Odiseo – Episodio IV

Ilustración Mariano Lucano

En esta nueva traducción del Ulises de James Joyce por parte de Marcelo Zabaloy, hoy es el turno del cuarto episodio. Bloom camina, come y piensa. Cuántas veces comemos lo que piensan los otros. Ilustra Mariano Lucano.

 

 

Mr. Leopold Bloom come con fruición los menudos de pollos, ovinos, cerdos y bovinos. Siempre le gustó el revuelto espeso de menudos, los sesos con nuez, los bofes rellenos y cocidos en el horno, el guiso de mondongo, los testículos de toro. Pero sobre todo prefiere los riñones de cordero grillés, con ese ligero dejo como un perfume de orín.

Con los riñones en mente se deslizó yendo y viniendo silencioso por el comedor, disponiendo sobre un soporte giboso los componentes del refrigerio de su mujer. El comedor lució oscuro y gélido, pero en el exterior refulgieron por doquier los colores plenos del estío. De repente sintió un leve deseo de comer.

Los cubos de coque enrojecieron.

Tomo otro trozo de miñón y lo unto: dos, tres; bien. Prefiere comer poco. Bien. Dejó el soporte, retiró el hervidor del fogón y lo puso sobre el fuego. Este se quedó quieto, gris y rechoncho, con el pico prominente. Un pocillo de té pronto. Bien. El pico seco. El minino rodeó un pie del bufete, rígido y con el hopo erguido.

–¡Mmmmiouuu!

–Oh, te encontré –dijo Mr. Bloom, volviéndose desde el fuego.

El felino contestó con un quejido y dio nuevos giros en torno del pie del bufete, tenso y exigente. Lo mismo me hizo sobre el escritorio. Prr. Pidiéndome que le refriegue el lomo. Prr.

Mr. Bloom observó curioso, dulcemente, el flexible perfil negro. Siempre limpio: el lustre de su pelo liso, el botón níveo, los verdes ojos fosforescentes. Se inclinó sobre él, con los puños en los muslos.

–El minino quiere leche –dijo.

–¡Mmmmiouuu! –respondió el felino.

Dicen que son estúpidos. Ellos entienden lo que les decimos mejor que lo que nosotros los entendemos. Entiende todo lo que requiere. Y es rencoroso. Me pregunto cómo me ve. ¿Enorme como un torreón? No, se me sube en el hombro de un brinco.

–Tiene temor de los pollos –dijo burlón–. Miedo de los pío-pío. No he visto en todo el mundo un minino tonto como este minino.

Cruel. Es su instinto. Curioso que los roedores no chillen. Como si les diese gusto.

–¡Mmmmiouuu! –profirió el felino, subiendo el tono.

Lo miró con sus imperiosos ojos timidoclusos, en un rezongo penoso y sostenido exhibiendo los dientes lecheníveos. Observó los sombríos iris ceñirse codiciosos convirtiendo sus ojos en dos dijes verdes. Entonces entornó el trinchero, tomó el botellón recién provisto por el lechero de Henlon, vertió un tibio y espumoso chorro de leche en un bol y lo posó con buen pulso en el piso.

–¡Gurrhh! –hizo el felino con un vivo liquilip.

Miró los bigotes broncemente relucientes en el débil chorro de luz beber con tres cortos lengüeteos y sorber con decoro. Me pregunto si es cierto que si se los corto no puede perseguir roedores. ¿Por qué? Es posible que brillen en lo oscuro, por qué no, los extremos. O le sirven de sensores en lo oscuro, puede ser.

Escuchó los liquilip. Tocino y huevos, no. Los huevos no son buenos con este tiempo seco. Requieren riego fresco y puro. Jueves: en lo de Buckley no tiene un buen riñón de cordero. Frito en tocino, un toque de pimentón. Mejor un riñón de cerdo en lo de Dlugecz. En el entretiempo pongo el recipiente en el fuego. Sorbió con menos ímpetu, después lengüeteó y limpió bien el bol. ¿Por qué tienen ese tejido rugoso? El lengüeteo debe ser mejor, con esos orificios porosos. ¿No tiene qué comer? Miró en derredor. No.

Con discretos botines crujientes subió los estribos en hélice y en el vestíbulo se detuvo un segundo en el dintel del dormitorio. Puede ser que guste comer exquisiteces. Siempre quiere que le unte dos trozos de miñón. Pero posiblemente; por excepción.

Dijo con un susurro en el vestíbulo desierto:

–Me voy un momento. Vuelvo en un minuto.

Y oyéndose decirlo, continuó:

–¿Quieres comer un poco?

Un tenue gruñido somnoliento respondió:

–Mn.

No. No quiere comer. Escuchó entonces un suspiro tibio y denso, menos fuerte,  volviéndose en el lecho y el crujido de los flojos resortes de bronce del colchón. Tengo que resolver eso de los crujidos. Es penoso. Todo ese periplo desde el Peñón. Se olvidó el poco ibérico que estudió. Me pregunto lo que obló su viejo por eso. Estilo imperio. ¡Oh, sí, desde luego! Lo compró con los muebles que liquidó el intendente. Lo consiguió en un tris. Veloz en los negocios, el viejo Tweedy[1]. Sí señor. Eso fue en Plevne[2]. Yo me hice desde el subsuelo, señor, y estoy orgulloso de eso. Y con qué lucidez especuló con esos sellos. Eso es tener visión de futuro.

Sus dedos cogieron el sombrero del soporte en el que colgó su grueso sobretodo con el rótulo LB y el piloto en buen uso que consiguió en el sector objetos perdidos del correo. Sellos: dibujos con el reverso gomoso. Me juego que un montón de dependientes tiene intereses en el mismo negocio. Por supuesto que sí. El sudoroso motivo escrito en el ribete interior de su sombrero le dijo en silencio: Plesto’s sombreros de nivel sup. Espió presto el intersticio del ribete de cuero. Níveo recorte. Bien seguro.

