Escena final de El emperador de Atlantis de Viktor Ullmann en la Opera de Lyon FOTO JEAN-LOUIS FERNANDEZ

Rebelión en la ópera de Carlos Ríos

Reseña del libro Rebelión en la ópera de Carlos Ríos (2015), editorial Club Hem. 

Sumirse al acto de leer una novela puede ser una experiencia de unos segundos, con los tiempos de hoy, porque la palabra aburrimiento puede aparecer en cualquier momento. O también puede darse la falta de concentración porque suena el celular y se debe contestar un mensaje que es “de vida o muerte”, entonces ahí el hilo del entramado se corta. Por eso, para combatir los cimbronazos de una tecnología acosadora, existe un autor de la talla de Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967), que a través de la publicación de su novela Rebelión en la opera (Club Hem Editores, 2015), va a intervenir el lenguaje para desarrollar una historia con otra vuelta de tuerca a lo que se acostumbra a leer. Este narrador de tranco fluido (aunque otras tantas entreverado) hace que las palabras ardan y que se vuelva imposible no querer llegar hasta la última página. “Deliciosa, y cruel, esta novela da cuenta de una perseverancia, la de la escritura, y su recompensa para el escritor: un grado de concentración que parece ser una epifanía sostenida”, dice Gabriela Cabezón Cámara al final del prólogo.

“A negociar su chamba iba, pues, entreverados sus huesos en el bosque de la delgadez –otro desocupado más–, abriéndose camino con paso vacilante, la inclinación a lo zángano por el peso de la mochila, enrojecido de estrés, a punto de reventar aunque liviano en esto de las ansias pretéritas (…)”, escribe Ríos en uno de los pasajes del principio. Acá aparece un profesor (“profesorcillo”) de música que va a dar un taller a una cárcel por designación del gobernador que quiere correrlo de su hijastra porque está enamorado de ella. Dentro del penal el profesor tiene la idea de armar una opera con los presos (mierdas/mierdongos). “Lo recibieron centenares de mierdongas olvidadas de la manita ortopédica de Dios”, concluye el autor, para narrar lucidamente la bienvenida del profesor a la cárcel.

El tono, muchas veces, puede parecer “raro” porque el autor vivió en la ciudad de Puebla y eso en la sintaxis da una especie de condensación con el lenguaje mexicano. Es parte de su originalidad, como también lo es la historia que narra por su forma de vulnerar a la muerte, más allá de que haya un asesinato en la página anterior. El tejido se monta sobre la audacia de poder sobrevolar el mundo siniestro de una cárcel, donde la sinceridad no es muy cantada por los hombres, pero mientras tanto la opera debía funcionar para poder alcanzar ese amor. “¿qué puede ser peor en la vida que un amor correspondido y nunca, nunca concretado?”, le preguntaba el profesor a la madre, casi en forma de respuesta y explicando su objetivo, cuando esta le pedía que no vaya a un lugar como la cárcel.

Ríos, asociado con la figura de autor prolífico, ha publicado títulos como Manigua (2009), (Entropía, 2012), Lisiana (Bajo la luna, 2014) y Un día en el extranjero (Puente aéreo ediciones, 2015), entre otras tantas. En la mayoría de sus libros la búsqueda está asociada a otra forma de narrar y el lenguaje no se pone a la orden de un solo canon. De hecho muchas veces puede ser ofensivo, laberintico, al punto de deslizarse por una pendiente casi al borde de la irritación. Es incómodo para reseñar. Las sutilezas literarias no están puestas en erigir palabras bien colocadas para satisfacer la elegancia del crítico. En estas lecturas hay que atravesar caminos frondosos y poner en juego una actitud activa. Las cosas no vienen solas. Hay que salir a buscar estas riquezas de su lenguaje para ponerse a tiro con esas otras realidades que baja este autor.

Escribe Gustavo Grazioli

Ponerle rigurosidad a datos que me pertenecen es un poco raro, pero se puede llegar a hacer una aproximación de esto que se llama biografía. Tal vez empezaría con mi nombre completo primero: Gustavo Grazioli, después la fecha de nacimiento: febrero de 1987 y después el lugar de nacimiento: un hospital que no me acuerdo donde queda, porque siempre me olvido cuando me lo dicen. Así que mejor voy a mencionar que los primeros pasos, desde la niñez hasta la adolescencia, los di en la zona, a la cual muchos llaman “zona de la muerte”, me refiero a La Matanza. El barrio es Aldo Bonzi. Allí terminé los estudios secundarios y a los 19 años ingresé en la universidad de Buenos Aires para hacer la carrera de Ciencias políticas, de la cual cursé dos materias y me cambié a Comunicación social, pero abandoné a los pocos años. El rigor académico consiste en parapetar la creatividad. Afronté distintos trabajos: desde repartidor de sobres hasta cantante en geriátricos y colectivos. La responsabilidad, la vida (hiper) moderna siempre fue un escenario riguroso y me trajo pánico, por eso trato de alejarme lo más que se pueda de ahí. Entonces: universidad, talleres de escritura, una banda de rock – en la que sigo en la actualidad – y periodismo son las cosas que acompañaron y acompañan mi vida. Me atreví a la escritura en esos momentos de ocio y con cierto pudor salieron unos cuentos horrendos. Más allá de esto como la birome pide y pide también hice algunas poesías que encuaderné y publiqué bajo el título de No es la muerte de nadie. Si el ocio muchas veces se vuelve constante colaboro con medios digitales y de papel, entre los que están: revista NaN, Sudestada, Otra Parte y La agenda de Buenos Aires. He publicado artículos que tienen relación con literatura, personajes magros y si queda espacio, agrego entrevistas que me ceden algunos escritores. Hace poco salí sorteado en un concurso de la editorial Dunken con un cuento titulado “despertador eyaculado” y lo publicaron en una antología que comprende casi sesenta títulos breves.

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