Lectura brutal de una novela gráfica que trabaja el abuso en términos de venganza.
Un libro que te parte la cabeza. Eso seguro. Un libro que te agarra de las patas, te tira al piso, te pega un rato y no te suelta. Eso también. Pero libros así hay varios: me gustaría ver acá qué hay de particular en este, qué hace que Beya (le viste la cara a Dios) sea tan convincente, tan cruel y sin embargo tan atrapante. Qué hace que funcione tan bien.
Originalmente, la nouvelle de Gabriela Cabezón Cámara es Beya, a secas. Salió en 2012 por Siga leyendo y es el relato de un secuestro, y sobre todo un retrato de la violencia machista. Lo que a mí me llegó a las manos, sin embargo, es la versión recargada: Beya (le viste la cara a Dios), una ad
aptación que salió por Eterna Cadencia, en 2013, y que viene en forma de novela gráfica con ilustraciones de Iñaki Echeverría. Es la historia de una bella durmiente de conurbano que es secuestrada y sometida a una red de trata. Es decir: que es violada, drogada y recontracagada a palos sistemáticamente. Promediando el relato se produce un quiebre: Beya se convierte en una suerte de Beatrix Kiddo y consigue redimirse. ¿Pero a qué precio?
Creo que este costo de redención, si se quiere, es lo que estructura el relato entero. ¿Qué precio paga Beya por librarse de la tortura? La alienación. Beya está condenada. Es puro cuerpo, y también es desechable: cuando ya no aguante más, cuando la merca ya no sirva para estirarle el tiempo y la tortura no consiga ni despabilarla, como a cualquier cosa que se compre en el chino y se rompa, se la tira a la basura y ya. Pero esta reducción consigue un efecto opuesto. Beya sublima su experiencia de la violencia, se constituye a partir de la pura idealidad para escaparle a la pura corporalidad. Hace lo único que puede hacer: tomarse el palo, abandonar el cuerpo y ser otra cosa en otro lado. Entre las pijas y el desgarro, Beya accede a una especie de mistificación: le ve la cara a Dios, lleva el odio gestándose en su vientre como por inspiración divina, deja su colchón inmundo y pasa a verse a sí misma desde las alturas. En este sentido, cuando “le ve la cara a Dios” está mostrando esta dislocación. Verle la cara a Dios no solo es idealizar la violencia que se padece, encontrar, aunque sea de forma rudimentaria, palabras para decir lo inenarrable, sino que también es mostrar con claridad el origen mugriento de esa idealidad. Me parece que lo que articula el libro es esta fractura en dos polos.
Este quiebre se ve por lo menos en otros dos sentidos. En primer lugar, el formato. La novela está armada de tal modo que las palabras apenas se integran al texto, y esto es significativo. Como si se tratara de dos narrativas distintas, le imponen al lector dos formas de avanzar: no se puede seguir por una línea (la de las palabras, digamos) sin chocar una y otra vez con la otra (la de las imágenes), de modo que para leer de corrido una hay que prescindir de la otra. Por otro lado, cada una de estas dos líneas opera desde la fractura: concretamente, desde el fragmento y la sinécdoque. En el caso del texto, esto se ve sobre todo en la forma en que está organizado sobre el papel: hay grandes espacios en blanco que separan el texto de las imágenes, por un lado, y los fragmentos de texto entre sí por el otro. Además está, claro, la disposición en versos, que muchas veces parte el sentido al medio y obliga a seguir para recuperar. Con las imágenes de Echeverría esto es todavía más evidente, lo que muestra son cuerpos mutilados: una mano, una boca, unos ojos, siempre partes de partes.
Pero lo más interesante, me parece, está en la voz que narra. Uno va leyendo Beya… y queda hipnotizado por esta voz.
Y sí: la narración en segunda persona, así llevada, apela tan directamente que uno no puede quedar al margen. Es una voz recontra omnisciente, además. Sabe todo, está en todos lados. Y el hecho de que no narre en tercera, nos
libra del peso incómodo de la complicidad, de la pasividad del que mira. La voz nos somete también a nosotros, los lectores. Nos obliga a ser parte, a acompañar a Beya a lo largo del relato y a ponernos en su piel. Uno está ahí, está ahí todo el tiempo, llevado casi a la fuerza por esta voz que narra, pero está con Beya.
Esta omnipresencia enseguida se vuelve inquietante. Porque la voz no se dirige a un colectivo indeterminado, a una figura universal: al lector. No. Le habla a Beya, todo el tiempo. A Beya y a nadie más que a Beya. Pero, ¿quién es? ¿Quién está ahí, todo el tiempo ahí, tan incómodamente siempre ahí? ¿Quién habla, quién narra?
Es una voz que no tiene origen, que no tiene más entidad que su enunciado mismo. Es una especie de fantasma flotando sobre el relato como un soplo divino, siempre por fuera de la historia que narra. Y esta exterioridad supone también una suerte de quiebre, en la medida en que se contrapone, desde su ingravidez incorpórea, a ese mundo de materialidad abyecta que narra. En este sentido, parece que en Beya… la voz que lleva el relato adelante bien podría hablar en plural. Decir “nosotras, Beya”, en lugar de simplemente “vos”. Es que el relato busca suturar una herida abierta. Beya, torturada y alienada, Beya sublimante, Beya sublimada, Beya dividida, desgarrada, dislocada, busca a lo largo de las páginas encontrar sus pedazos sueltos y volver a unirlos. Y creo que, condenada a ser mera biología, lo hace desde esta voz sin cuerpo. Y que, en fin, la voz que narra no es otra sino la Beya que quedó del otro lado de la herida.
Revista Colofón Lo que pasa cuando ya pasó todo.