En el recibidor se tocó el bolsillo por el cerrojo. No lo encontró. Me lo dejé en los gregüescos que me quité. Voy por él. El tubérculo sí lo tengo. El ropero cruje. No tiene sentido que se despierte. Me respondió en el quinto sueño. Tiró del portón con pulso sutil, otro poco, con el propósito de que el friso inferior se monte unos milímetros en el borde, un cobertor flojo. Ficticio cierre perfecto. Todo bien, es por unos minutos.

Cruzó en dirección del sendero del sol, por no meter un pie en el escotillón del número veinticinco. El sol subió por el torreón de los bordones del templo de St. George. Tiempo tórrido, supongo. Sobre todo con este terno oscuro uno lo siente. El negro conduce, refulge (¿o es reflejo?) los impulsos térmicos. Pero no puedo ir con ese terno beige. Como si fuese de picnic. Por momentos entrecerró los ojos yendo feliz en un dulce sopor luminoso. El furgón de lo de Bolend distribuyendo en cestos de mimbre nuestros miñones diurnos, pero Molly prefiere los restos, crujientes costrones tibios.

Uno se siente joven. Un sitio en el este; en el crepúsculo; irse con los primeros signos de luz, un giro completo precediendo los fulgores del sol. Seguir por siempre en el mismo sentido y por lo menos en un sentido técnico no envejecer ni un solo minuto. Ir por el borde costero, territorio exótico, detenerse en el pórtico de un pueblo, ver un custodio, incluso un guerrero viejo, los bigotes enormes del viejo Tweedy sosteniendo el peso de su cuerpo en un rejón. Recorrer sin rumbo fijo unos corredores con toldos. Rostros cubiertos yendo y viniendo. Oscuros sucuchos tejedores de felpudos, hombre voluminoso, Turko el terrible, en el suelo con los miembros inferiores en equis, sorbiendo humo de un retorcijón de tubos. Gritos de vendedores en los estrechos corredores. Beber el fresco líquido elemento con perfume de hinojo, sherbets. Ir sin rumbo entre sol y sol. Posiblemente encuentre uno o dos delincuentes. Bueno, encontrémoslo. El crepúsculo que viene. El perfil de los templos de los bereberes por los obeliscos; religioso con un códice. Un temblor de cedros, un signo, el viento del crepúsculo. Sigo recorriendo. Cielo de oro moribundo. Ojos de mujer siguiéndome desde un portón. En su oscuro léxico profiere los nombres de sus hijos. Muro de tres metros; en otro punto sonidos de cordófonos. Noche cielo Selene, índigo, el color de los suspensores nuevos de Molly. Cordófonos. Escucho. Un niño sosteniendo uno de esos instrumentos cómo es el nombre: dulcémeles. Sigo.

Posiblemente todo es muy distinto. El tipo de preconceptos que uno lee: en el sendero del sol[3]. Explosiones de sol en el frente. Sonrió conforme. Lo que dijo Erther[4] Griffith sobre el suelto de opinión del Freemen; un sol de gobierno propio subiendo en el noreste por el fondo del Tesoro de Erín. Siguió sonriendo conforme. Eso tiene un toque moishe: un sol de gobierno propio que sube por el noroeste.

Bordeó lo de Jerry O’Rourke. Del escotillón surgió suspendido en el éter el flojo borboteo cervecero. Por el portón de ingreso el pub expelió nubes de jengibre, de polvillo de té, de bizcocho molido. Buen reducto de todos modos, justo en el sector con menos movimiento de todo Dublín. Por ejemplo lo de M’Ouley en ese otro punto: el sitio no es del todo bueno. Por supuesto que si pusiesen un trolebús recorriendo North Ring uniendo  los bretes de los bovinos con los muelles el precio puede subir muchísimo.

Tiesto pelón sobre el vidrio bruñido. Viejo gentil. No tiene sentido perseguirlo por unos centímetros en el periódico. Conoce su negocio mejor que ninguno. En su puesto, muy seguro, mi duro Jerry, con el codo sobre el tonel de los dulces  y los puños de su blusón recogidos, viendo cómo se desenvuelve su dependiente con un lienzo ceñido sobre el cinto, cepillo de fregón y un cubo, Simon Dedelus reproduce muy bien sus gestos con los ojos fruncidos. ¿Usted quiere oír lo que le tengo que decir? ¿Qué es, Mr. O’Rourke? ¿Qué es? Los rusos, los nipones se los comen de copetín.

Me detengo y converso un poco; puede ser sobre el entierro. Qué triste lo del pobre Dignem, Mr. O’Rourke.

Dobló por Dorset Street y con gesto distendido y gentil en frente del ingreso dijo:

–Buen jueves, Mr. O’Rourke.

–Lo mismo le deseo.

–Hermoso tiempo, señor.

–En efecto.

¿De dónde les viene el dinero? Uno los ve venir, rústicos pelirrojos del distrito de Leitrim, poniendo los recipientes en remojo y vertiendo los restos de nuevo en los toneles. Después, en un tris, florecen como los Edem Findloiter o los Den Tellon. Y por si fuese poco tienen competidores. Universo de sedientos. Lindo entretenimiento debe ser recorrer Dublín sin que uno se cruce con un pub. No puede ser con lo que meten en el cofre. De los ebrios por qué no. Te sirvo tres y te cobro cinco. ¿Qué monto puede ser eso? Un cobre de este, otro del otro, menos que poco. Posiblemente de lo que compren por lotes. Doble juego con los vendedores. Lo compones con tu jefe y dividimos el premio, ¿qué me dices?

¿Qué monto in totum puede rendir ese timo cervecero en el término de un mes? Por ejemplo diez toneles de producto. Suponiendo que obtuviese un diez por ciento. Oh, eso es poco. Diez. Quince. Cruzó por el frente del St Joseph’s College. Bullicio de mocosos. Por los resquicios de los postigos. El tenue viento fresco contribuye con el estudio. O unos versos: becedé efegé eleéme opecú erre ése teu vé doblevé. ¿Jovencitos, no? Sí. Inishturk. Inisherk. Inishboffin . Estudios de yogrefi. El mío. Slieve Bloom.

