Un auto antiguo tocaba la bocina de manera demencial ante un peatón que cruzaba mal la calle: así se despertaba todos los días de la semana, su alarma marcaba las ocho. Intentó callarla y levantarse, pero, sin querer o queriendo, la pospuso y nuevamente se desplomó sobre la almohada. En el trayecto desde su posición erguida hasta aterrizar en su cama, recordó toda la pornografía que lo había desvelado y que ahora, por el cansancio, lo obligaba a callar la alarma. Esa rubia que decía tener dieciocho años y que seducía a un hombre que actuaba de su profesor para que le subiera la nota le gustó, aunque hubiese preferido que los roles estuvieran invertidos. Ser él el alumno y la profesora, su profesora de lengua. Recordó entonces haber pasado a otro video en el que una mucama le pedía un aumento a la dueña de casa y, en cuestión de segundos, se desnudaban en el living. Le molestó lo irreal de la situación, que no le permitía participar del encuentro, que no le daba un sillón para mirar de cerca, ni siquiera un escalón en la escalera del costado. Inmediatamente vio, en uno de los recuadros que mediante complejos algoritmos creaba una sección personalizada de recomendados, un video que se anunciaba como nueva experiencia virtual. Lo abrió sin dudarlo, y ante él apareció tan solo la mitad del torso de un cuerpo masculino desnudo, con una fabulosa mulata arriba. El epígrafe recomendaba recostarse de manera perpendicular, para que la imagen de la pantalla actuara como una continuación de su propio cuerpo. Lo hizo y la mulata comenzó a rebotar entre sus piernas, sobre su esquelético cuerpo, cada vez más rápido, gimiendo sin importarle que el resto de su familia durmiera en los cuartos de al lado. Cuándo no pudo más, se tiró a un costado y envidió al profesional actor que continuaba y continuaría por una hora más. El coche antiguo volvió a tocar su bocina, esta vez se levantó y logró vestirse con su uniforme inglés. Antes de irse del cuarto, giró sobre sí mismo para agarrar el celular. Vio la cama y se vio a sí mismo, postrado ahí durante horas, sudado y con la cara grasosa, con un rollo de papel higiénico entero a su lado, sobre sábanas que, a pesar de que su mamá las cambiara a menudo, estaban completamente sucias, manchadas de sustancias humanas. Vio los postigos de las ventanas herméticamente cerrados y las pilas de ropa sobre todos los muebles. Se dio asco y vergüenza. Esa mañana desayunó solo y en silencio cereales multicolores.
Entró a la clase pensando en el recreo de la mañana. La profesora empezó a hablar de geometría, pero al cuarto o quinto triángulo irregular que dibujaba en la computadora y se proyectaba en la pared, él perdió la atención. Se fijó en su compañera de enfrente que tomaba notas con entusiasmo y se la imaginó en el lugar que había ocupado la mulata la noche anterior. Le gustó la idea: su compañera encajaba mucho mejor entre sus flacas piernas. No sobraba carne por ninguna parte y la inexperiencia de ambos no ridiculizaba sus espásticos movimientos. Agarró su celular y lo puso debajo del banco apuntando a su compañera. Tomó una foto. La vio simulando escribir un mensaje. Borrosa. Intento de nuevo y salió bien. Sonrió y se fue al baño.
Esa noche se duchó y se puso la ropa nueva que le habían regalado la semana pasada en su cumpleaños. Se vio al espejo y se repitió varias veces “esta es tu noche”, guiñándose el ojo. Se fue en remís a la fiesta y fue recibido por el anfitrión con un trago mal hecho de vodka y jugo. Se lo tomó todo, aunque no le hizo efecto. Después de bailar pobremente por un rato, la compañera de la foto lo tomó de la mano y lo arrastró hacia un cuarto.
– Se lo que hiciste -dijo.
– De qué hablas.
– La foto.
Ya no escuchaba la música de fondo, el silencio se apropió de todo el cuarto. De a ratos sentía su agitada respiración entrar y salir de sus pulmones, pero ningún sonido. Quiso pararse y correr, pero sus piernas no le respondían. La miró por primera vez en la noche y ella le dio un beso al que no le faltaba ni saliva ni lengua. Se sintió aliviado por no haber sido él el que rompiera el angustiante silencio, pero le preocupó no haber sentido nada.
Al final de la fiesta volvió en remís a su casa y esa noche volvió a acostarse con la mulata.
Excelente texto, excelente final. Felicitaciones Lalo!
muy buena narración, lleva al lector de la mano, justamente,