Hace unos años, en los premios Oscar, se anunció una película errónea como Mejor Película. Ese error sirvió para poner de manifiesto algo que puede sonar evidente pero que merece cierto desarrollo. En esta nota se comenta por qué los premios tienen más que ver con la historia de los Oscars que con la historia del cine.
Pasarán las semanas, las aguas se calmarán y las películas seguirán estrenándose. La mayoría más interesantes y más multifacéticas que lo que vimos en competencia. Siempre es así. No hay suspenso al respecto. Los premios Oscar no tienen nada que ver con ningún planteo artístico global, no tienen nada que ver con esa anomia que llamamos “arte”. Lo que si permiten es acercarle al público masivo cómo se subdivide aquello que piensan es una buena película; todos los departamentos y aspectos involucrados en el tema. Ahora, ¿Cómo diferenciamos a una película buena de una mala?
Se estrena 1 (una) película y hay tantas películas como espectadores. El Oscar siempre fue más bien un premio consagratorio para quienes ya tienen acumulados varios logros y debieron haber recibido algún que otro reconocimiento por alguna película anterior. Más allá de esta observación demasiado general, el problema más grave de los premios Oscar es que son, precisamente, premios.
Se establece una jerarquía poco acorde con el espacio cultural como espacio para desarrollar inquietudes estéticas, aunque éstas, tratándose de cine, sean industriales. En todo caso comprenden un espectro tan amplio de formas y decisiones que la comparación y la jerarquización cae en el ridículo. Entramos de lleno a comparar peras con manzanas. Moonlights con La la lands. La comparación es absurda y no conduce a ninguna noción inteligente, del mismo modo que, al observar retrospectivamente la historia del cine y compararla con la historia de los ganadores del Oscar tampoco guarda sentido alguno.
Andrei Tarkovski para La Academia nunca existió, las películas de Stanley Kubrick ganaron un solo Oscar a los efectos especiales por 2001: Una odisea en el espacio, Orson Welles ganó un solo Oscar a mejor guión en toda su carrera y, claro, Alfred Hitchcock no ganó estatuilla alguna. Estoy descontando los honoríficos por excesivamente tardíos y fuera de contexto. No quiero sumar todas las películas reconocidas que han sido olvidadas, ni películas importantes que no han recibido reconocimiento alguno por parte de La Academia. Los etcéteras continúan al día de la fecha. La historia de los Oscars es una historia de omisiones. En este caso y esa es, quizás, la justicia poética más gigante y fundamental de este medio: La historia NO la escriben los que ganan.
Los premios Oscar no tienen peso en la historia del cine, tan sólo en la historia de los Oscars. Por lo que hablar de papelón cuando se anuncia por error un equivocado, en una ceremonia que mantiene esta relación con la historia de su industria es relativo, a lo sumo habría que hablar de “recurso interesante en la entrega de los premios Oscar”.
Otro tema que se deriva de la oportunidad de colocar aquella subdivisión al alcance del público, es el sentido de logro para los profesionales de la industria cinematográfica norteamericana. Es comprensible la emoción de cada uno de ellos porque es un pináculo y un reconocimiento al trabajo realizado. Por ejemplo, un montajista puede verse reconocido por su muy peculiar y efectivo trabajo. Así también quien se ocupa del vestuario -rubro ligado a la necesidad narrativa de la película, pero no tanto a su capacidad de conseguir originalidad en el relato- puede quedar exento de una película que en otros aspectos resulte pobre y verse en el podio. Ahora, hay una contingencia que puede alterar esta lectura: ¿Ésta película debe obtener algún tipo de reconocimiento debido a que no va a recibir ningún otro? Curiosa distorsión y que, sin embargo, explica por qué algunas películas pueden estar nominadas a mejor película y su director/a no estar nominado/a a Mejor Director/a. La nominación pasa por una cuestión política.
El cuestionamiento más importante radica cuando llegamos al rubro “mejor película”. Cada uno de los departamentos, cada uno de los equipos merece un espacio de observación particular y, a su vez, todos trabajan en función de una historia. Este es el aspecto más importante de su trabajo: lograr ser completamente funcionales a una historia. Es una construcción artístico-empresarial compleja, difícil de medir, de juzgar y la exploración va marcando diferencias. Rumbos y búsquedas mancomunadas que, en el mejor y más perfecto de los casos, lograrán ser invisibles para que la historia que se cuenta absorba de tal modo al espectador que no le quede más remedio que vivirla.
Se trata de una competencia absurda en el terreno estético-industrial que configura el país del norte y que constituye un curioso faro para el resto de los esfuerzos industriales. Recordemos que los esfuerzos de cada una de las industrias cinematográficas que pueblan el globo se miden en una categoría: Mejor película extranjera. En este caso sólo está la película como un todo y cada área se ve consumida por el objetivo común de contar una historia.
El chiste definitivo es que, tratándose de la industria cinematográfica, el aspecto industrial sólo se ha contemplado en premiaciones en donde tanques como El Señor de los Anillos o Titanic hicieron sus correspondientes estragos. Los criterios van a contramano del sentido común, incluso de una apreciación realmente compleja del medio. Solo dan esa ilusión de saber y comprender la industria en un pequeño lapso. Incluso permite que uno se ponga la camiseta de alguna que otra película en desmedro de otra.
Por eso quizás lo más interesante de aquella ceremonia en la que se hizo el anuncio fallido haya sido la vacilación de Warren Beatty al ver el contenido del sobre y las ganas de Faye Dunaway de anunciar la consagración. Consagración trunca luego de un par de agradecimientos emotivos, sucedida por otros agradecimientos emotivos. Sentido del humor definitivo de lo que significa ganar y perder. Los agradecimientos postergados e infructuosos seguirán por siempre, el aumento del cachet de una premiación semejante, el prestigio alcanzado, no irá, necesariamente, de la mano de un buen criterio, ni siquiera de la mano de algún criterio. Sucede que, como la historia no la escriben los que ganan, tampoco las pretensiones ayudan demasiado en una industria que se construye y nutre con la ambición. Parecido pero distinto.
Los premios Oscar tuvieron momentos luminosos y éstos tuvieron más que ver con el delirio de David Lynch o Tarantino. Pero sin premiarlos demasiado, no vaya a ser que el delirio se propague. Los sueños están tan cerca y tan lejos. Despertar es perder todo premio, toda ilusión de logro. Quizás el acierto más importante de la trama de La la land, el cierre conceptual definitivo sea, precisamente, dejar bien claro que Hollywood es una tierra imposible de magia y sueños frustrados que está orgullosa de sí misma y se acepta como es: dando y quitando con la perfecta arbitrariedad que dispone un sobre en las manos equivocadas.