Se detuvo enfrente del negocio de Dlugecz, con los ojos puestos en el embrollo de chorizos, morcillones, grises y negros. Veintinueve por. Los números lividecieron en su mente, irresueltos; con disgusto, los dejó que se esfumen. Los brillosos grilletes embutidos de pulposos trozos molidos nutrieron sus ojos e inspiró con sosiego los tibios efluvios del humor bermejo de cerdo cocido y gustoso.

Un riñón rezumó gotones de humor venoso sobre el bol impreso con un motivo céltico; el último. Se detuvo en frente del exhibidor codo con codo con el sirviente femenino de su vecino. ¿Querremos lo mismo? Siguiendo con los dedos el pedido que le hicieron. Curtidos: hipoclorito de sodio. Y un kilo y medio de chorizos de Denny. Sus ojos se detuvieron en los huesos vigorosos ceñidos por un cinturón. El nombre del tipo es Woods. Me pregunto de qué vive. Su mujer no es joven. Nuevos bríos. No queremos pretendientes. Músculos fuertes. Los golpes sobre el felpudo tendido en el cordel. Qué brutos golpes, dios me libre. El vestido torcido que se revuelve golpe por golpe por golpe.

El choricero zorrinojudo dobló los chorizos que seccionó de un corte con unos dedos teñidos, choribermejos. Eso sí que es pulposo y firme, como novillo de engorde.

Tomó del pilón un folio de periódico. El huerto modelo en Kinnereth sobre el borde del espejo líquido de Tiberíodes. Perfecto como nosocomio de invierno. Moses Montefiore. Me figuré que es un proyecto suyo. Bucólico edificio, muro en todo el perímetro, difusos bueyes comiendo. Movió el pliego; puede ser de interés; después enfocó mejor, los difusos bueyes comiendo, el pliego que cruje. Un joven ternero níveo. Esos tiempos en los encierros diurnos de los bovinos, los terneros mugiendo en los bretes, corderos con los lomos teñidos, flopes y plofes de estiércol, los productores con sus toscos botines, hundidos en el pienso llenos de lodo, distribuyendo chirlos sobre los lomos mullidos, ese es excelente, sosteniendo en los puños unos mimbres enteros[5]. Circunspecto, sostuvo el oblicuo pliego, conteniendo sus impulsos y su deseo, con ojos de tipo sereno en reposo. El vestido torcido que se revuelve golpe por golpe por golpe.

El choricero pescó dos folios del montón, le envolvió los excelentes chorizos e hizo un rojo mohín.

–Lo suyo, Missie –dijo.

Sonriendo sin decoro, le tendió el dinero exhibiendo sus femeninos dedos regordetes.

–Muy gentil, Missie. Y un chelín y tres peniques de vuelto. ¿Qué le doy, señor?

Mr. Bloom hizo un repentino gesto. Con el propósito de seguirle el tren e ir en su persecución si sus pies fuesen lentos, persiguiendo sus muslos movedizos. Lindo, como primer golpe de ojos del jueves. Pronto, cerdemonio. El fierro sobre el yunque, es preciso que esté en rojo. Su objetivo se detuvo en el exterior del negocio en un islote pleno de sol y giró en el sentido del reloj emprendiendo un regreso perezoso. Resopló entre los bigotes: no entienden los signos evidentes. Dedos hipoclorudos de sodio. Y los dedos curtidos. Píos distintivos ocres en jirones defendiendo sus dos ingresos. El pincho del desdén refulgió en un débil conformismo dentro de su pecho. De otro: un conscripto de permiso le hizo unos mimos en Eccles Crescent. Preferentemente rellenos. Chorizos de los mejores. Oh, se lo ruego, señor conscripto, me he perdido en el bosque.

–tres peniques, señor.

Sus dedos recibieron el globo húmedo y tierno y lo metieron en un bolsillo exterior. Luego retiró tres cobres del bolsillo de sus gregüescos y los puso sobre el erizo gomoso. Tendidos, fueron pronto recogidos y velozmente introducidos, disco por  disco, dentro del monedero.

–Muy bien, señor. Lo espero en otro momento.

Un punto de fuego vehemente desde unos ojozorros le expresó su reconocimiento. Mr. Bloom desvió los ojos luego de un segundo. Mejor no: en otro momento.

–Que se mejore –dijo, yéndose.

–Lo mismo digo, señor.

Ni un signo. Se fue. ¿Y qué?

Regresó por Dorset Street, leyendo muy serio. Egendeth Neteim: negocio de bosques. Compre los terrenos vírgenes que ofrece el gobierno turco y nosotros los cubrimos de fresnos. Excelentes protectores del sol, útiles como combustible e insumos de construcción. Pomelos e inmensos huertos de melón en el norte de Jope. Usted pone ocho DM y ellos le venden mil cien metros2 de huertos con olivos, pomelos, prunus o limoneros. Los olivos son muy económicos; los pomelos requieren riego por goteo. Los productos recogidos se le remiten semestre por medio. Con el registro perpetuo de su nombre como dueño en el libro de nuestro negocio. Requerimos diez en efectivo y el resto en episodios con vencimientos en diciembres sucesivos. Bleibtreustr. 34, Berlín, W. 15.

No tiene sentido. De todos modos, es ingenioso.

Miró los bueyes, borrosos en el tórrido fulgor. Polvorientos olivos de níquel. Eternos domingos serenos, corte de los brotes, crecimiento. Los frutos del olivo se meten en recipientes de vidrio, ¿no? Tengo unos pocos de lo de Lewis. Molly los escupió. Hoy reconoce el gusto. Pomelos envueltos en pliegos de tisú metidos en cestos. Lo mismo con los limones. Me pregunto si el pobre Citron de St. Kevin Street sigue vivo. Y Mestiensky con su viejo instrumento. Lindos momentos esos encuentros de entonces. Molly en el sillón de mimbre de Citron. El goce de tenerlo, fruto fresco como de gres, sostenerlo entre los dedos, olerlo y sentir el perfume. Eso, perfume silvestre, dulce, denso. Siempre lo mismo, siglos y siglos. Y tuvieron muy buenos precios, me dijo Moisel. Orbutus Drive; Synge Street: buenos viejos tiempos. No deben tener ningún defecto, dijo. Con un periplo como ese: Torremolinos, el Estrecho, el Egeo, el oriente. Pilones de cestos en el muelle de Jope, un inspector con sus registros, obreros con uniformes mugrientos los suben. Ese es comoesqueledicen. Yéndose de. ¿Cómo le? No me ve. Ser gentil con quien ni conozco, qué engorro. Tiene el lomo como el coronel noruego del cuento[6].  Me pregunto si no es posible que me lo encuentre hoy. El furgón del riego. Si lo ves llueve. En el suelo como en el cielo.

