Aguafuertes Patagónicas de Roberto Arlt

Por Ricardo McAllister
Se me ocurre que desde muy chicos vamos aceptando el pacto de lectura que nos proponen historietas, películas, series, libros.
Cada personaje se nos manifiesta como único y distinguible por arte de un rasgo sobresaliente de su carácter que salta y se aferra a nuestra percepción : la estupidez de Tribilín, la iracundia del Pato Donald; el displicente cinismo de Bugs Bunny.
Si sofisticamos más la cosa, los rasgos principales se vuelven dos y las acciones del ser narrado pendulan, a grandes rasgos,  de un extremo al otro: Don Quijote va de la tranquilidad sentenciosa al alboroto exaltado; Sherlock Holmes pasando del bajón de lo no resuelto a la euforia del hallazgo feliz.
La prensa y las pantallas participan de este mismo modo de contar, y nos entretiene con los vaivenes de personas narradas como salidas de conocidos moldes preexistentes: el Seductor Serial, La Come-hombres, el Intrigante Chismoso, la Insultadora sin Filtro; siguiendo un libreto armado a dúo por los Buscadores de Fama Rápida y el periodismo, que los alaba o denigra según el tiempo y la ocasión.
Es una gran tentación fogonear la Leyenda del Escritor y leer así a un autor, resumiéndolo en una sola polaroid de sí: el dandismo vanidoso de Fogwill. La pulsión camorrera y polemista de ViñasSábato y su depresión sombría.
Roberto Arlt no escapa a malentendidos de ese tipo. Su seriedad adusta en la iconografía que se conserva, su entrecejo fruncido (ya tan célebre como el de Guevara), el doble mechón aleteando en su frente, como reforzando el gesto de las cejas. Ya es costumbre superponerlo con los conflictuados protagonistas de sus libros: Silvio Astier, Erdosain, el arquitecto pesaroso de El Amor Brujo.
Tan arraigada está esa confusión que Pablo Cedrón y Alcón fueron presentados en pantalla forzando el parecido (aunque en la novela fuera rubio y no morocho).
Por lo tanto, se tiende a pensar en un Arlt bifronte: angustiado o cínico. No hay muchos autores de quienes se haya escrito una biografía que lleve por título «El Torturado».
Hay cierta mitología de izquierda deseosa de poder reivindicarlo como «uno de los nuestros». Para esos parámetros de pensamiento, R.A. tenía que vivir necesariamente angustiado; el cronista Dostoiewskiano de la alienación urbana no podría menos que condolerse full time por las miserias humanas que describía.
Aún en estos tiempos de frivolidad posmoderna sin culpa, perdura la arraigada sensación de que el drama es mejor, y más noble y verdadero que la risa: a las comedias las ve mucha gente pero no ganan Oscars.
Sin embargo, a contramano de todo esto, Aguafuertes Patagónicas es un libro feliz. Sí, felíz. El Arlt entusiasmado se les suele escapar a sus biógrafos y críticos.
Recordemos la lumonosa primera parte de El Juguete Rabioso, donde el intenso adolescente protagonista nos cuenta su educación sentimental a través de novelas por entregas de bandoleros; que culminando, casi fatalmente, en su propia experiencia delictiva con amigos; juguetona y llena de dicha de dicha e inconsciencia. Su prosa ahí vibra con una empatía sincera y ajena a toda pose.
EL VIAJE A LA PATAGONIA
Al comienzo del libro, ante la posibilidad de la aventura, el cronista se nos muestra alborozado como nene con chiche nuevo. Es la misma felicidad que encontramos en otros de sus textos de viaje como, por ejemplo, las Aguafuertes Españolas.
Ser llevado, abducido por un ámbito desconocido y sobrecogedor, que va más allá de la experiencia anterior y la comprensión previa, y que exige habilidades desacostumbradas, simplemente para desplazarse o investigar, parece ser para un lector de Verne y de las Andanzas de Rocambole, el marco ideal y soñado.
A este cronista patagónico, no se le escapa ni por un momento, la dureza de subsistir en ese clima y esa geografía. Ni hace la vista gorda ante la desidia estatal, las desigualdades y el hambre puro y simple. Pero el sentirse partícipe de un escenario extremo, como en un cuento de Jack London, una historia de la fiebre del oro, impregna su prosa de una agradecida receptividad ante el acontecer, ante el suceso imprevisible por llegar.
El vértigo de las distancias, de las proporciones fuera de escala para un ojo urbano, de la desmesura orográfica, arrebatan al cronista en un asombro continuo renovado a cada momento. Estar inmerso en la región donde Tiempo es sinónimo de Clima, no de relojes; donde vida o muerte dependen del más o menos abrigo que se lleve o del pedregullo bajo los cascos de una cabalgadura en una cornisa de montaña, dota a cada acción de un sentido y una densidad que están ausentes en las veredas de la gran Ciudad.
Arlt se llena los ojos con la escenografía del terreno nunca pisado con todo lo demasiado grande y poderoso para poder ser procesado en los términos del ser humano.
Sin duda, estos textos pueden leerse dentro de la tradición previa de las crónicas de viaje hechas por militares en campaña, comerciantes en tránsito o meros observadores extranjeros. Sería también provechoso unirlo con las referencias de viaje en autores como Conti o Walsh, otros cronistas en su misma postura de periodistas asalariados y no de arrogantes descubridores o de inventariadores enviados por el poder de turno.
Podemos suponer que esa mirada, eternamente encuriosiada (como él mismo diría), se siente a sus anchas en un escenario a la altura de sus lecturas pasadas. Aquí no hay desprecio, ni sarcasmo ni tristeza, pues en La Aventura con mayúsculas no tienen cabida. Cuando todo es de vida o muerte, no hay lugar para sentimientos pequeños ni detalles mezquinos.
Si los ojos de Arlt cuadriculan la ciudad describiéndola en una geometría enloquecida de ángulos alucinados y colores chirriantes, los macizos montañosos, los valles, los lagos se imponen y disciplinan esa mirada con el gozoso sobrecogimiento de lo inmenso y de lo eterno.
Tradicionalmente, en la repartija sectorizada de los consumos culturales, se asocia la narrativa de aventuras con los gustos impresionables y ansiosos de experiencia intensa característicos de la Adolescencia.
Entre las muchas conjeturas contrapuestas sobre quién era realmente la persona detrás de los textos de Arlt, algunos autores lo han tratado alguna vez de adolescente eterno, de niño grande, siempre dispuesto al asombro. (Habría que ver desde qué supuestas alturas de adultez se animan a juzgarlo así).
Sin preocuparnos por saldar este tema, quizá el mejor elogio que podría hacerse de este libro es que, aunque es la crónica de una peripecia sin tesoro que buscar ni princesa que rescatar, podría sin embargo, orgullosamente haber integrado esa dichosa colección amarilla llamada Robin Hood, alegría de las primeras lecturas de tanta gente de nuestra tierra.

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Este usuario representa al equipo editorial de Revista Colofón.

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