Odiseo según el equipo de revista Colofón

Exordio escrito por Anahí Almasia, Lucas Iranzi y Orlando Esposito al Odiseo de Marcelo Zabaloy

La experiencia de entrar a una librería y leer contratapas ofrece, probablemente, miles de libros que son “esenciales”, “cuya lectura es indispensable” o “una obra literaria comparable con los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina”. Y, si vamos a andar comparando: ¿por qué no exagerar? Lo que importa es convencer a quién esté dispuesto a leer esas pocas líneas, que eso que tiene entre manos es lo más importante que le pasó en el día, y que no va a poder seguir viviendo o que su vida ya no va a tener tanto sentido, si no compra ese libro en cuestión. Pero el Ulises es distinto. El Ulises de James Joyce es parte del club selecto de lo incomparable. Al ingresar en ese club las referencias son “todos los trabajos de Picasso” u otro conjunto de obras artísticas que haya logrado expresar tanto clasicismo como vanguardia.

Marcelo Zabaloy, el traductor del Ulises editado por Cuenco del Plata, toma en este libro su rol, un rol que siempre ha tenido la interpretación como eje. Si Zabaloy es el traductor, también es, necesariamente, un intérprete y vuelve a traducir al Ulises como quien vuelve a interpretar una obra conocida y que, sabe, nadie puede interpretarla como él.

Sin vueltas, el Ulises es una obra compleja, extensa, que compromete los límites del idioma hurgando en todos sus rincones. Juegos de palabras, palíndromos, refranes, monólogos interiores, fluir de la conciencia, ideas afines, todo mixturado con la geografía y la jerga de Dublín de principios del siglo pasado.

Sólo Joyce podía escribir esta novela compuesta por treinta mil vocablos diferentes y más de doscientas sesenta y siete mil palabras. Relata el 16 de junio de 1904 dividido en 18 capítulos, durante los que ocurren las mil historias que, dentro de 24 horas ocurren, (tanto por dentro como por fuera) de Leopoldo, Molly y Stephen, los protagonistas.

Y sólo el genio del maestro Zabaloy se atrevió –y logró sobradamente– a intervenir el texto en una segunda traducción escamoteando una letra del vocabulario. ¿Un homenaje al escritor admirado? ¿Una ofrenda a la lengua inglesa y a la castellana? ¿Un desafío, acaso un juego? ¿Un robo de vocales o el número de un prestidigitador?

Marcelo Zabaloy descubrió compartimentos secretos de las dos lenguas y elaboró este Odiseo, un Ulises que nos invita a proyectarnos en él, a deslizar nuestros pensamientos entre sus renglones hasta que algo nuevo surge.

En esta traducción, Zabaloy agrega su impronta y la hace pública, tiñe de un juego literario como el lipograma a toda la tradición de lecturas ya realizadas sobre una obra sacralizada por la academia. Lo lúdico permite una nueva forma de apropiarse de la versión original y nosotros, como lectores, nos enriquecemos con esta nueva aproximación, porque otra intención literaria se agrega a la experiencia. La del traductor que se arrima al original y que entiende que, al traducir, lleva lo narrado a otro medio, como pueden ser las tablas. Como cuando vemos Hamlet en el teatro, este Odiseo nos invita a recorrer la riqueza del lenguaje por la fuerza de la ausencia de una vocal. El escenario lo dispone el propio traductor, en complicidad con quien lee, dejándonos la pregunta siempre vigente: ¿ha sido alguna vez de otra manera?

Para continuar...

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