Mr. Doisy–, es lo que dice su escudo. Votó por unirnos con el reino y con ese motivo se puso sus mejores borceguíes y montó su potro en dirección de Dublín desde Norths of Down.
Lu lurulú, lu lurulín,
el rocoso sendero de Dublín.
Un hosco señor sobre su potro, con brillosos borceguíes de jinete. ¡Buenos vientos le soplen, sir John! ¡Dios lo guíe, señor! ¡Buenos…! ¡Buenos…! Dos borceguíes meciéndose en trote lento en dirección de Dublín. Lu lurulú, lu lurulín.
–Por poco me olvido –dijo Mr. Doisy–. Debo pedirle un pequeño servicio, Mr. Dedelus, por medio de sus editores conocidos. Tengo un suelto que pretendo que se publique. Siéntese un momento. Sólo tengo que escribir los últimos renglones.
Se detuvo enfrente del escritorio no lejos de los postigos, corrió dos veces el sillón y leyó unos términos sueltos del pliego en el rodillo de su Underwood.
–Siéntese. Discúlpeme –dijo por sobre el hombro–. Lo que se impone por el sentido común. Sólo un momento.
Frunciendo el ceño escudriñó el códice sosteniéndolo con uno de sus codos y, con un murmullo, empezó el lento cliqueteo sobre los botones endurecidos, por momentos emitiendo soplidos coincidentes con los giros del rodillo corrigiendo un error.
Stephen se sentó silencioso enfrente del principesco perfil. En los muros, unos rígidos equinos extintos rindieron honores con sus dóciles tiestos erguidos: Repulse, de Lord Heistings, Shotover, del duque de Westminster, Ceylon, del duque de Bofort, premio de St. Cloud, 1866. Diminutos jinetes en suspenso con los ojos fijos en el pendón de inicio. Vio sus respectivos veloces recorridos, poniendo sus dineros en juego por los colores del rey, y gritó con los gritos de multitudes inexistentes.
–Punto, es todo – Mr. Doisy terminó con su tecleo–. Y por consiguiente solicito difusión de este tipo de cuestiones urgentes…
Donde me llevó Crenly con el sueño de enriquecernos en unos minutos, persiguiendo los seguros vencedores que un tipo le recomendó entre los coches llenos de lodo, entre el griterío de los burreros en sus boxes y el hedor de los fogones, y todo revuelto en un chiquero multicolor. Blond Rebel viene primero, diez por uno les ofrezco. Entre los embusteros del cubilete y todo tipo de fulleros perseguimos los pesuños, los distintos blusones y los gorros, sin detenernos en frente de ese cuerpo de mujer con rostro de morcillón, cónyuge del dueño de un frigorífico bovino, sorbiendo con sed un pomelo jugoso.
Los gritos estridentes de los niños vinieron desde el terreno de juego, y el chirrido de un pito.
Otro gol. Estoy entre ellos, entre sus cuerpos belicosos; el torneo de vivir. ¿Quieres decir ese pernituerto querido por el ser que le dio luz, que se ve medio descompuesto? Torneos. Tiempo que embiste y su rebote, choque y choque. Torneos, lodo y estruendo de conflictos bélicos, el gélido vómito póstumo de los occisos, un grito de picos y de rejones teñidos de rojo con los intestinos de los hombres.
–Bueno, listo –profirió Mr. Doisy poniéndose de pie.
Se inclinó sobre el escritorio, uniendo los folios con un clip. Stephen se incorporó.
–Expuse mi cuestión de modo sucinto –dijo Mr. Doisy–. Es sobre el punto del virus glosopédico. Puede leerlo. No pueden existir dos opiniones diferentes sobre el punto.
Discúlpeme por entrometerme en su prestigioso periódico. Ese principio del lesefer[18] que frecuentemente en distintos períodos históricos de nuestro. El comercio bovino. Como todos nuestros viejos emprendimientos industriosos. El círculo de Liverpool que impidió el proyecto del muelle del Oeste. El conflicto bélico europeo. El comercio de trigo por los reducidos corredores del estrecho.