Un cúmulo se movió cubriendo el sol del todo lento del todo. Gris. Remoto.

No, debe ser de ese modo. Suelo estéril, desnudo desierto. Líquido espejo surgido por erupción, el ponto muerto: sin peces, sin helechos, hundido en el fondo del mundo. Ningún viento puede moverlo, gris plomo, brumoso líquido tóxico. Llovió cómo le dicen, sulfuro; los pueblos de extensos suelos lisos: Sodomo, Gomorro[7], Edom. Todos nombres muertos. Un ponto muerto en un territorio muerto, gris y viejo. Hoy mismo viejo. Produjo el menos joven de todos, el primer pueblo. Un vejestorio de mujer con el dorso vencido cruzó desde lo de Cossidy cogiendo por el cuello un botellín. El pueblo viejo. Recorrieron el globo por los confines del mundo, de sometimiento en sometimiento, produciendo progenie, muriendo, surgiendo de vientres por doquier. Hoy en su lecho. Hoy no puede tener hijos. Muerto: como un vejestorio; el sumido coño gris del mundo.

Desconsuelo.

Un horror gris le resecó los músculos. Metiendo el pliego en el bolsillo dobló en Eccles Street, presuroso reencuentro con su domicilio. Un óleo frío se le deslizó  por dentro y le congeló el humor; el tiempo vivido lo encostró con un recubrimiento de sodio endurecido. Bueno, llegué. Diurno disgusto que lo ve todo con susto. Dejé el lecho con el pie izquierdo. Tengo que seguir con esos ejercicios de Sendow.  Con los puños en el suelo. Ocres edificios de cemento enmohecido. El número veinte sigue sin inquilinos. ¿Por qué? Solo piden veintiocho. Towers, Bettersby, North, McErther; los postigos del recibidor llenos de impuestos vencidos. Remiendos sobre un ojo enfermo. Oler el sutil efluvio del té, el humo del refrito, los chirridos del unto. El roce de sus generosos muslos lechotibios. Sí, sí.

Los tibios chorros de luz del sol corrieron en su dirección desde Berkeley Rd., prontos, con los pies envueltos en yutes ligeros, por el sendero que se fue cubriendo de lumbre. Corre, corre como queriendo reunirse conmigo, pequeño cuerpo femenino con bronce en el pelo libre en el viento.

Dos sobres y un  membrete durmiendo en el piso del vestíbulo. Se inclinó y los recogió. Mrs. Merion Bloom.  Su pulso vivo se frenó de golpe. Puño firme.  Mrs. Merion[8].

–¡Poldy!

Entró en el dormitorio, entrecerró los ojos y cruzó el tibio relumbre broncíneo en dirección de su tiesto desprolijo.

–¿Qué correo vino?

Él los miró. Mullinger. Milly.

–Uno que me escribe Milly  –dijo circunspecto–, y un membrete, tuyo. Y un sobre.

Puso el correo y el membrete sobre el cobertor de hilo entre sus muslos.

–¿Corro un poco los visillos?

En tren de correr un poco los visillos con sutiles tirones, un rincón de su ojo vio sus ojos furtivos leer el correo y cubrirlo con un cojín.

–¿Es suficiente con esto? –dijo, volviéndose.

Sosteniéndose sobre un codo fue leyendo el membrete.

–Recibió los presentes –dijo.

Esperó que lo leyese completo y pudo ver que se tendió de nuevo con un suspiro de contento.

–No te demores con ese té –dijo–. Tengo sed.

–Dejé el recipiente en el fuego.

Pero se demoró poniendo en orden el sillón; su beibidol[9] con listones, los culotes sucios y retorcidos; recogió todo en un puño y lo depositó en el extremo del lecho.

Descendiendo en dirección del comedor, su mujer le gritó:

–¡Poldy!

–¿Qué?

–No dejes que se enfríe el recipiente.

Seguro que hirvió; un plumón fluyó por el pico. Remojó con el líquido hirviente y limpió el cuenco de gres y echó dos y luego otros dos montoncitos de té, inclinó luego el recipiente permitiendo que el líquido fluyese dentro. Dejó que se disolviese en reposo, retiró el recipiente, oprimió los cubos de coque enrojecidos con el fondo del freidor y observó el trozo de unto fluir y derretirse. Ni bien desenvolvió el riñón el felino se le restregó en los tobillos con un gruñido urgente pidiendo de comer. Si lo engordo no persigue roedores. Dicen que no comen cerdo. Kosher. Ves. Le ofreció el envoltorio sucio de trombos poniéndolo en el piso y echó el riñón en el chisporroteo del unto derretido. Pimentón. Tomó un poco del contenedor de huevos medio roto y lo roció con los dedos.

Luego rompió el sobre, leyendo. Reconocimiento: birrete nuevo; Mr. Coghlen; picnic en Lough Owel; joven discípulo; dulces mujeres tesoros ribereños de Bleizes Boylen.

El té listo. Llenó el bol bigotero de su uso exclusivo, símil Crown Derby, sonriendo. Obsequio de Silly Milly por mi cumple. Sólo seis entonces. No, un momento, cinco. Le di el dije de ónix que se le rompió. Metiendo recortes de sobre en el buzón con su nombre. Sonrió, vertiendo el té.

