Entre Saint-Beuve, la amistad y el devenir de la charla; Juan Agustín Otero nos presenta lo que presiente del personaje detrás del libro en un divertido juego de asociaciones.
Caminando por la playa discuto con un amigo sobre literatura. Los últimos días han sido alegres, pero también cortos. Es temprano, el sol quema y digo, un poco en chiste, que el biografismo es la única forma válida de crítica literaria. Detrás de cada narración hay una vida, una persona que piensa, llora y toma alcohol. Declarar la muerte del autor me parece ridículo. Los modernos mataron inútilmente a Sainte-Beuve. Mi amigo se demora y contesta que tal vez la literatura no sea más que una larga historia de experiencias íntimas, de aparatos intelectuales irrepetibles. Quizá tuviera razón, pero en ese caso, contesté, sería necesario conocer en persona a cada escritor y eso es imposible.
La conversación sucedió más o menos así. La recuerdo porque, aunque no fue muy profunda, me divirtió. Hoy me sirve como prólogo. Sainte-Beuve se regodeaba indagando en las intenciones, en la intimidad, de los escritores y los convertía en personajes. Con un poco más de modestia, y de cuidado, yo intentaré hacer algo parecido, más cerca del juego que de la búsqueda de la verdad.
Conozco a Agustina Bazterrica. Es rubia, tiene la cara rosada y una mirada parcialmente bondadosa. Digo parcialmente, porque la otra parte de la mirada no es buena, pero tampoco me atrevo –por respeto, por amistad, por ignorancia– a decir que es mala. Confieso que no estoy en condiciones de aplicar fielmente el método de Sainte-Beuve. Hemos compartido risas, opiniones, algunos disgustos en muy poco tiempo. Podría apelar a las teorías de Cesare Lombroso y comparar las facciones de su rostro con su obra, pero sería un delirio que nadie estaría dispuesto a publicar y que ella rechazaría in limine. Como solución de compromiso, para no descartar del todo las opciones biografistas, hablaré de su libro con honestidad, de manera absolutamente personal.
Antes del encuentro feroz es un buen libro de cuentos. Uno muy bueno, de hecho. El formato es inusual, tanto en un sentido físico como intelectual. Físicamente, es cuadrado. Intelectualmente, es un segmento, un falso diario íntimo, una meditada, meditadísima, cronología. Antes del encuentro feroz recopila veinte años de vida y de escritura, de paciente percepción del mundo y, por eso mismo, es heterogéneo, por momentos desbalanceado. Pero los cuentos no son dispares: si bien en cada uno de ellos hay una propuesta individual, todos juntos trazan un mosaico. Entre las claves obsesivas de «Elena-Marie Sandoz» y la voluntad irrefrenable de «Círculo», entre el egoísmo lamentable del protagonista de «Anita» y la oscuridad de «Arquitectura» hay diferencias de grado, pero también pasajes, puertas imaginarias que conectan cada ficción con la siguiente.
Algunas de esas puertas son el género fantástico, los adjetivos afortunados, la construcción de lenguajes deliberadamente literarios y convincentes, vagas referencias a Pizarnik y a la mecánica de Cortázar. Pero creo que en Antes del encuentro feroz la unión verdadera de cada partícula con las demás se da en los detalles. Hay literatura hecha casi enteramente de ideas. Hay otra literatura que está hecha casi enteramente de imágenes. Agustina intenta un delicado equilibrio entre ambas cosas. Por suerte, no a través de la alegoría ni de la metáfora. Las palabras se metamorfosean en escenarios, en un taxi de un supuesto asesino serial, en la cocina de un condenado a muerte, en un barco pintado, pero esos escenarios, microscópicos, privados, aparentemente claros, están incompletos: su significado debe ser repuesto necesariamente por el lector.
No quiero olvidarme de Sainte-Beuve: Agustina estudió artes plásticas, su literatura tiene mucho de pictórico. Abundan las citas a artistas pero no me refiero a eso. Quiero decir que en Antes del encuentro feroz nada es inmediato. Todo, parece, ha ocurrido hace mucho tiempo y ahora cuesta comprenderlo, pero al mismo tiempo la comprensión es indispensable. Contemplamos cuadros de un pasado imaginario y no sabemos nada de ese pasado. Aunque los cuadros fascinan, divierten, también son un poco siniestros y herméticos. No sabemos quién los pintó, no sabemos por qué. No sabemos si el artista fracasó o si es famoso. Frente a los cuentos de Agustina, como frente a la vida, uno puede cometer el error de pensar que está demasiado lejos de la escena, que la distancia nos impide ver bien. Pero, muchas veces, como sucede en los museos y en las crisis, el problema es exactamente el opuesto: uno está demasiado cerca, peligrosamente cerca y no puede hacer nada al respecto.
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