El completo desconocimiento del ministerio de producción. Se me perdone un dicho sempiterno. Descendiente femenino de rey griego. Mujer que no fue mejor de lo que debió ser. Respecto del punto en cuestión.
–¿No doy muchos rodeos, no cree? –preguntó Mr. Doisy viendo el interés de Stephen en el texto.
Glosopédico. Conocido como cultivo de Koch. Suero y virus. Porciento de equinos inmunes. Rinderpest. Los equinos del príncipe en Mürzsteg, Steyr. Médicos expertos. Intervención de equinos. Mr. Henry Bockwood Price. Ofrecimiento cortés juicio justo. Lo que se impone por el sentido común. Cuestiones urgentes. En el sentido comprensivo del término, prender el toro por los cuernos. Con mi reconocimiento por incluir mis reflexiones en su periódico.
–Quiero que esto se publique y bien visiblemente –dijo Mr. Doisy–. Estoy convencido de que lo que se viene es el decomiso de nuestros bovinos. Y se puede resolver. Tiene remedio. Mi primo, Blockwood Price, me escribe que en Innsbruck los médicos de bovinos lo resuelven con un régimen e inyecciones. Si se lo pedimos pueden venir. Intento ejercer presión sobre el Ministerio. Hoy lo intento con los periódicos. Los inconvenientes me tienden un sitio, un cerco de… misterios… movimientos oscuros, de…
Elevó el índice y con un gesto vetusto lo movió como el prólogo de su discurso.
–Recuerde lo que digo, Mr. Dedelus –dijo–. Los ingleses dependen de los judíos. En los puestos sensibles: los recursos económicos, los medios hegemónicos. Y son el signo del deterioro de un pueblo. Donde se meten consumen el vigor de un pueblo. Lo veo venir desde lejos. Seguro que en el mismo momento que usted y yo discutimos en este estudio, los judíos con sus negocios cumplen con su objetivo de destrucción. El viejo pueblo inglés se muere.
Se retiró velozmente unos metros, sus ojos revivieron celestes en su cruce con un extenso río de sol. Yendo y viniendo.
–Se muere –dijo –, si es que de hecho no murió.
Un grito de meretriz por los corredores
teje el lienzo mortuorio del viejo pueblo inglés.
Sus ojos perplejos por su visión se detuvieron en un gesto solemne en el punto de intersección con el río de sol.
–El hombre de negocios –dijo Stephen– siempre compró por un precio vil y vendió en precio de oro, judío o gentil, ¿no es cierto?
–El judío pecó ofendiendo Su luz –dijo Mr. Doisy con gesto serio–. Y eso se ve en sus ojos tenebrosos. Por eso siguen de exilio en exilio desde el comienzo de los tiempos.
En el porche del Círculo de Comercio de Neuilly-sur-Seine los hombres de cutis cetrino ofrecen sus mejores precios con dedos repletos de dijes. Gruñidos de cisnes. Multitudes recorren el templo profiriendo gritos, groseros, sus tiestos sediciosos cubiertos por ridículos sombreros. No suyos: estos vestidos, este discurso, estos gestos. Sus íntegros ojos lentos desmintiendo el discurso, los gestos fogosos e inofensivos; pero conocedores del rencor que se cierne sobre ellos y conscientes de que su celo fue siempre inútil. Fútil temple que les permite reunir un cúmulo de tesoros. Con el tiempo todo se pierde. Montones de tesoros en el borde de un sendero: expolio y división del botín. Sus ojos conocieron los tiempos del exilio continuo y, estoicos, conocieron los deshonores de su estirpe.
–¿Y quién no? –dijo Stephen.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Mr. Doisy.
Se movió medio metro y se detuvo enfrente del escritorio. Su mentón, perplejo, se desvió unos centímetros. ¿Los viejos conocimientos? Quiere oírme.
–Los hechos históricos –dijo Stephen– constituyen un sueño horrible del que intento resurgir despierto.
Desde el terreno de juego los niños se unieron en un súbito griterío. El chirrido de un pito: gol. ¿Y si ese sueño terrible te diese un voleo en los glúteos?
–Los senderos del Señor no son los nuestros– dijo Mr. Doisy–. Todo lo histórico se mueve en dirección de un supremo objetivo: el conocimiento intuitivo de Dios.