 

Oh, Milly Bloom, eres mi único tesoro

mi espejo eres con sol, de noche mi reflejo fiel

tenerte es mejor que tener un cofre de oro

o vivir  con Kitty Keogh, su burro y su vergel. [10]

 

Pobre viejo profesor Goodwin. Fue un suceso penoso. Pero fue un viejo querible. Los modos vetustos de despedirse de Molly en el proscenio con gestos reverentes. Y el espejito en el tubo de su sombrero. Fue de noche, Milly nos lo exhibió en el recibidor. ¡Oh, miren lo que encontré en el sombrero del profesor Goodwin! Todos nos reímos. Incluso entonces, el sexo precoz. Siempre tuvo esos recursos ingeniosos.

Insertó un tenedor en el riñón y lo volvió de un bife[11]; luego puso el cuenco del té sobre el soporte giboso. Un bollo se infló ni bien lo movió. ¿Puse todo? Miñón y unto, tres, los terrones, los utensilios, el copo cremoso. Sí. Subió por donde descendió, sosteniendo con el dedo gordo el tope del cuenco de té.

Empujó con un pie el listón inferior, entró y puso el soporte sobre el sillón vecino del lecho.

–¿Qué te demoró? –dijo su mujer.

Irguiéndose de repente con un codo en el colchón, el coro de resortes rechinó. Contempló sereno su cuerpo sólido y el hueco entre los sedosos senos voluminosos, descendiendo por el beibidol como si fuesen ubres de ovino. El tibio efluvio de su cuerpo subió desde el lecho y se diseminó por el dormitorio, uniéndose con el perfumé del té que se sirvió.

Un jirón de sobre se vio semioculto por el cojín. Yéndose, se demoró extendiendo el cobertor.

–¿Quién te envió ese correo? –preguntó.

Puño firme. Merion.

–Oh, Boylen –dijo–. Viene con el repertorio.

–¿Qué títulos sugiere?

Ci sposeremo[12] con J. C. Doyle –le respondió– y Love’s Old Sweet Song.

Sus morros pulposos sonrieron y bebieron. Muy fuerte el olor que produce ese incienso nocturno. Como el líquido podrido de los floreros.

–¿Quieres que entorne un poco el postigo?

Dobló un trozo de miñón y, mordiéndolo, preguntó:

–¿El velorio es hoy?

–Once en punto, creo –respondió–. No miré en el periódico.

Siguiendo su dedo índice, tomó un extremo de los culotes sucios sobre el lecho. ¿No? Entonces, un embrollo mixto entre un muslero gris y un soquete[13]; cuero deforme y reluciente.

–No; ese libro.

Otro soquete. Su beibidol.

–No sé dónde lo puse –dijo su mujer.

Revisó todo. Voglio e non vorrei.  Me pregunto si lo pronunció bien: voglio. No lo veo. Posiblemente se le deslizó. Se inclinó y recogió el doblez del cobertor. El libro, perdido, como un monte lindero con el globo del festonocre dompedro.

–Permítemelo un segundo –dijo su mujer–. Le puse un guion. Es un término que no conozco.

Bebió un sorbo del pocillo sin orejones, se limpió sonriente los dedos en el cobertor y luego, recorriendo el texto con el broche del pelo, dio con el término.

–¿Meten sin qué? –preguntó él.

–Esto –dijo su mujer–. ¿Qué quiere decir?

Se inclinó en su dirección y leyó lo que el pulido extremo de un dedo gordo le indicó.

–¿Metempsicosis?

–Sí. ¿Qué es eso?

–Metempsicosis –dijo él, frunciendo el ceño–. Es griego; viene del griego. Quiere decir que el espíritu de un muerto sigue viviendo en otro ser.

–¡No me lo embrolles! –dijo su mujer–. Dímelo con términos sencillos.

Él sonrió, dirigiendo sus ojos subrepticios sobre los suyos burlones. Los mismos ojos jóvenes. El primer encuentro nocturno después de los jeroglíficos[14]. Dolphin’s Bern. Lo hojeó. Ruby: el orgullo del circo. Oh. Dibujo. Gringo feroz con rebenque. Debió decir Ruby el orgullo del sobre el piso en cuero[15]. Que un lienzo benévolo cubrió. El monstruo Moffey desistió y con un sonoro insulto se deshizo del cuerpo. Todo eso tiene un fondo cruel. El sosiego de los tigres con somníferos. El columpio en el circo Hengler. Desvié los ojos. El público perplejo. Rómpete el cuello y nos reiremos como locos. Estirpes. Deshuésenlos jóvenes y entonces tienen mejores metempsicosis. Que vivimos después de muertos. Nuestros espíritus. Que el espíritu de un hombre después que él muere. El espíritu de Dignem…

–¿Lo leíste entero? –preguntó.

–Sí –le respondió–. No me resultó obsceno. ¿Ruby sigue pendiente del primer tipo?

–No lo leí. ¿Quieres otro?

–Sí, consígueme otro de Pierre de Kock. Lindo nombre tiene[16].

Su mujer vertió otro poco de té en el cuenco, viéndolo fluir.

Tengo que devolver ese libro en el reservorio de libros de Copel Street[17] o pueden meterse con Keerney, mi codeudor. Resurrección, en otro cuerpo, ese es el término.

–Existe gente que cree –dijo– que seguimos viviendo en otro cuerpo después de muertos, y que hemos vivido en otros tiempos. Le dicen resurrección. Que todos hemos vivido en otros siglos en este o en otros mundos. Dicen que se nos olvidó. Otros dicen tener recuerdos de lo que vivieron.

El copo cremoso dibujó redondeles de grumos en el té. Mejor repetir el término: metempsicosis. Un ejemplo es mejor. ¿Un ejemplo?

El Remojo de Sílfide sobre el extremo del lecho. Vino con el número de Pentecostés de Photo Bits: espléndido dibujo en reproducción multicolor. El té primero luego verter un poco de leche. No muy diferente con el pelo suelto; menos redondeces. Tres con seis oblé por el contorno de roble. Me sugirió que lo cuelgue sobre el lecho. Sílfides en cueros; griegos; y por ejemplo todos los pueblos de entonces.

Retrocedió unos pliegos.

–Metempsicosis –dijo–; ese nombre le pusieron los primeros griegos. Ellos creyeron posible que un ser se convirtiese en otro según sus méritos, en un león o en un cedro, por ponerle un nombre. Lo que se denominó sílfides, por ejemplo.

El utensilio dejó de revolver los terrones. Se quedó con los ojos fijos, frunciendo el ceño y oliendo.

–Es humo –dijo–. ¿Qué pusiste sobre el fuego?

–¡El riñón! –gritó él de repente.

Metió torpemente el libro en un bolsillo y embistiendo con los dedos de un pie el soporte de un ropero rengo, corrió en dirección del olor, descendiendo con remos de cigoñino temeroso. Un humo tóxico surgió como un chorro furioso desde un borde del freidor. Introduciendo un tenedor en el dorso del riñón lo despegó y lo volteó. Sólo se quemó un poco. Lo retiró del freidor, lo puso en un recipiente y lo roció con el poco jugo ocre que le quedó.

Un pocillo de té. Se sentó, cortó y untó un trozo de miñón. Retiró el borde negro y lo puso enfrente del hocico del felino. Luego se embuchó un buen trozo, mordiendo con deleite el globo tierno y gustoso. El punto justo. Un buen sorbo de té. Luego cortó el miñón en trozos, ensopó uno en el jugo espeso y lo ingirió. ¿Qué es eso del joven discípulo y un picnic? Extendió el pliego y lo corrió un poco, leyéndolo en tren de comer con lentos movimientos, poniendo en remojo otro trozo de miñón en el jugo y metiéndoselo en el buche.

 

Queridísimo Polpli:

Mil y un reconocimientos por el hermoso presente de mi cumple. Me quedó espléndido. Todos dicen que soy el sumun de lo bello con mi nuevo birrete. Recibí el precioso surtido de lociones de Mummy y le estoy escribiendo. Son deliciosos. Me sumergí por completo en un mundo de fotos. Mr Coghlen tiene un rollo en proceso y ni bien se revele Mrs. quiere remitirles por correo un sobre con mi foto. El miércoles tuvimos mucho jolgorio. Con buen tiempo y todos los muslos gordos presentes[18]. El lunes iremos de picnic, recorreremos Loch Owel con un grupo de compinches. Les envío muchos besos, unos son de Mummy y un beso enorme que te pertenece junto con mi reconocimiento de siempre. Oigo los tonos de un Pleyel coludo en el primer piso. Ofrecen un concierto en el hotel Greville el viernes. Nos hicimos muy compinches con un joven discípulo que viene noche por medio, su nombre es Bennon y sus primos o un vínculo por el estilo son un peces gordos entonó los versos de Boylen (por poco escribo Bleizes Boylin) sobre sus dulces mujeres tesoro ribereño. Dile que Silly Milly le envió sus respetos. Es el momento del cierre, te quiero mucho.

 

Tu querido retoño,

MILLY.

 

  1. Perdón por escribir desprolijo me voy corriendo. Byby.

M.

 

Quince cumplió el miércoles. Curioso, el quince del mes. Su primer cumple sin nosotros dos. División. Recuerdo ese viernes de junio que empezó todo, corriendo por Mrs. Thornton en Denzille Street. Qué vejestorio divertido. El montón de bebés que puso en este mundo. Supo desde el principio lo efímero del pobrecito de Rudy. Bueno, Dios es bueno, señor. Lo supo ni bien lo vio. Hoy hubiese tenido once si hubiese vivido.

Sus ojos perdidos recorrieron tristes el post scriptum. Perdón por escribir desprolijo. Corriendo. Un Pleyel coludo en el primer piso. Rompiendo el huevo. Discutiendo en el negocio XL sobre el cintillo. No quiso comer el budín ni me miró y enmudeció. Rebelde incipiente. Ensopó en el jugo otro trozo de miñón y comió el riñón sin detenerse. Veintinueve chelines por mes. No es mucho. Desde luego, pudo ser peor. Números de vodevil. Joven discípulo. Bebió un sorbo de té medio frío como remojo de lo que comió. Luego releyó el correo, dos veces.

Oh, bueno, que se cuide. ¿Pero y si no? No, no sucedió. Por supuesto que es posible. De todos modos esperemos el suceso. Qué tesoro. Sus muslos esbeltos que suben corriendo. Destino. En su esplendor. Presunción; mucho de eso.

Tierno y confundido miró sonriendo los visillos del comedor. Ese domingo en el centro vi cómo se pellizcó los mofletes queriendo enrojecerlos. Un poquito débil. Se le dio leche por mucho tiempo. El suceso en el Erin’s King en torno del Kish. Viejo fuentón meciéndose como un columpio. Ni un poco de miedo. Su cubre cuello celeste con los pelos sueltos en el viento.

 

Con sus bucles y mohines,

te consumen el cerebro.

 

Dulces mujeres tesoros ribereños. Sobre roto. Los puños metidos en los bolsillos de sus gregüescos, cochero en su domingo libre, profiriendo tonos melodiosos. Conocido de sus tíos. Consiumen, dice el tipo. Muelle con focos, noche en pleno estío, grupo de músicos.

 

Ese tipo de mujeres, oh, mujeres,

esos dulces tesoros ribereños.

 

Milly lo mismo. Besos jóvenes; los primeros. Un montón de tiempo. Mrs. Merion. Leyendo, en reposo, extendiéndose los mechones de pelo, sonriendo, entretejiéndolos.

Un leve escozor, un remordimiento, le recorrió el dorso, creciente. Tiene que suceder, sí. Prevenir. Inútil; no puedo intervenir. Dulces morros leves de mujer joven. Debe ocurrirle lo mismo. Sintió el escozor extenderse en él. Inútil intervenir en este momento. Besos en los morros, besos con besos. Plenos morros melosos de mujer.