Stephen, con el dedo gordo, indicó los postigos.
–Eso es Dios –dijo.
¡Hip! ¡Hip! ¡Hurrruuu!
–¿Qué? –preguntó Mr. Doisy.
–Un grito en el exterior –respondió Stephen, encogiéndose de hombros.
Mr. Doisy miró el piso y retuvo por un segundo el extremo de su mentón entre los dedos. Subió los ojos de nuevo, lo soltó.
–No soy menos feliz que usted –dijo–. Hemos cometido muchos errores y muchos crímenes. El crimen nos llegó vestido de mujer. Por mujeres que no fueron mejores que lo que debieron ser, como Hélène, cónyuge de Meneleo, los griegos sostuvieron un conflicto bélico de dos lustros en Troie[19]. Los primeros intrusos en nuestro territorio tuvieron un infiel impulso femenino, Mrs. McMurrough, con el socorro de su concubino O’Rourke, príncipe de Breffni. Incluso el descenso de Pernell[20] tuvo perfume de mujer. Muchos errores, muchos equívocos, pero no el crimen de los crímenes. Sigo siendo un guerrero incluso en mis últimos inviernos. Y sostendré lo que es justo sin rendirme.
Porque el Ulster no se rinde,
y del Ulster es el triunfo.
Stephen exhibió los pliegos en su puño.
–Bueno, señor… –comenzó.
–Intuyo que usted –dijo Mr Doisy– no quiere seguir en este puesto mucho tiempo. Creo que no tiene el espíritu del docente. Pero puede ser que me equivoque.
–Prefiero ser discípulo –dijo Stephen.
Y en este sitio, ¿qué quieres que te enseñen?
Mr. Doisy negó con un gesto.
–No sé –dijo–. El buen discípulo tiene que ser humilde. Pero el mejor docente es el vivir.
Stephen hizo crujir los folios de nuevo.
–Respecto de esto… –comenzó.
–Sí –dijo Mr. Doisy–. Usted tiene dos pliegos del mismo texto. Si es posible, que los publiquen hoy mismo.
El Telexpress, Irish Household.
–Lo intento –dijo Stephen– y ni bien me contesten le informo. Conozco dos o tres editores.
–Muy bien –dijo Mr. Doisy enérgico–. El miércoles me comuniqué por correo con Mr. Field, M.P. Hoy tienen un encuentro en el círculo de productores bovinos en el hotel City. Le pedí que leyesen en público mi correo. Usted intente que se publique en sus dos periódicos. ¿Qué me dice?
–El Evening Telex…
–Muy bien –dijo Mr. Doisy–. No tengo tiempo que perder. Debo responder ese correo de mi primo.
–Me voy, señor –dijo Stephen, metiéndose los pliegos en el bolsillo–. Muy gentil.
–No tiene por qué –dijo Mr. Doisy revolviendo entre los documentos de su escritorio–. Viejo y todo, disfruto de discutir con usted.
–Con su permiso, señor –dijo Stephen de nuevo, y se inclinó reverente enfrente del dorso vencido.
Se retiró por el pórtico que el viento entornó y descendió en dirección del sendero de pedregullo cubierto por los robles, oyendo el griterío y los entrechoques de los leños desde el terreno de juego. Los leones tendidos sobre los pilones del portón de ingreso: monstruos sin dientes. De todos modos, defenderé su posición. Seguro que Mulligen me pone otro sobrenombre: el lírico bienhechordebueyes.
–¡Mr. Dedelus!
Me corre. Otro correo no, espero.
–Sólo un minuto.
–Sí, señor –dijo Stephen, volviéndose desde el portón de ingreso.
Mr. Doisy se detuvo, emitiendo bufidos, por poco sin resuello.
–Sólo quiero decirle esto –profirió–. Dicen que Erín tiene el honor de ser el único pueblo que no persiguió judíos. ¿Usted es consciente de ello? No. ¿Y conoce el por qué?
Frunció el ceño severo en el éter luminoso.
–¿Por qué, señor? –preguntó Stephen, sonriendo.
–Porque siempre les negó el ingreso –dijo solemnemente Mr. Doisy.