Es mejor que se quede en ese pueblo; lejos. Con un empleo. Me pidió un perro como diversión. Puedo ir yo. En julio tenemos un lunes festivo, puedo ir y volver con un boleto de sólo dos chelines con seis. De todos modos, es dentro de un mes y medio. Puedo conseguir un boleto libre de reportero. O por medio de M’Coy.

Después que se dejó el pelo reluciente, el felino continuó con el envoltorio lleno de trombos, lo olisqueó y enfiló con regio decoro en dirección del portillo. Se volvió y lo miró, gimiendo. Quiere irse. Se detiene enfrente de un portón por cierto tiempo y consigue que se entorne. Que espere. Es inquieto. Eléctrico. Tiempo lluvioso. Por si fuese poco, vio que se limpió el dorso de los dos oídos con evidente desinterés por el fuego.

Se sintió repleto, lleno; luego un leve golpe de distensión en sus intestinos. Se incorporó y se soltó el cinturón. El felino gimió de nuevo.

–¡Mioouu! –respondió él–. Es mejor que esperes que termine.

Sopor; tendremos un tiempo bochornoso. El del vestíbulo no, prefiero no subir.

Un periódico. Siempre le gustó leer en el trono. Espero que ningún imbécil golpee justo en el momento en que estoy.

Sobre el mueble encontró un viejo número de Titbits. Lo plegó sosteniéndolo con un codo y entornó el portón. El felino subió con brincos sutiles. Entiendo, quiere subir y meterse hecho un bollo en su lecho.

Orientó el oído y le llegó su voz:

–Ven, ven, michifuz. Ven.

Entró en el vergel por el portón del fondo; se detuvo queriendo oír y orientó el oído en dirección del vergel vecino. Ni un ruido. Posiblemente terminó de tender lienzos. El servicio femenino recorre el vergel[19]. Esplendor diurno.

Se inclinó y observó un fino brote de romero silvestre creciendo en el borde del muro. Este es el sitio del huerto de invierno. Porotos rojos. Helechos. Necesito un terreno fértil, suelo mezquino. Un costrón sulfuroso. Sin nitrógeno todos los suelos son como este. Líquidos del sumidero. Gres, ¿qué es esto? Los pollos del vecino; su estiércol es bueno como nutriente. Pero lo mejor es el estiércol bovino, sobre todo los que comen discos de flor de escudo.[20] Colchón de nutriente. Limpie con eso los mitones de corderito de su mujer. Limpie con lo sucio. Incluso los rescoldos sirven. Reconstruir este sector. En ese rincón puedo poner legumbres. Repollo. Entonces siempre tendremos víveres frescos. Desde luego los huertos tienen sus inconvenientes. Ese insecto o moscón el lunes de Pentecostés.

Siguió recorriendo el sendero. Digo yo, ¿dónde dejé el sombrero? Debí ponerlo de nuevo en el soporte. O quedó en el piso. Es cómico que no lo recuerde. Muy lleno ese perchero. Cinco cubretiestos[21], el piloto. En el momento que recogí el correo. El sonido del timbre en lo de Drego el peluquero. Es insólito que justo en ese momento se me ocurriese. Pelo oscuro reluciente de brylcreem[22] entre frente y cuello. Todo limpio y prolijo. No sé si tendré tiempo de un remojo diurno hoy. Poolbeg Street. El tesorero fue cómplice de Jim Stephens, el fugitivo, según dicen. O’Brien.

Vocejón profundo tiene ese tipo Dlugecz. ¿Egendeth qué? Muy bien, Missie. Impertinente.

De un golpe de pie entornó el portillo enclenque del retrete. Ojo, que no se me ensucien estos gregüescos de luto. Primero inclinó el tiesto enfrente del estrecho dintel y después entró. Cerró un poco el portillo, entre el musgo hediondo y los hilos sedosos tejidos por ciertos insectos tenebrosos y se desprendió los suspensores. Espió por un orificio los vidrios del fondo del edificio vecino. El rey con su tesorero.[23] Desierto.

Se sentó en el inodoro con los miembros inferiores bien disjuntos[24] y desplegó el periódico, volviendo los pliegos sobre los hinojos desnudos. Uno nuevo y sencillo[25]. Tengo tiempo. Sujetemos un poco. Nuestro nuevo premio: El golpe perfecto de Metchem. Escrito por Mr. Philip Bonfoy, Club de seguidores del Telón, Londres. El escritor recibió un importe de veintiún chelines por segmento. Tres y medio. Tres £ tres chelines. Tres £, trece con seis.

Leyó sereno, conteniéndose, el primer segmento y cediendo, pero resistiendo, empezó el segundo. Por el medio, después de resistir el último impulso, dejó que sus intestinos cediesen y siguió leyendo sereno, leyendo sin inquietud ese leve estreñimiento del lunes se me fue. Espero que no resulte muy grueso y me provoque hemorroides de nuevo. No, estuvo bien. Eso es. ¡Uf! Estreñido un comprimido de divino emoliente. Vivir puede ser eso. Eso no lo tocó ni lo emocionó, pero fue presto y prolijo. Hoy imprimen de todo. Tiempos de estupideces. Siguió leyendo, sereno en su trono sobre su propio olor que flotó, subiendo. Por cierto prolijo. Metchem discurre frecuentemente sobre el golpe perfecto por el que conquistó los embrujos sonrientes de su mujer que hoy. Comienzo y fin con sermones. Con los dedos entretejidos. Ingenioso. Releyó desde el principio y, oyendo sereno fluir sus líquidos, envidió sin rencor el ingenio de Mr. Bonfoy que escribió el texto y recibió por ello un monto de tres £ trece con seis.

Puedo componer un sketch. Por Mr. y Mrs. L. M. Bloom. Invento un episodio que encuentro en un proverbio. ¿Por dónde empiezo? El tiempo en que me escribí los puños con sus dichos vistiéndose. No quiere vestirse en el mismo sitio que yo. Corte de gillette. Mordiéndose el morro inferior subiéndose el cierre del vestido. Yo diciéndole el tiempo. 9.15. ¿Te dio Roberts lo que te debe? 9.20. ¿Qué se puso Grette Conroy? 9.23. ¿Cómo es que me compré este peinetón? 9.24. Ese repollo me hinchó como un globo. Un corpúsculo de polvo sobre el negro lustroso de su botín.

El modo de bruñir con esmero el cuero de todos sus botines poniéndose de pie y puliéndolos con el tobillo opuesto. El crepúsculo después de ese minué en beneficio y el conjunto de Meyer[26] tocó El minué de los minutos de Ponchielli. Quiso que le explique eso, el tiempo diurno que fluye, el cenit, luego sigue el sol que se pone, luego lo nocturno. Los dientes llenos de dentífrico. Nuestro primer evento nocturno. Sus pelos meciéndose en el minué. El choque de los flejes del pericón[27]. ¿Es rico ese Boylen? Tiene dinero. ¿Por qué? En medio del primer minué noté lo dulce de sus soplos. Inútiles zumbidos entonces. Si se lo insinúo. Curiosos tonos en ese último concierto nocturno. El espejo sombrío. Frotó el espejo con frenesí con su pulóver de merino cubriendo el movimiento de los globos repletos de sus ubres. Lo interrogó. Frunciendo los ojos. Imposible sentirse seguro.

Los minutos del crepúsculo, jóvenes mujeres con tules grises. Los minutos nocturnos luego; negros con cuchillos y rostros cubiertos. Concepto poético: rojizo, después broncíneo, después gris, después negro. Y después de todo verosímil. Primero sol, después noche.

Cortó por el medio, con esmero, el cuento del premio y se limpió con eso. Luego se subió los gregüescos, se subió los suspensores y se prendió los botones. Tiró de nuevo del pomo del portillo enclenque del retrete y surgiendo desde lo oscuro, ingresó en el éter.

Cubierto por el brillo del sol, ligero y fresco, se observó con detenimiento los gregüescos negros; los dobleces, los hinojos, los sectores posteriores de los hinojos. ¿Qué me dijeron del entierro? Mejor busco en el periódico.

Un crujido y un sombrío zumbido en el viento. Los bordones del templo de St. George. En punto: oscuro hierro sonoro.

 

¡Dindón! ¡Dindón!

¡Dindón! ¡Dindón!

¡Dindón! ¡Dindón!

 

Menos quince. De nuevo: los tonos moviéndose por el éter. Un tercero.

¡Pobre Dignem!

 

 

 

[1] El suegro de Bloom.

[2] Despeje el segundo signo E.

[3] Título de un libro de Frederick D. Thompson. El derrotero del sol: Impresiones de un Globe trotter. Descripción de un periplo que comenzó en  New York, con rumbo oeste, siguió por Oriente y Londres y concluyó en New York. Es lo que Bloom tiene en mente. Esto lo dice Gifford en 4.99-100.

[4] Erther es un señor que tiene un rol prominente en el novelón que titulé El de ese Perec ido.

[5] Bloom tuvo un empleo en lo de Cuffe, un vendedor de bovinos.

[6] Este coronel del cuento es recurrente en FW; yo sé lo que le digo.

[7] Los lectores comprenden estos míticos nombres, sobre todo los lectores de Proust, y bien puede ser un error que el editor no percibió o el corrector no descubrió.

[8] Poco cortés; hubiese correspondido poner Mrs. Leopold Bloom.

[9] Lo impongo como voz de pleno derecho, vestido nocturno femenino, sexy o deprimente, depende de quién lo use, como todo.

[10] Por unos versos del escritor erinés  S. Lover (1787-1868).

[11] Bife, señores, viene de beef (Oh) y en nuestro territorio quiere decir bofetón. Pero por no poner bofetón muy próximo de riñón, me decidí por el jugoso bife. Pienso en el rostro de los críticos que leen esto, en su desdén sonriente y burlón y sus deseos de romperme el morro de un bife o un bofetón; pero no pueden porque no lo leen.

[12] De Don Giovine, del genio operístico de Mozert.

[13] Oui, monsieur, ici, on dit soquete, comme chez vous, vous vous disez  socquette, quoi.

[14] Un juego; describir términos complejos con signos y gestos.

[15] Todo esto de Ruby etc. es un novelón sobre los entretelones de un circo que Bloom tiene en mente.

[16] El chiste consiste en que en inglés obsceno Cock es pene, pito, choto, bicho, todo eso. Je je.  Lo dije.

[17] Despeje O en Copel, siendo que O no es O, ni E, ni I, ni U.

[18] Los muslos gordos de mujeres, cónyuges de señores opulentos, ingleses o socios de ingleses, tipos ricos, productores bovinos. Lo mismo que sucede en todo el mundo, ricos gordos con cónyuges gordos y bovinos gordos y pobres esqueléticos con mujeres de hielo que corren conejos por el bosque. .

[19] Versos duermeniños de tiempos del Imperio: duérmete niño mío/ que el servicio femenino/ recorre nuestro vergel/ tendiendo nuestros vestidos/ en el cordel. / Duérmete, niño rico, duérmete bien / que el servicio femenino es pobre y fiel.

[20] Tournesol.

[21] Los cubretiestos protegen del sol y de los diluvios; esto último es muy útil, sobre todo, en Dublín.

[22] En un tiempo fue un producto muy difundido por los medios hegemónicos y de uso compulsivo entre los miembros del ejército, de civil o en uniforme, cumpliendo servicio recogiendo gente en vehículos Ford color verde.

[23] Siguen lo versos duerme niños: El rey con su tesorero/ dispone de su dinero…

[24] Como los conjuntos, disjuntos. No juntos, no próximos, pero de ningún modo remotos.

[25] Un cuento.

[26] Nombre ficticio de un negocio de instrumentos de músicos en St Stephen’s Green. Oh, Stephen’s, this is my green!

[27] En uno de los muchísimos sentidos que el término tiene en todo el mundo; moviéndolo, el puño femenino que lo luce, produce viento.

Escribe Marcelo Zabaloy

Traductor aficionado y libros traducidos publicados por El cuenco de plata: Ulises y Finnegans Wake de James Joyce y El atentado de Sarajevo de Georges Perec

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