Un risoteo le surgió desde lo profundo de su glotis junto con un estertóreo brote flemoso. Giró presto, tosió y rio, revolviendo los dedos en el éter.
–¡Siempre les negó el ingreso! –gritó de nuevo riendo y removiendo con sus botines recubiertos de cuero el pedregullo del corredor–. Por eso.
Sobre su docto lomo, por entre los intersticios de los robles frondosos, el sol distribuyó unos discos diminutos, peculio de bronces juguetones.
[1] El chiste, querido lector, por el que los crueles niños se ríen, es que pier en inglés es puerto, muelle, dock, etc, y se oye como pier o pierro
[2] Kingstown pier, el viejo puerto de Dublín, fue un sitio de los encuentros entre novios y de los desencuentros del querer.
[3] En este Heines, despeje el primer signo E siendo que E no es E ni I, ni O, ni U. Es el tipo que deliró en sueños con un león negro o un tigre negro, sosteniendo un rifle y durmiendo en el torreón con Stephen.
[4] Excúseseme de todo tipo de precisiones sobre este nombre. Svp.
[5] El Filósofo fue el profesor, entre otros, de Ptolomeo y Neleo de Escepsis
[6] Ojo, no confundir oyó con hoyó ni hoyo con hollo o con holló. Esto es, produjo un hoyo después de otro, ¿no? Hoyó y hoyó.
[7] No desespere, este ejercicio de silogismos lo veremos en el episodio nueve, con todos sus pormenores.
[8] En Overroes y en Moimónides, despeje los primeros signos E, siguiendo los procedimientos expuestos en el pie de texto número 3.
[9] Mery, Queen of Scots fue uno de ellos.
[10] Estos misteriosos doce discípulos son tenedores de bronce en un contenedor de terciopelo.
[11] Son tipos de moluscos fósiles. Stephen los revuelve con el dedo, nervioso. Busque en Google. No quiero detenerme, como uno que yo sé, en pies de texto de los que el lector curioso puede prescindir. No pretendo, y lo diré todo el tiempo, escribir mi versión del Ulises en dos o tres tomos. Ese tipo de recursos son propios de los Borrowfessors o Borrofesores de prestigio.
[12] Un Escudo es lo mismo que un Rey o veinte chelines.
[13] Dos billetes de un £ (pound sterling) + cinco florines (o diez chelines)+ dos chelines= £3 12s
[14] El consejo es de Will Shekspierre. Creo que es de Otelo. Sí, porque después viene el Moro Furioso, Yego (despeje E).
[15] Dice Gifford que el primero que lo dijo fue Herdódoto (Xerxes presumió sobre el glorioso Imperio pérsico) pero es posible que en vez de íbero Mr. Doisy debió decir bretón.
[16] Un escudo es lo mismo que veintiún chelines o un £ sterling.
[17] Su color entre limón y bermejo es difícil de definir, pero el hombre es Guillermo del Color Indefinible.
[18] Reconozco que es un neologismo poco común, pero pretendo difundirlo y este es un buen método. Lo impongo pues, porque sí, en mi texto. Léseme fer, ¿quiere?
[19] Hélène es congruente con Troie, no moleste.
[20] Pernell es un héroe de Erín, por consiguiente y en su honor, despeje el primer signo E.
¡Qué placer releer Ulises en clave de Zabaloy! Sus notas facilitan la lectura y la comprensión a pesar de que el traductor reniega de ellas. Las ilustraciones de Mariano Lucano: un lujo.
Mala traducción, no me gustó del todo…
Hola Elis; lamento que no te haya gustado del todo; ¿te refrís a Odiseo o a Ulises? Odiseo es una traducción lipogramática (sin A) del Ulises. Fue un divertimento, no lo tmes en serio. Sin la letra A hice lo que pude. Y si viste algo mal traducido te agradecería que me lo hagas saber a mi correo directo (marcelo_zabaloy@yahoo.com.ar). Muchas cosas las he ido cambiando de edición en edición gracias a la participación de los lectores que me hacían llegar sus comentarios. Si son pertinentes los incorporo para la próxima (5ta) edición. Saludos cordiales.